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23/05/2009 - José Francisco Fernández Belda
Volver o no volver, esa es la cuestión (y2)



Analizando los fenómenos migratorios en el último siglo, tanto en Europa como en los EEUU o en nuestra tierra canaria, puede comprobarse como han desembarcado en estos destinos los dos tipos de emigrantes a que se hacía referencia en la primera parte de este artículo: los que pensaban quedarse para siempre y los que soñaban con retornar algún día a su tierra de partida.

Los primeros venían dispuestos a trabajar y a forjarse un futuro para él y, sobre todo, para su cónyuge y sus hijos. Eran capaces de soportar casi todo si veían la posibilidad de que sus hijos y nietos fueran algún día ciudadanos de pleno derecho, con oportunidades y futuro en esa tierra que ahora les acogía. Casi todos sentían que su nueva vida, por penosa que fuera o pareciera, era infinito mejor que el mundo aterrador que habían dejado atrás, aunque a veces se veían atrapados en “guetos” donde sus propios compatriotas se empeñaban en reproducir el estilo de vida que dejaron atrás. Para ejemplos, los barrios chinos, afro americanos, latinos, musulmanes, etc., que visualizan con toda claridad el modelo de la anti-integración. Para los latinos en Norteamérica, por poner sólo un caso, el desencuentro con la nueva cultura se agrava con el uso del “spanglish”, esa jerga inútil y alienante, que condena inexorablemente a la marginación a sus hablantes.

Pero aquel espíritu de lucha y afán de superación de los que llegaron primero, no fue siempre un valor que quisieran heredar sus descendientes. El estallido de violencia callejera en Francia durante el verano del año 2005 es un buen ejemplo de lo que podría suceder en cualquier lugar receptor de emigrantes con otros valores sociales, si no se produce la integración y la asimilación cultural en la segunda o tercera generación.

En relación con el otro tipo de emigrantes, los que desean retornar a sus raíces, cuando vuelven a su terruño, lo hacen cargados con sus pertenencias y con sus experiencias de todo tipo. Algunos vivirán de las rentas el resto de sus días, pero otros, sospecho que los más, montarán negocios que obliguen a los que se quedaron a admirarlos. También para asegurar a sus descendientes un cierto nivel de prosperidad. Esa nueva clase media, casi sin quererlo, va difundiendo los nuevos valores sociales que ha traído consigo. Por la imperiosa necesidad de ser breve, sólo una pincelada sobre un peculiar fenómeno social que se vivió en España con el retorno masivo de las personas que habían emigrado a la Europa democrática. Salieron con lo puesto, pero cargados con los prejuicios, valores e ideas políticas y religiosas en las que se criaron, y volvieron con otras nuevas, radiantes, explosivas y poco compatibles con las que por entonces propugnaba la dictadura reinante. En paralelo, aquí se habían iniciado ya los Planes de Desarrollo, y una cosa se sumó a la otra. Estoy convencido que la peculiar transición a la española fue posible, entre otras muchas cosas, por este fenómeno. La democracia no llegó a España de la mano de los partidos políticos sino de esa sociedad en desarrollo y con esa nueva burguesía que sentía como propia la canción del grupo Jarcha, Libertad sin ira: guárdate tu miedo y tu ira, porque hay libertad, como repetía machaconamente el estribillo.

Y si fuera verdad que las cosas funcionan de la forma descrita, al menos en parte, pronto veremos cambios políticos, económicos y sociales importantes en nuestro vecino Marruecos, cuando muchos de sus emigrantes comiencen a retornar y, por su propio interés, utilicen sus conocimientos y riquezas importadas en el desarrollo de nuevas actividades económicas en áreas tales como la producción y distribución de alimentos, servicios navales y aéreos, turismo y comercio, etc. que ellos mismos aprendieron allá a donde fueron. Esta situación que, queramos o no se producirá más pronto que tarde, debería hacernos reflexionar y desarrollar al máximo todas aquellas áreas sociales, políticas y económicas que nos complementen y potencien mutuamente, siguiendo aquella máxima de que una mano ayuda a la otra. No se trata de actuar de meros intermediarios y comisionistas de las ayudas que puedan llegar para el desarrollo del África cercana, eso terminó cuando el fax, el teléfono móvil e Internet acabaron con el tam-tam y con la posición estratégica intermedia de Canarias ubicada por la gracia de Dios entre el origen y el destino de las relaciones comerciales.

Menos aún centrar nuestros desvelos en “quitarle a Andalucía esos ríos de dinero que llegan de Europa”, como dijo José Miguel Suárez Gil en el Hotel Santa Catalina en su toma de posesión como presidente de la Cámara de Comercio de Las Palmas (sería bueno repasar las videotecas y fonotecas). Con esa visión neo colonial, friki dirían algunos, no resulta extraño que la Cámara se fragmentara en tres, que no pudiera presentarse a la reelección como presidente y que ahora Ángel Luis Tadeo proponga al pleno quitarle las delegaciones en comercio exterior y, si es estatutariamente posible, también la vicepresidencia primera. Y eso, de una u otra forma, y según como se reorienten las políticas empresariales, nos afectará al futuro de los canarios como pueblo. O lo entendemos y nos preparamos, o el tren expreso del imparable futuro nos arrollará.

jfbelda@teleline.es

 

 

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