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17/03/2009 - José Francisco Fernández Belda
Cayendo del cielo y sin frenos

La consejera de turismo de Canarias, Rita Martín, dijo que “el turismo estaba en caída libre, nuestros visitantes desconfían del destino canario”, es decir cayendo en picado. Añadió en la comisión parlamentaria “hay incertidumbre y desconfianza” de los turistas británicos, alemanes y españoles, es decir la inmensa mayoría de nuestros clientes. En otras palabras, a la barrena incontrolada se añade no haber previsto históricamente dotar a la industria turística de amortiguadores o paracaídas. Por otro lado quisiera creer que la incertidumbre y la desconfianza la tienen sólo los empresarios canarios ante las perspectivas de negocio y no los turistas, cuya mayor duda espero sea de naturaleza distinta a rechazar el destino.

¡Bonito panorama nos pinta la Consejera!, aunque creo que en estas cuestiones la gran responsabilidad está en un empresariado con muy poca iniciativa o creatividad y no en el gobierno, cuyo gran pecado mortal sigue siendo confundir el negocio turístico (que no sólo es el binomio básico alojamiento con sol y playa, sino muchísimo más como la restauración, artesanía, folklore, cultura, deportes, etc., ocio y servicios en suma) con la edificación hotelera, subvencionándola hasta hacerla dependiente del presupuesto público y de las componendas de partidos políticos, que ha acabado por arrastrar en su caída al negocio verdadero, al de muchos pequeños empresarios dispersos, no sólo al más visible de algunas grandes empresas constructoras.

Esas lapidarias frases de la Consejera aparecen entrecomilladas en la prensa escrita del archipiélago, no únicamente en la de papel sino también en la de Internet. Han podido ser leídas en medio mundo, añadiendo a la incertidumbre más alarma y confusión por unas declaraciones de quien tal vez por ética si no es que debiera callarse, al menos matizar y medir mucho como dice lo que dice, por prudencia y buen gobierno. Es por lo tanto una cita textual, por más que varios días después la dicharachera política quisiera corregirlas explicando que, aunque estamos cayendo, lo hacemos menos que otros destinos. La imprudencia institucional ya estuvo servida. La exagerada utilización del desacierto verbal por parte de una oposición política, ávida de notoriedad aunque sea por glosar y culpar a los que gobiernan hasta de la caída del Imperio Romano, añade al asunto su alícuota parte de peligro y temeridad a la hora de amplificar dudas y desconciertos. Pero tenemos los políticos que votamos. Y así nos va.

No obstante, lo peor del asunto es que Rita Martín acierta en el diagnóstico. En mayor o menor medida y según islas se está comprobando día a día, al menos en lo que hace referencia al descenso en número de visitantes y sobre todo, que es lo realmente importante, en la rentabilidad del sector. Tenerife es la que menos cae porque está haciendo bien sus deberes desde hace años, al haber entendido que el futuro del turismo no está sólo en los hoteles de cinco estrellas, ni en creer que los clientes están preocupados por la puesta en marcha de la tan manoseada como falaz política de renovación de la planta alojativa obsoleta –hasta el punto de que algún consejero cabildicio haya ido a explicársela a los atónitos alemanes en la Feria de Berlín– sino en ofrecer al visitante toda una oferta variada de ocio y servicios que pueda satisfacer sus expectativas. No existe el turista tipo, existen personas con apetencias, gustos y demandas muy diversas, muchos y variados segmentos de mercado dirían con técnica precisión los expertos en promoción y marketing. Y si es así ¿qué nos impide entenderlo?

No es fruto de la casualidad que Tenerife venda con éxito sol y playas, aunque no las tenga del tipo arenoso que muchos imaginan, pero ofrece los parques naturales y temáticos más interesantes de Canarias. Por la ruta del sur, sólo como ejemplo, el parque de Las Águilas, Pirámides de Güimar, Loro Parque o el nuevo y extraordinario Siam Park, el reino del agua. Pero también por el norte en La Orotava, la Casa de los Balcones, Pueblo Chico y hasta la tumba del Marqués de la Quinta Roja, para acabar en el restaurante El Monasterio. Son ejemplos que no agotan el catálogo de la variada oferta, cuya promoción, por cierto, puede verse en vallas colocadas en las carreteras de otras islas. En contrapartida, Gran Canaria parece que no hace ni quiere hacer sus deberes. Tiene también recursos turísticos que ofrecer, pero o están descuidados o están mal comercializados. Por ejemplo, ir en coche a Palmitos Park es una auténtica aventura, salvo que lo haga en un 4x4 para salvar los baches de la descuidada y vergonzosa carretera de acceso. En la ruta norte es difícil decidir qué paraje es más penoso o cochambroso. Decenas de años ha tardado en ponerse en uso el Parador de Tejeda, situado en la zona centro. Casi todos los yacimientos arqueológicos y museos, etnológicos, incluyendo Cueva Pintada, el Cenobio de Valerón o el Museo Canario, son ejemplos clarísimos de mal hacer. Si se llega al Puerto de Agaete, tras pasar junto a mares de plástico que cubren la flora del “jardín de bellezas sin par” y algunos molinillos aerogeneradores que rompen el paisaje, no se acaba de ver claro si es que allí se acabó la civilización o si se está en el cuarto mundo. En cualquier caso el visitante se preguntará: ¿para qué me han traído aquí? Menos mal que la zona de Ingenio y Agüimes nos reconcilia con el sentido común. Hay que derramar lágrimas amargas de sana envidia ante el buen olfato de nuestros vecinos, de frustración ante la apatía de las autoridades políticas insulares que padecemos y también por la desidia empresarial subvencionable. ¡Dito sea Dios!

jfbelda@teleline.es

 

 

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