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13/10/2010 - Ignacio M. García Medina
Píldoras Libertarias

Los liberales, cada vez que intentamos explicar nuestra visión de cómo creemos que deberían ser las cosas, nos encontramos con una serie de prejuicios y mitos recurrentes que hay que derribar. Su origen es de lo más diverso. Algunos proceden de valores que nos inculca la religión, otros de miedos atrabiliarios, estereotipos caducos o de la simple propaganda con mentiras que, a base de ser repetidas machaconamente, se convierten en verdad para las masas. Es como en Matrix, cuando le dan a Neo la posibilidad de elegir entre una pastilla roja que le despertará de su letargo, o una azul que le hará volver a su ensoñación y olvidar su conversación con Morfeo.

Yo no soy Morfeo y este escrito no es más que una conversación de cafetería que se puede tener con alguien que quiere saber sobre el Liberalismo. Simplemente intentaré diseccionar y desmontar algunos de estos mitos para luego preguntarte qué pastilla eliges.

Igualdad

La igualdad es el falso Dios de nuestro tiempo, al que le hacemos sacrificios de corrección política a diario, alimentando así a un monstruo que es rémora para todo progreso.
Los seres humanos no somos iguales y es bueno que así sea. Tenemos diferentes ambiciones, objetivos, ilusiones, capacidades, ganas de esforzarnos, etc. Si todos fuéramos iguales, primero sería muy aburrido y segundo, nos gustaría a todos lo mismo y nos pelearíamos por eso más de lo que ya lo hacemos.

Imaginemos una carrera. Lo lógico es que para ganar el premio, quien llegue primero se lleve la medalla, ¿no? Aunque digamos que lo importante es participar, lo que queremos es ganar. Si el objetivo fuera llegar a la meta todos juntos, no correríamos. Sin embargo resulta que los gobiernos se han empeñado en hacernos creer que lo que queremos es llegar todos abrazados a la línea de meta y que eso, además, es deseable. Para ello se dedican a establecer medidas correctoras, discriminación positiva que lo llaman, antes del pistoletazo de salida: Tú eres gordo, sal 30 segundos antes; tú tienes el pelo largo, te regalamos esta cinta para el pelo y que puedas ver bien; ¿no te apetece correr? Te pagamos un dinerito para que lo hagas; ¿estás de resaca? tranquilo, te descontamos 15 segundos de tu tiempo total; etc.

Es absurdo, ¿verdad? Pues así funciona la Igualdad. Los liberales creemos en la igualdad en la línea de salida, que se garantice que todos salgan desde el mismo punto, que se les vaya a tratar igual y que el pistoletazo de salida sea al aire y no a la rodilla del probable campeón. Todos salen a la vez, cada uno llega según su esfuerzo, capacidad y entrenamiento.

Gracias a la posibilidad de vencer, quedar segundo o tercero, es por lo que corremos y si no existe esa recompensa, ese incentivo, mejor nos quedaríamos en casa. En el mundo profesional sucede igual. Trabajamos duro para que este esfuerzo sea recompensado. El Gobierno, con sus ayudas y subvenciones o, lo que es casi peor, con penalizaciones, impuestos progresivos y discriminaciones positivas, lo que hace es castigar a los que generan riqueza y premiar a los que flojean. Así todos, tarde o temprano, dejaremos de esforzarnos.

Si un tipo con su esfuerzo e iniciativa gana 3 mil millones y yo gano 3000 euros, yo no le tengo envidia. Es más, le admiro y aspiro a poder algún día ganar esos millones con mi trabajo. Parece ser que el ideal colectivista es que todos ganemos 1000 euros y al que intente asomar la cabeza, se la cortan con el hacha fiscal.

Egoísmo

Como sota, caballo y rey, justo después de lo anteriormente argumentado siempre sale el tema del egoísmo. Por defender lo anterior te llaman egoísta. Yo siempre respondo que el egoísmo no es malo y que es mucho peor lo que ellos sienten: la envidia.

Siendo egoístas y queriendo ganar mucho dinero, en una sociedad libre, de personas iguales, para que te vaya bien hay que satisfacer a tus clientes. Si soy profesor, mi egoísmo me llevará a formar muy bien a mis alumnos; si tengo un restaurante, mi egoísmo me llevará a servir buenos platos a un precio razonable, etc. El problema es cuando la sociedad no es libre y que te vaya bien depende no de cuán satisfechos estén tus clientes, sino de que tus ingresos los garantice una licencia o concesión administrativa, o de una subvención por cumplir una serie de requisitos burocráticos. Es lo que tiene el no ser bueno en lo que haces: como hay otro mejor que tú, al que le tienes envidia y no consigues ni siquiera igualar por tus propios medios, recurres al Gobierno, una especie de primo de Zumosol macarra, para que cruja al otro y te dé a ti su dinero del desayuno.

Excepción

Después de este razonamiento te saltan con las excepciones. Siempre habrá algún ejemplito por el cual pueda parecer justificada la necesidad de un Gobierno para velar por los intereses de los más desfavorecidos y demás. Primero, si has entendido bien lo anterior, te darás cuenta de que premiando ese egoísmo positivo -y no la envidia- y esa igualdad de partida -y no de llegada-, las oportunidades para todos serán mayores y el manto de la prosperidad y la riqueza cubrirá a más personas. Siempre quedarán algunos fuera, por el motivo que sea (incluso muchos de ellos por decisión propia y no querer esforzarse). Para eso está la caridad. Es insostenible montar y mantener un sistema social y político como el que tenemos en nombre de los pobres que, precisamente lo que hace es generar más pobres a los que ayudar. El contraejemplo teórico de un desgraciadito infeliz puntual como consecuencia del liberalismo parece pesar más que la realidad empírica de millones de pobres que nos está dejando el colectivismo actual.

A pesar de todos los impuestos que pago, que no son pocos, dono a una ONG y a Cruz Roja, voluntariamente. Si me quitaran menos impuestos, probablemente donaría más. La pregunta es ¿cuán eficiente es Cruz Roja haciendo sus cosas con los 50 euros que doy y por contra, cuán ineficiente es el Estado haciendo lo que hace con los 6000 euros que me crujieron el año pasado?

Caos

Llegados a este punto de la conversación, en la que va quedando meridianamente claro que el Estado es demasiado grande y que hay que reducirlo, me preguntan...¿cuánto? Y yo digo: “a cero”. No sólo no hace falta, sino que perjudica. Pero entonces reinaría el caos, la anarquía, piensan.

Sí a lo segundo, no a lo primero. El borreguismo nos ha hecho pensar que un Estado es la única forma de asociarse y no, simplemente es una forma más de organizarse (y bastante cara e ineficiente, cuando no criminal, dicho sea de paso). En una anarquía de propiedad privada las personas tenderemos a organizarnos espontáneamente, llegando a acuerdos y contratando libremente. ¿Qué es más caótico? ¿Ir a devolver una prenda que te han regalado y no te sirve a una empresa privada o intentar que la Administración te quite una multa que te han cobrado erróneamente...?

Libertad

Si tras esta conversación de barra de bar crees que no ando muy descaminado, bienvenido al mundo del Liberalismo y la Libertad, estaré encantado de profundizar en cualquiera de éstos u otros temas contigo. Si tras esto no quieres seguir escuchando, aquí tienes tu pastilla azul, disfruta del Bienestar de Matrix (mientras se sostenga).

 

 

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