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16/06/2009 - José Francisco Fernández Belda
Educación, formación y empleo



Allá por el año 1993, la Comisión de las Comunidades Europeas publicó un extraordinario Libro Blanco con el nombre de “Retos y pistas para entrar en el siglo XXI” (puede leerse en Internet sin pagar canon a la SGAE), bajo la dirección de Jacques Delors, a quien años más tarde la UNESCO le volvió a encargar la presidencia y la coordinación de los trabajos de la Comisión Internacional sobre la Educación para el siglo XXI. Fruto de este trabajo es el libro “La educación encierra un tesoro” (Ed Santillana ISBN 84-294-4978-7) del año 1996.

Hay muchas tesis dentro de ambos sustanciosos trabajos, pero creo que es oportuno traer ahora a colación una de ellas, la que hacía referencia al inevitable incremento del desempleo en toda Europa hasta finales de la centuria, si no se hacía algo urgentemente para invertir la tendencia. En particular se estudian en profundidad tres tipos de problemas: el desempleo coyuntural (por retroceso en la actividad económica), el desempleo estructural (apostar por las rentas de situación, sistemas de empleo rígidos poco proclives al incremento de la productividad y la competencia), y el desempleo tecnológico (desfase temporal entre el “cómo producir” y el desarrollo de los nuevos yacimientos de empleo). Por supuesto que todo ello nada tiene que ver con ese pensamiento Alicia que el presidente Zapatero ha dado en llamar la economía verde para luchar contra el cambio climático. La economía y la realidad social no se cambian por decreto ni con ocurrencias varias del tipo bombillas o becas para los alumnos que no se esfuerzan, sino potenciando y permitiendo que se desarrollen libremente los dos grandes motivadores de la conducta humana: el afán de ganar y el miedo a perder. Todo ello en democracia, que no siempre es igual que en socialismo o en totalitarismo.

Ambos análisis insisten en que hay que actuar con medidas drásticas e imaginativas en dos grandes frentes. Uno es el cambio en la política de empleo, el otro es facilitar una formación a lo largo de toda la vida en el seno de una sociedad al servicio de las personas. En concreto, y a modo de brújula para no perder el norte, establece seis prioridades fundamentales: apostar por la educación y la formación a lo largo de toda la vida; aumentar la flexividad interna y externa; confiar más en la descentralización y en la iniciativa; reducir el coste relativo del trabajo poco cualificado; renovar profundamente las políticas de empleo y, por último, ir al encuentro de las nuevas necesidades (pág 13 y ss).

Como es de sobra sabido, ninguna de estas prioridades parecen gustarles a nuestros gobiernos y sindicatos, cuyas labores en pro de la destrucción masiva de empleo están siendo todo un éxito. Viejos vicios nacionales como la “titulitis”, pretendida fórmula de éxito frente a la preparación real, o el apostar por lo público reglamentado, burocratizado y controlado por los aparatos de los partidos políticos y los liberados sindicales frente a la libre iniciativa y los acuerdos imaginativos entre las partes a quienes realmente afecta el problema (caso de Volkswagen, por ejemplo) o creer que se hace una auténtica política social retocando el salario mínimo interprofesional al más puro estilo del nacional sindicalista y Ministro de Trabajo José Solís Ruíz y no queriendo cambiar la obsoleta legislación laboral, están llevando a España a ser, y seguir siendo si no se enmienda la situación, el líder de lo antisocial por mucho que la propaganda oficial y sus corifeos se empeñen en ver brotes verdes por doquier.

Para evitar que se llegara a lo que se ha llegado, lamentablemente para todos nosotros Jacques Delors y su equipo acertaron en sus pronósticos, ellos proponían la necesidad de implantar la educación y la formación permanente a lo largo de toda la vida. Eran conscientes de que la movilidad geográfica y funcional es inevitable para el progreso económico y social de los trabajadores, como ya lo fue desde su inicio para el factor capital en la producción de bienes y servicios. Los autores hacen una distinción, a veces no suficientemente explícita, entre la educación, entendida como el proceso de socialización y aprendizaje encaminado al desarrollo intelectual y ético de una persona, y la formación (ocupacional o reglada) dirigida a capacitar a alguien para el desempeño de un puesto de trabajo u oficio concreto.

En la pág. 22 del segundo libro citado se escribe: “Lo primero, aprender a conocer… Esta cultura general sirve de pasaporte para una educación permanente, en la medida en que supone un aliciente y además sienta las bases para aprender durante toda la vida. También, aprender a hacer. Conviene no limitarse a conseguir el aprendizaje de un oficio sino, en un sentido más amplio, adquirir una competencia que permita hacer frente a numerosas situaciones, algunas imprevisibles... La Comisión se ha hecho eco de otra utopía: la sociedad educativa basada en la adquisición, la actualización y el uso de los conocimientos. Mientras la sociedad de la información se desarrolla y multiplica las posibilidades de acceso a los datos y a los hechos, la educación debe permitir que todos puedan aprovechar esta información, recabarla, seleccionarla, ordenarla, manejarla y utilizarla”. Como decían los faraones egipcios, que así se escriba y que así se cumpla… y que la diosa Fortuna, la del comercio y la navegación no la del azar fortuito, proteja a nuestros hijos, nietos y biznietos, a los que dejamos la pesada carga de pagar el actual déficit público que heredarán sin duda.

jfbelda@teleline.es

 

 

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