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17/06/2011 - Ignacio M. García Medina
Mi abuela, esa gran economista

Mi abuela vive justo enfrente de la Caja de Ahorros donde tiene depositados precisamente eso, sus ahorros en un plazo fijo. Se pasa parte del tiempo mirando por la ventana, estilo James Stewart en La Ventana Indiscreta pero, afortunadamente, sin estar postrada en una silla de ruedas a pesar de sus dos prótesis de rodilla. Es una nonagenaria entrañable que sabe del funcionamiento de la banca lo mismo que pueda saber de internet, es decir, nada.

Una incipiente demencia senil ha acrecentado su preocupación por el dinero, con lo que da continuos viajes a la oficina para preguntar por sus ahorros e intentar retirarlos, cosa que no puede hacer ya que se trata de un plazo fijo. Los empleados, a pesar de que conocen su condición y están acostumbrados a tratar con “viejos majaderos”, nos llaman en numerosas ocasiones para que intentemos explicarle que no puede sacar ese dinero del banco. Continuamente intento hacerle entender que de ese depósito no puede disponer porque la penalizarían y perdería dinero, que para eso está la cuenta a la vista. Pero no lo entiende. Es normal.

Sin embargo, al igual que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento, en muchos casos, la total ignorancia sobre un tema no impide que alguien como mi abuela pueda soltar una frase que, involuntariamente, encierre un análisis de la situación mucho más acertado que el que pudiera elaborar un experto en la materia.

Así, hoy me ha soltado una frase demoledora: “Todos los días veo que le dan dinero a cualquiera y a mí no me dan nada, ¿no estarán repartiendo mi dinero?”.

Me quedo callado durante unos segundos, meditando cómo explicarle en qué consiste el dinero fiduciario, la reserva fraccionaria y el coeficiente de caja.

Trago saliva sin que se note y simplemente sonrío diciéndole que no se preocupe, que confíe en que todo está bien y que su dinero está a salvo en la caja fuerte. Eludo explicárselo no porque ella no vaya a entenderlo por su edad y sus limitaciones, sino porque soy incapaz de defender algo en lo que no creo porque sé que es malo, un fraude y que, efectivamente, los bancos, amparados por el poder político, están jugando con sus ahorros como un niño irresponsable juega con un mechero en medio del bosque.

Los gobiernos y la banca nos tratan como dementes seniles, diciéndonos que no pasa nada, que estemos tranquilos, que ese dinero que generan está respaldado. Pero no es así, las preocupaciones de mi abuela encierran una gran verdad: El dinero ya no está respaldado por un bien tangible (como sería el oro o letras de cambio), ni es ahorro (como el que laboriasamente ha acumulado mi abuela), sino que el dinero es deuda. Los bancos, protegidos por los gobiernos y controlados por éstos a través de los bancos centrales, tienen el privilegio de crear dinero de la nada, cada vez que se da un préstamo “a cualquiera”.

Este sistema de reserva fraccionaria y dinero fiduciario es un fraude contra los depositantes, disimuye artificialmente los tipos de interés reales, desestabiliza la oferta monetaria y provoca ciclos económicos que devienen en crisis como la que venimos padeciendo, aunque la gente parece que prefiere comportarse como un avestruz que entierra la cabeza en la tierra de un bosque a punto de ser calcinado por un niño malcriado por los gobiernos y los bancos centrales.

Ignacio M. García Medina
Coordinador del Partido de la Libertad Individual en Canarias

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