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12/11/2009 - José Francisco Fernández Belda
Formar no es siempre titular


Casi desde que el mundo es mundo, cuando aún no lo habían secuestrado los partidos políticos, la gente procuraba labrarse su futuro formándose en una ciencia, un arte o un oficio. Unas veces aprendían con los conocimientos, y algún que otro “secretillo del oficio”, que pasaban de padres a hijos. Otras veces los jóvenes se formaban trabajando como aprendices de los maestros hasta que se independizaban cuando sabían, o creían saber, lo suficiente para instalarse por su cuenta. Predominaba la práctica sobre la teoría, a la vez que mantenerse por su cuenta era socialmente más valorado que ser mantenidos por los padres o por el estado.

Aunque lo intuyo, no estoy muy seguro de poder asegurar con el suficiente rigor científico que en nuestro entorno nacional, y en particular el isleño en que hoy nos toca vivir, se haya instalado la mediocridad y la incompetencia generalizada, aunque esté avalada, eso sí, por un sin número de títulos académicos oficiales con que rellenar largos historiales académicos. Hoy en día, el reclamo casi imprescindible para que haya quien se matricule en un curso es ofertar la posibilidad, o la certeza, de que se obtendrá un título oficial de algo, o unos créditos académicos, que servirán para añadir unas líneas al currículum vitae y unos puntitos en la baremación de méritos a la hora de presentarse a unas oposiciones. No importa lo que se sepa sino lo que se aparente saber, siempre que esté debidamente certificado. No importa el esfuerzo o el sacrificio que el alumno debió hacer para adquirir esos conocimientos, nadie lo evaluará objetivamente, sólo importan las horas que tuvo que estar sentado en un aula.

Tal vez el mundo de la política, al menos el que atañe a muchos cargos públicos nombrados por los partidos políticos, es un ejemplo claro de la diferencia entre “saber hacer”, sinónimo de competencia profesional, y “saber estar”, habilidad para maniobrar y ser nombrado asesor o ser incluido en las listas electorales por haber caído en gracia al jefe de su tribu. En una empresa privada hay que demostrar competencia y capacidad para el ejercicio de un cargo. En la política no es así, a veces basta con haber estado unos años militando en las nuevas “degeneraciones”, como las llama un reputado comunicador radiofónico, para tener méritos suficientes para ser nombrado cargo público y hasta secretario de organización de un partido gobernante y cobrar, para más escarnio a los ciudadanos, uno o más sueldos del erario.

Hoy en día lo que le importa fundamentalmente a las autoridades educativas son las estadísticas. Cuantos alumnos hay escolarizados, hay quien se pregunta cuantos de ellos están sólo “estabulados”, cuantos promocionan, o su antónimo, cual es el índice de fracaso escolar en sus múltiples acepciones. Al menos en lo que se ve, no parece importarles lo más mínimo saber y corregir en su caso, lo que los alumnos han aprendido en las aulas. En nuestro sistema educativo no hay ya ninguna prueba general y objetiva, tipo reválida o similar, que permita saber si un alumno ha adquirido los conocimientos básicos suficientes que el Estado haya fijado como necesarios para poder certificar y expedir un título oficial que sea algo más que un papel para enmarcar.

No hay forma de que las Comunidades Autónomas, ni los centros dentro de ellas se pongan de acuerdo en los contenidos educativos comunes que permitan a los estudiantes de una autonomía homologarse con los de otra en conocimientos. Pero, eso sí, los gobiernos autonómicos exigen sin el menor pudor al Ministerio que certifique y valide el caos. Si cada autonomía es ya un reino de taifa, cada centro de estudios es a su vez un cantón independiente. A los políticos les aterra que el sistema educativo sea riguroso y exigente, que extraiga lo mejor de cada alumno, que trate de potenciar y valorar el esfuerzo individual frente a la molicie, la mediocridad y la vulgaridad. Cuando Marx, don Carlos, formuló aquello tan genérico y demagógico de dar “a cada cual según sus necesidades”, el despiadado pero menos idealista de Lenin, don Vladimiro, lo corrigió añadiendo que recibirían “cada uno según sus aportaciones”, única manera conocida de estimular y premiar el trabajo frente a la pereza. No hay derechos sin obligaciones, ni logros sin esfuerzo. Es lo que ellos vinieron a decir. Y esto es tan obvio que hasta los comunistas parecían entenderlo, aunque no practicarlo, que una cosa es la propaganda y las promesas y otra bien distinta es la realidad y la despensa.

A mi entender, los políticos suelen confunden igualdad de oportunidades con igualdad de resultados. Una cosa es que nadie quede sin la oportunidad de estudiar, por razones económicas o de otra naturaleza, y otra cosa distinta es que todos alcancen la misma titulación o igual nivel de resultados. La clase política involucrada en la educación, tal vez por miedo a ser tildados de autoritarios y poco progresistas han optado por simular ser colegas de los educandos. Han renunciado a la justa exigencia, autoridad y rigor para utilizar el mecanismo falaz y suicida para las generaciones que lo padecen de bajar el nivel de conocimientos exigibles, con “adaptaciones curriculares específicas”, para que las estadísticas no los pongan en evidencia. Sin la menor duda, si eso es hambre para mañana, no es ni siquiera pan para hoy, es tan sólo falta de formación y desempleo, aunque con titulación oficial.

jfbelda@teleline.es

 

 

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