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10/11/2009 - José Francisco Fernández Belda
Muros, murallas y otras alegorías


Como una gran fiesta de la libertad se ha celebrado, y se ha conmemorado, en Berlín la histórica fecha del 9 de noviembre de 1989 en que cayó aquel Muro vergonzoso, erigido por la democracia socialista popular, que separaba a unos berlineses de otros, los que vivían en libertad y los que estaban encerrados en una cárcel comunista. El aniversario se “celebra” porque, como dice el DRAE, se festeja un suceso o una fecha importante. Se “conmemora” para rendir solemne memoria de aquellos tristes tiempos y no olvidar lo que ya será inolvidable, parafraseando el célebre y emotivo ruego prorrumpido por Gabriel Moris, padre de una víctima de los atentados de Madrid del 11M, desde el hospital de parapléjicos de Toledo.

Aunque cueste creerlo, aún perviven algunos políticos con el reloj parado, pero instalados nostálgicamente en su peculiar sistema antisistema, que siguen recordando el GULAG comunista como un paraíso. Es el caso de Francisco Frutos, cuando dice que “cuatro farsantes” celebran el veinte aniversario de la caída del Muro. No ha aclarado si se estaba refiriendo a los mandatarios Gordon Brown, Nicolás Sarkozy, Angela Merkel, Dmitry Medvedev y el presidente alemán, Horst Koehler, que se muestran felices y sonrientes en las fotos tomadas frente a la puerta de Brandemburgo, a los que sólo les falto arrancarse y emular a Gene Kelly cantando bajo la lluvia, como en la celebérrima película. Por cierto, Rodríguez Zapatero aparece en las fotos del acto central en un discreto segundo plano, paraguas en ristre guareciendo al Primer Ministro inglés, sin que se sepa a ciencia cierta si estaba allí para salir, “como sea”, en una foto de familia o porque se felicita a sí mismo por la efeméride, pues como dijo después, a él ya le llovía sobre mojado, nunca mejor dicho, por haber vivido la caída de otro “muro” que resistió unos 40 años a pesar de sus esfuerzos, el de Franco. Afortunadamente para los que no pensamos como Frutos, este singular personaje pronto pasará a un tercer plano, ya estaba en el segundo como Presidente del PCE en lo que queda de Izquierda Unida.

Desconozco si fue por el intento de no meter aún más el dedo en el ojo a los amantes de la tiranía del hombre por el hombre, que el Parlamento Alemán fijó para la celebración de la reunificación el día 3 de octubre. Ellos sabrán por qué lo hicieron realmente así, pero a mi modesto entender, más de un mensaje de auténtica paz, libertad y espíritu democrático se hubiera enviado al mundo de haber hecho coincidir ambas fechas, al margen de cuando se firmaron los documentos. Los alemanes atrapados en la RDA, la del martillo y el compás en el escudo sustituyendo a la hoz de segar o degollar, mostraron al último Jefe de Gobierno Lothar de Maizière y a todo el mundo en ese 9 de noviembre de 1989 lo que para ellos ya era un secreto a voces que se venía produciendo desde hacia algún tiempo: las numerosas huidas de aquel paraíso socialista hacia la República Federal a través de Hungría y Austria. Era la consecuencia inevitable de la gestión de Mijaíl Gorbachov del derrumbe del comunismo.

El actor y director Mel Gibson abre su película Apocalypto con una cita de Will Durant: “Una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro”. Es difícil expresar mejor lo que pasó ese día. La demolición del Muro de Berlín no fue sólo la eliminación de unos ladrillos y de unos Vopos fuertemente armados y con órdenes claras de disparar a matar, la Deutsche Volkspolizei o “policía popular alemana”, fue realmente el derrumbe de un sistema político que sólo puede subsistir con la esclavitud y el terror. Más de 100 millones de muertos lo atestiguan. No es cierto que el muro cayera, simbólicamente hablando, por presiones del mundo libre y desde el oeste, sino que no pudo reprimir por mas tiempo las ansias de libertad de un pueblo que se resistía a vivir separado de su tradición, de sus hermanos y de su destino histórico.

Para desvirtuar esta realidad, hay quien habla de la existencia de otros muros en el mundo. Pero, como diría Jordi Pujol, hoy no toca hablar de ellos. Tal vez mañana sí, al menos siempre que el poder público proteja la libertad de expresión, no intente amedrentar a los que no sigan sus consignas políticas y existan espacios dónde no se persiga el pluralismo ideológico. No obstante cabría recordar a quienes se empeñan en mezclar unas cosas con otras, que hay al menos dos clases de murallas o barreras a lo largo y ancho del mundo, unos están construidos para que la gente no escape (son de ladrillo en las cárceles o de policías y tiburones en Cuba, por poner sólo dos ejemplos). Otros muros son erigidos como una forma casi obligada de autoprotección, no son para que la gente no pueda escapar de un lugar, como los anteriores, sino que impiden el tránsito fácil de los terroristas para asesinar a la población indefensa de otra forma, caso del de Israel, o para que no entren emigrantes de forma clandestina, como la “sirga tridimensional que sustituye a la concertina”, peculiar forma en que la Vicepresidenta María Teresa de la Vega describió las alambradas españolas de Ceuta y Melilla cuando dejó de gustarle lo de “papeles para todos” de Jesús Caldera, el del típex.

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