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20/09/2010 - José Francisco Fernández Belda
Avales y avalistas en primarias



“No es oro todo lo que reluce”, “una cosa es predicar y otra dar trigo” o “en asuntos de criterio la razón la tiene quien está en el ministerio”, son tres aforismos populares que se pueden aplicar a la fanfarria con la que se anuncian en algunos partidos las elecciones primarias en España. Dicen ellos, y esperan que el resto se lo crea, que eso es democracia en estado puro, que el resto del mundo mundial debe aprender de su forma de proceder. Pues, como dicen ahora los jóvenes, va a ser que no. Porque si algo resulta cada vez más evidente, si es que alguna vez no lo fue, es que los aparatos de los partidos se encargan de dar un empujoncito al amiguete, machacar al camarada de partido considerado enemigo interno, o al indiferente, por su osadía, aplicarle la legislación vigente. De eso se quejan en la prensa, al menos, dos aspirantes a candidatos en las primarias del PSOE.

Ese afán manipulador en favor de sus propios intereses lo comparten cada vez con mayor frecuencia casi todo tipo de asociaciones similares más o menos tenebrosas o siniestras. Con harta frecuencia las resoluciones congresuales y la lista de candidatos no tienen la menor apoyatura ética y política en el bienestar de la mayoría, sino en el interés previamente consensuado entre los que viven de la política con un sustancioso sueldo público y ven en peligro sus canonjías. Esos políticos y funcionarios del partido viven, no es que trabajen, para el bien público más allá de los intereses de su propia subcasta, subconjunto sectario de la casta general. Eso dicen muchos y la realidad parece no desmentirles. Por eso no es preciado metal amarillo todo lo que reluce, con frecuencia es pirita de baja calidad, el llamado oro de los tontos. Detalles escalofriantes sobre este asunto, que deberían hacer reflexionar a los votantes, se encuentran en el libro “La Casta. El increíble chollo de ser político en España” de Daniel Montero Bejerano.

Es muy fácil predicar las bondades teóricas de las elecciones primarias, pero es mucho más difícil explicar los obstáculos prácticos que presentan los reglamentos a los candidatos no oficiales, a veces murallas infranqueables. Una de esas cuestiones, a mi entender democráticamente fundamentales, es el asunto de los avales. En el reglamento vigente en el PSOE, para esta cuestión de las primarias, se establece que la proclamación de candidatos tendrá lugar por parte de la Ejecutiva Federal del partido una vez revisados los avales presentados por cada aspirante, que pueden ser de tres tipos: mayoría de la Ejecutiva Regional, mayoría del Comité Regional y/o firmas del 15% del total de afiliados.

De entrada se reglamenta un posible diferente rasero para unos aspirantes al oropel y al sueldo que tengan la bendición del aparato, frente a los que precisen justificar su igual legítima aspiración en las bases de militantes del partido, no en sus cuadros orgánicos a los que pudiera tener en contra. Al parecer, según algunos periódicos, ese es el caso de Madrid y de Canarias. Unos parten con el aval y beneplácito expreso de los dirigentes del partido, caso de Trinidad Jiménez y José Miguel Pérez, mientras que otro han de encontrar sus avales entre la militancia pero sin contar con las herramientas necesarias, como por ejemplo el no disponer del censo, caso de Santiago Pérez.

Pero, a mi entender, hay otra cuestión aún más importante y de fondo. Los militantes pueden prestar su aval para ser aspirante a candidato únicamente a una persona. Es decir, que sin haber oído debatir sus propuestas a todos los que aspiran al cargo orgánico ya han de preelegir entre unos u otros. Es más que evidente que la posibilidad de sesgar el proceso antes de que se produzca está servida. Las organizaciones han de ser honradas, también parecerlo y no sólo aparentar serlo. Quien preste su aval al aspirante que resulte perdedor tiene muchas probabilidades de ser marginado en la composición discrecional de los futuros cargos del partido. Ya lo dice la sabiduría popular y la experiencia de purgas internas lo confirma: “en asuntos de criterio la razón la tiene quien está en el ministerio”. Y al que no le guste, que presente sus reclamaciones al maestro armero, tradicionalmente sordo en el ejército, al de siempre no el que ahora va a poner tiritas sin disparar sonoros obuses.

Parecería más lógico, a la vez que democrático, que de exigir avales cada militante pudiera avalar a cuantos aspirantes estimara oportuno. Tal vez fuera mejor establecer unas primarias de las primarias, es decir una primera vuelta de preselección libre por la militancia y una segunda ronda con los más votados en caso de que ninguno obtuviera las mayorías que se fijaran. Eso le permitiría escuchar a la vez que debatir sus propuestas para el partido, con suerte tal vez también para España. Reglamentar que sólo se puede avalar a un candidato antes de oír a todos, es consolidar el prejuicio, el amiguismo o el puro interés sectario. ¿Es democrático que se le pida al militante, en la práctica, que revele sus preferencias antes de iniciar el proceso de primarias? En algunos casos, eso es y ha sido un suicidio político.

Como cuestión básica que refrenda las sospechas de que es muy posible la manipulación del procedimiento, se puede leer en el reglamento para las primarias, aprobado el pasado 17 de julio por el Comité Federal del PSOE, el párrafo 5 del punto 3 donde se estipula que serán “los candidatos y candidatas proclamados” los que tengan acceso a la documentación del censo. Es decir que los aspirantes no oficiales se tienen que “buscar la vida” sin conocer con quienes pueden hablar, mientras que los oficialistas, si optan por la vía de los avales, tienen al aparato ayudándoles a encontrarlos. ¿Esa es la equidad y la igualdad de oportunidades predicada con tanto “atambor y tanto pito”, al decir del Rey Alfonso en La venganza de Don Mendo? Yo no lo creo, ¿y usted que piensa, sufrido mantenedor de esta tropa?

jfbelda@teleline.es


 

 

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