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02/02/2009 - Ignacio M. García Medina
Enterrando a Viernes, resucitando a Robinson

No hay dos sin tres y así llegamos a la tercera de nuestras ya consolidadas lecturas liberales: La vida y extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe, que fue publicada en 1719 y que no es sólo uno de los clásicos más leídos de todos los tiempos por personas de todas las edades y países sino que, además, en rigor, se trata de la primera de las grandes novelas inglesas, un texto fundacional. La historia es tan conocida y ha sido tantas veces adaptada y revisitada (libros, cine, televisión, etc.) que todos creemos conocer bien la novela hasta que la lees nuevamente y descubres que no sólo está llena de aventuras, entrañables personajes y caníbales que tratan de comer las entrañas de esos personajes, sino que además se trata de un libro repleto de reflexiones sobre la soledad, las relaciones humanas, la organización social y el desarrollo económico.

Quizá es por ello que ha servido de inspiración y hasta ha despertado la vocación de muchísimos escritores de los más variados temas pero sobre todo de grandes economistas, llegándose a acuñar el término de economía robinsoniana.

Es probablemente un libro adelantado a su tiempo en muchos aspectos, de hecho parece escrito directamente para Hollywood: consta de secuelas y diferentes versiones (ala Director’s Cut) en las que en algunas muere Viernes y en otras no. Para los que leímos la versión edulcorada, la muerte del simpático compañero de Robinson supuso un palo de dimensiones similares a haber visto Verano Azul sin que muriera Chanquete para luego enterarse de que sí estiró la pata o haber visto una versión de Bambi en la que la madre no muere, sino que se va con otro ciervo más joven que (aún) no tiene cuernos.

Infancias destrozadas aparte, la relectura de este clásico hace que te des cuenta de cómo, mediante la historia de un hombre que se pierde para encontrarse a sí mismo, el autor hace una disección magistral sobre de qué manera se ha de organizar una sociedad para, primero, sobrevivir y luego desarrollarse y prosperar. Porque la historia de Robinson es, a pequeña escala, la historia de la Humanidad. La novela nos recuerda de una forma brutal que el hombre nace solo y desnudo en este mundo, a merced de la Naturaleza y que la riqueza se crea, no es algo que venga dado. Que sólo mediante el esfuerzo y la organización en libertad conseguimos vencer a la Naturaleza.

Frente al socorrido discurso del reparto de la riqueza, como si ésta fuera un pastel que está ahí y que hay que simplemente cortar y entregar, este libro nos recuerda que es cada individuo, en el ejercicio de su libertad y con el uso de su ingenio, esfuerzo y habilidades, quien combinando sus recursos de la manera que considera más eficiente, se procura su progreso y el de los demás a su alrededor. Robinson es el paradigma del autónomo, empresario y trabajador en uno. Hace uso de su ingenio, delega y comparte su trabajo cuando encuentra a Viernes, racionaliza su tiempo y su esfuerzo, invierte en bienes de capital y tiene en cuenta su desgaste y, como si no tuviéramos ya una suficiente dosis de sentido común, es consciente de que el dinero no es más que algo inútil si no se le da valor. Como decía, toda una bofetada de sentido común para los predicadores del reparto equitativo, los apóstoles de darle a la manivela del dinero, los profetas de salarios mínimos y demás cantinelas que, lo único que hacen es desviar la atención de la sociedad de lo que verdaderamente es la riqueza y cómo se genera.

Después de leerlo uno entiende mejor qué se les pasaba por la cabeza a ilustres como Von Mises, Bastiat o incluso Marx, cuando hablaban de economías robinsonianas. Es realmente un cuento ejemplar y paradigmático de la organización del trabajo y la visión empresarial, susceptible de interpretaciones de lo más variopintas (recomiendo a modo anecdótico la de Vázquez Montalbán), pero en cualquier caso una lectura indispensable para cualquiera que quiera entender mejor la Economía.

 

 

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