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08/07/2010 - José Francisco Fernández Belda
La mentira como arma revolucionaria

Leía con sumo agrado en La Provincia del pasado viernes, 2 de julio, un clarificador artículo firmado por Ángel Tristán Pimienta, titulado “Las intoxicaciones del Polisario”. Analiza el periodista el modo y manera que utilizan ciertos grupos, normalmente autoproclamados progresistas, para intentar silenciar y excluir socialmente al discrepante de lo políticamente correcto, que es sólo lo que figura en su agenda. Lo hace además con una claridad poco frecuente en la prensa de estos tiempos que avanza sin pausa hacia el “liberticidio” de la opinión pública (siempre) y de la privada (cuando se puede), siguiendo el ejemplo de las crueles, sanguinarias y pintorescas dictaduras caribeñas y comunistas que aún se resisten al menor análisis crítico.

El artículo analiza una aplicación práctica de dos de los principios que proclamaron y practicaron Lenin y Trosky, con una eficacia que perdura hasta nuestros días. El primero es afirmar que “la mentira es un arma revolucionaria”, que tiene un corolario más descafeinado y muy utilizado por la prensa sectaria: “si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”. El segundo principio es, en síntesis, que cuando no puedas derrotar con argumentos a un oponente, destruye a la persona, ataca su motivación, difama su vida o su honor y, si es posible, procura su exclusión social. Una aplicación de esto último, la muerte social, es posible leerlo en la magistral novela “El clan del Oso Cavernario” de Jean Marie Auel. Dos discípulos aventajados aplicaron el método con menos éxito que sus promotores, fracasaron en el intento a medio plazo, uno fue Stalin con su Gulag y el otro Goebbels durante el nazismo.

Cualquiera que hoy en día ponga en tela de juicio y pretenda analizar en serio, no utilizando como argumentos los manidos eslóganes, la situación del pueblo saharaui o del pueblo palestino y no se situé a priori en el lado del Polisario o en el de Al Fatah o Hamás (por cierto, desconociendo que el segundo grupo terrorista asesina a los líderes del primero y que no es Israel quien hoy los mata) es porque está pagado, según el caso, por Marruecos, por el omnipresente lobby que es el sionismo internacional y, con algo de suerte, por ambos a la vez. Nadie, por el contrario, parece preguntarse, en estricto sentido contrario, quien financia a los defensores de esos partidos políticos o grupos terroristas que se autoproclaman únicos representantes de la RASD o de Palestina. Nadie osa preguntar en público el por qué y el para qué de esas ayudas económicas municipales o cabildicias, presuntamente finalistas, enviadas a inciertos destinos o “a remotos desiertos” con nulas posibilidades para el control de su utilización. Una cosa es ayudar al pueblo sufriente, con frecuencia secuestrado o encarcelado, y otra muy diferente es el sufragar los viajes y embajadas de sus dirigentes. Salió en pareado, pero es de las verdades del barquero, no será muy progre, pero es una triste y sórdida realidad.

Una segunda cuestión, a mi entender de suma relevancia, es hacer notar que los campos de Tinduf y los de los (mal llamados) refugiados palestinos en Cisjordania no están ubicados en territorios bajo la soberanía de Marruecos o de Israel, sino de Argelia y de Jordania respectivamente. Sin entrar ahora en los orígenes de ambos problemas, no es fácilmente entendible cómo esos estados de “acogida” no canalizan la inmensa ayuda internacional que se envía para mejorar el nivel de vida de esas personas que habitan en su territorio y parecen querer mantenerlos en la más absoluta miseria. ¿A dónde va, cómo se usa o quién se queda con todo el dinero y ayuda material que es enviada año tras año, campaña tras campaña?

El propio Yassir Arafat, en su biografía autorizada, lo explica con claridad y con el cinismo que le caracterizaba: “como hemos perdido la guerra [con Israel] hemos de ganar la batalla de la propaganda: necesitamos niños posters” para exhibir en los telediarios tirando piedras a los tanques y a los soldados judíos. O, más eficaz aún, hacer como que luchan y mueren en las producciones que Pallywood realiza sobre su pretendida guerrilla urbana.

El mantener y aún alentar deseos legítimos soberanistas o de volver a lo que ellos consideran, con mayor o menor justicia, “su” nación, no es incompatible con ayudar a los seres humanos que habitan esos campamentos de miseria y facilitarles los medios materiales para que tengan una vida lo más digna posible y para que los jóvenes puedan aspirar a un futuro mejor más allá de perder su vida, sus ilusiones y su juventud en las arenas del desierto del Sahara o de la Cisjordania árida. Hoy en día, la primera y más inmediata responsabilidad humanitaria de atender esas necesidades, siendo realista y pragmático, es sin la menor duda de Argelia en el caso saharaui, y de los países árabes en el palestino. Pero es obvio que a ambos pueblos, rehenes de otros intereses ajenos, todos les dan la espalda y culpan de su miseria actual a Israel y a Marruecos. Y como no puede faltar la dosis diaria de antiamericanismo, sobre todo culpabilizan a los Estados Unidos. Pero ocultan siempre que fue el imperialismo soviético y el comunismo internacional, durante la guerra fría, el que impulsó directamente la creación del estado de Israel y, a través de Argelia y Libia, el Frente Polisario. Sólo el que supo ser independiente prosperó, el otro languidece mientras sus gentes huyen, si pueden.

jfbelda@teleline.es

 

 

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