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27/04/2010 - Ignacio M. García Medina
Radio Patio

Miro el salón de mi casa y no lo reconozco. Las sillas plegables están repartidas en tres filas casi paralelas, todas orientadas hacia donde antes estaba el mueble de la tele, espacio que ahora ocupa la improvisada mesa presidencial. Es viernes por la noche y hay junta de vecinos.
Es la sexta reunión en lo que va de mes. Hace unos años teníamos, si acaso, dos al año. Cómo extraño aquellos tiempos, pero eso fue antes del cambio.
Antes del cambio las cosas eran muy diferentes. Recuerdo que el edificio olía a limpio y se veía reluciente. Cada uno se preocupaba de que su rellano estuviera adecentado. Los balcones estaban esplendorosos, llenos de frondosas plantas y flores que cada uno de nosotros cuidábamos con mimo en una especie de competición por tener el balcón más llamativo. Realmente nuestro edificio era la envidia del barrio. Pero repito que eso fue antes del cambio.
Aún recuerdo aquella junta. Parecía que sería una junta de vecinos más, con los típicos chascarrillos y las miradas atravesadas que ocultaban viejas rencillas. Había secretos que, aunque muy secretos, todos conocíamos y todos callábamos. Incluso resultaba divertido jugar a fingir que no sabíamos lo que ocurría entre unos vecinos y otros. Pero esa junta era diferente. Por los pasillos circulaba la especie de que ese día habría una propuesta revolucionaria. No sabíamos mucho, pero picando de aquí y de allá había llegado a la conclusión de que tenía que ver con el incidente de la hija de los Pérez-Moreno.
Los Pérez-Moreno eran una joven pareja, con una hija pequeña, que hace unos años vivieron en el edificio. Se mudaron a él unos meses antes de nacer su hija. Estaban muy felices ya que habían conseguido su sueño de vivir en uno de los mejores edificios de la ciudad. Ninguno de nosotros podía sospechar el sacrificio que habían hecho para conseguirlo. Destinaron todos sus ahorros a la compra del mismo y redujeron gastos de donde pudieron para podérselo costear. Tanto es así que dejaron de pagar el seguro médico. El Destino les golpeó en la cara como una puta que abofetea a un cliente que se propasa. Su hija nació con una rara enfermedad cuyo tratamiento era costosísimo. Algunos vecinos ayudamos en la medida de nuestras posibilidades. A mí, personalmente, me daba mucha pena. Reconozco que a pesar de no compartir su irresponsable decisión de dejar de pagar el seguro, intenté ponerme en su piel y por eso decidí ayudarles económicamente. Pero nuestra ayuda parece que no fue suficiente y un día, simplemente, dejamos de verles y dos o tres días después vimos camiones de mudanza llevándose sus enseres.
Todavía recuerdo vívidamente aquel día, el día del cambio, de la revolución. Por lo visto unos cuantos vecinos, los más pudientes, cantantes y actores –o “intelectuales” como a ellos les gustaba que los llamaran-, habían estado debatiendo sobre el incidente de la hija de los Pérez-Moreno. Parece ser que éstos se habían mudado a un edificio donde los inquilinos no tenían que preocuparse por su salud, ni por muchas otras cosas. Era un edificio de progreso. No tenías que costearte nada, ni siquiera hacía falta cuidar el balcón o fregar tu rellano. Tenían un jardinero fijo y una limpiadora a tiempo completo. Sólo tenías que aportar una pequeña cantidad mensual de dinero en función de tus ingresos y despreocuparte. No tendrán nada de lo que preocuparse, nos dijeron. Incluso si algún mes no ganabas lo suficiente, no había problema ya que con las aportaciones de los demás, todo seguía funcionando. Por el mero hecho de vivir en el edificio tenías garantizada la sanidad, los servicios comunes e incluso se comentaba que si las cosas iban bien, podría hablarse de poner salas de juegos para las actividades extraescolares de los niños y hasta una piscina.
Recuerdo que la idea me deslumbró, era brillante. Si bien no era uno de los vecinos más pobres del edificio, tampoco era de los más opulentos y pensé que con esta iniciativa ya no pasaría más apuros a final de mes, no tendría que preocuparme de pagar un seguro que casi nunca utilizaba, ni siquiera tendría que ahorrar dinero por si pasaba algo y podría decidirme por fin a hacer aquel crucero que tanto tiempo llevaba deseando, máxime cuando sabía que los ricachones del 5ºA se pasaban todo el rato de crucero. Un crucero menos al mes no sería nada para ellos y yo viviría desahogado y, lo más importante, no se volvería a repetir un dramático caso como el de la niña de los Pérez-Moreno. ¿Qué será de ella? Recuerdo su mirada y su apagada sonrisa. Al pensar en ella algo dentro de mí me hacía sentir mal, desde entonces algo me decía que aquella propuesta era demasiado perfecta para ser verdad.
¿Por qué no levanté la mano para preguntar? ¿Por qué me tragué aquellas dudas que me asaltaban? Me lo he planteado muchas veces y entre susurros con otros vecinos he sabido que ellos también estuvieron a punto de interrumpir la junta para exponer sus cuestiones. Pero no lo hicimos a tiempo y llegó el cambio.
Para gestionar las pequeñas aportaciones de los vecinos se nombró a un presidente de la comunidad y éste se rodeó de personas de confianza para administrarla. Se contrató a una señora de la limpieza, de quien se rumoreaba que era la amante de uno de los administradores. Pusieron un jardinero que por lo visto era primo de otro. También se contrató a un “securita” que controlaba un sofisticado sistema de cámaras, por lo visto con este sistema podía controlarse todo lo que sucedía en la comunidad. Esto mejoraría nuestra seguridad. Nada de lo que preocuparse.
Al principio todo iba bien, pero el jardinero no daba abasto con tanto balcón y tanto jardín y hubo que contratar a un ayudante. Las pequeñas aportaciones iniciales se fueron quedando cortas y hubo que recaudar cada vez más. Algunos vecinos cuchicheaban sobre el olor a alcohol que desprendía el aliento del jardinero desde tempranas horas de la mañana. Incluso algunos juraban haberlo visto durmiendo la mona en los jardines. Lo acusaban de holgazanear por ser el primo de uno de los administradores y saberse con el puesto garantizado. Pero claro, de estos vecinos que cuchicheaban se decía que lo hacían infundadamente por los pleitos pendientes que tenían con el presidente desde hace años, era cosa de viejas vendettas entre vecinos. Habladurías decían, nada de lo que preocuparse.
Lo cierto es que si bien yo no tenía que preocuparme de cuidar las plantas de mi balcón, sí notaba que no estaban tan frondosas como antes. Con lo pequeñas que eran las aportaciones iniciales a la comunidad y lo que me ahorraba en abonos, sulfamidas y pesticidas, pude por fin ir pagando las cuotas del préstamo que solicité para comprar mi ansiado crucero. Fue una semana maravillosa, quizá la última buena semana que recuerdo tras el cambio. A bordo del barco me encontré con uno de los administradores y, casualmente, también viajaba en el mismo crucero la señora de la limpieza. Me sorprendió ver cómo cenaban invitados en la mesa del capitán quien no paraba de repetir que se alegraba de verles a bordo por tercera vez. Nada de lo que preocuparse.
Cuando regresé del crucero me encontré con que habían tenido que subir nuevamente las aportaciones a la comunidad. Empecé a hacer cálculos y ahora pagaba más en aportaciones de lo que antes gastaba y recibía mucho menos a cambio. Aún me río y a veces rompo a llorar cuando recuerdo el día que planteé mis propuestas en la siguiente junta. Tan sólo propuse dejar de pagar parte de la cuota y dedicarme yo personalmente al cuidado de mi balcón, el cual, por cierto, se limitaba ya a cuatro geranios mustios y chuchurríos. Primero me dijeron, muy amablemente delante del resto de vecinos, que no podía ser, ya que no sólo el edificio debía mantener una imagen exterior uniforme y homogénea, sino que además no se podía seguir usando abonos que dañaran el medio ambiente. Tampoco, añadieron, podía salirme y romper el sistema de aportaciones, esto último me lo espetaron con un tono que ya rayaba la irritación. Parece ser que algunos de los mejores vecinos se habían marchado de la comunidad y se rumoreaba que otros vecinos se habían quedado sin trabajo y estaban viviendo del fondo comunitario que se había ido acumulando y que mermaba a ritmos acelerados. Después, cuando se me ocurrió comentar lo feo y descuidado que estaba todo comparado con antes del cambio y propuse volver al antiguo sistema, no me pregunten por qué, la amabilidad que había tornado en irritación se terminó convirtiendo en cólera y, ante todos los vecinos, el presidente acabó acusándome de asesino de niños como la hija de los Pérez-Moreno por no querer contribuir al sistema. Precisamente a mí, que había sido uno de los pocos que mostró caridad y ayudó a los Pérez-Moreno de quienes, por cierto, no se sabía nada desde que se fueron.
Desde entonces todos los vecinos tenemos miedo al guardia de seguridad y sus nuevos ayudantes y en un intento de complacer al presidente y sus administradores, permito que se celebren las cada vez más numerosas juntas en mi casa, incluso preparo algo de picar para ellos. He de reconocer que sus visitas causan cierta emoción en mi persona. Quizá sea porque desde que han prohibido fumar en el edificio, el único momento en el que puedo disfrutar del tan añorado olor a tabaco sea durante las juntas. Aunque ya no tengo voz ni voto, simplemente soy feliz inhalando el humo de sus carísimos habanos, mientras debaten sobre todas las cosas que quieren hacer con las cada vez mayores aportaciones de los vecinos. También reconozco que escucharles hablar mientras se enseñan las fotos de los últimos cruceros que han hecho me trae buenos recuerdos de mis ya casi olvidadas vacaciones en el mar.
Miro nuevamente el salón de mi casa y no lo reconozco. Cierro los ojos y suspiro, veo la tierna mirada de la hija de los Pérez-Moreno, con esos ojos grandes y expresivos, con un brillo especial pero que se iba atenuando por la enfermedad. Me siento mal por ella y sobre todo me siento culpable de querer volver a los tiempos de antes del cambio. Espero que esa niña me perdone. ¡Me siento tan culpable de que sus padres dejaran de pagar el seguro! Debo ser mala persona. La verdad es que ya no estoy seguro de seguir siendo persona ni estoy seguro de nada. No sé por qué me quejaba de tener que cuidar mi jardín, tener que pagar mi seguro médico o ahorrar para irme de crucero. Incluso recuerdo que alguna vez llegué a pensar en usar esos ahorros no para el crucero, sino para montar una empresa como en su día hicieron los ricachones del 5ºA quienes, por cierto, ahora son muy amigos del presidente y hacen cada vez más y más cruceros juntos. Nada de lo que preocuparse…

 

 

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