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12/04/2010 - Ignacio M. García Medina
Proclamando principios

Siempre he dicho que sólo se puede ser comunista bien por ignorancia o bien por pura maldad. Siguiendo el recorrido por el espectro político, considero que para ser de izquierdas ha de mezclarse un poco de ignorancia, buenismo, paternalismo, irresponsabilidad, esnobismo y mala conciencia. Por último, para ser de derechas, se necesita todo lo anterior, si acaso con un poco más de idea en economía, religiosidad y mayor miedo al cambio y a la libertad.

Después de haber hecho amigos con el primer párrafo, voy a intentar explicarme.

Vivimos en una sociedad colectivista, que desprecia el individualismo por confundirlo con egoísmo o egocentrismo. Y esto lo hacen todos los partidos, tanto los que se dicen a la “izquierda”, como los que se creen a la “derecha” o en un difuso “centro”. Todos, absolutamente todos, desconfían de la libertad porque no creen en la responsabilidad individual. Todos creen que los seres humanos son como bebés irresponsables, incapaces de tomar decisiones y que necesitan de los políticos para que los guíen y orienten y, llegado el caso (que siempre llega) impongan. Lo que diferenciará a un partido de otro será las cosas que pretendan imponer. Todos tenemos una idea de lo que nos gusta y de lo que no, por lo tanto siempre habrá algún partido político que pretenda imponer una visión de la vida parecida a la que a uno le gusta. Esto formará mayorías. Si dichas mayorías son muy grandes, habrá despotismo, si no lo son tanto y tienen que negociar con otros grupos políticos o de presión, habrá chantajes. En todo caso, siempre habrá una minoría pisoteada y vilipendiada: el individuo.
El individuo ha de estar por encima de cualquier mayoría de una ideología determinada. Sólo dejando al individuo tomar sus decisiones –correctas o equivocadas- y asumir sus consecuencias viviremos en una sociedad ética, justa y próspera. Esto sólo se consigue dándole al individuo libertad. La libertad es el valor máximo de todo ser humano. La pregunta inevitable es ¿hasta dónde llega mi libertad? La respuesta típica es: hasta donde empieza la de otro. Y aunque típica, es muy acertada. Sólo una posible víctima de mis actos tiene derecho a impedírmelos antes de llevarlos a cabo o a pedirme compensación por sus consecuencias después. ¿Cómo parcelar esta libertad? ¿Cómo delimitar dónde empieza mi libertad y acaba por tanto la tuya? Pues delimitando claramente lo que es de cada uno. La estricta observancia y respeto de la propiedad privada es la clave para sustentar esta premisa.

Sólo podré dejar de hacer algo cuando esto perjudique a otra persona. Sin embargo el Estado es especialista en erigirse como representante de víctimas inexistentes. En algunos casos se inventan víctimas donde no las hay, por ejemplo, un radar en la autopista te multa por ir a 140 km/h aunque no haya nadie circulando a tu alrededor o, aún habiéndolos, cuando tu conducción a esa velocidad no suponga ningún peligro para nadie; en otros casos te hacen creer que tú eres tu propia víctima (pero la indemnización se la queda el Estado): te multan si no llevas cinturón de seguridad aún cuando no usarlo, en todo caso, a quien perjudicaría es a ti mismo (aunque precisamente por no llevar cinturón de seguridad muchas personas se han salvado en cierto tipo de accidentes); y luego hay otros casos en los que es el mismo Estado quien genera víctimas donde no tendría que haberlas: prohíben las drogas, marginalizando a sus usuarios, convirtiéndolas en inseguras y en muchos casos adulteradas y encareciéndolas enormemente, empujando a sus consumidores a la marginalidad y a la delincuencia. De gente libre que consumiendo sustancias sin adulterar y a precios baratos no perjudicarían a nadie o en todo caso sólo a si mismos, el Estado, con la prohibición, los convierte en yonquis delincuentes.

¿Todo en nombre de qué? Del bien común. Te quitan bajo amenaza de cárcel el fruto de tu trabajo mediante cada vez más altos impuestos, para contribuir a un bien común que ellos, los políticos, se encargan de garantizar. Lo gestionan pésimamente haciendo su mantenimiento cada vez más costoso y además te culpabilizan a ti de todo aquello que pueda encarecerlo más.

Me estoy enfadando, pero seguiré escribiendo para concluir. El bien común es la excusa de toda tiranía (aunque parezca una democracia) porque pisotea al individuo. Todo Estado, por tanto, como gestor y garante del bien común es una tiranía mejor o peor disimulada, por lo que considero que la Anarquía es la única posición ética. Para que la Anarquía no sea caos, la propiedad privada y el respeto a los contratos libres es lo único que garantiza la libertad individual (y por tanto, la de todos). La mejor manera que se ha encontrado hasta ahora de garantizar esta propiedad privada, el respeto a los contratos libres y los intercambios que éstos conllevan se llama libre mercado o capitalismo. No soy de izquierdas, no soy de derechas, no soy de centro. Soy anarco-capitalista y te invito a que lo descubras.

 

 

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