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01/02/2009 - José Francisco Fernández Belda
La paz pasada por agua

Esta mañana se ha podido ver, en alegre y festiva manifestación, a un grupo de jóvenes estudiantes de instituto coreando eslóganes por la Paz en la calle de Triana de Las Palmas de Gran Canaria, hasta que la lluvia puso fin a tan pintoresco evento. Al parecer, ninguno de los manifestantes ni sus profesores acompañantes habían tomado la precaución de llevarse un paraguas, pues estaban segurísimos de que los cielos bendecirían esas bienintencionadas, benefactoras y humanitarias intenciones de parar la violencia en el mundo mientras se pasean por la ciudad, saltándose una mañanita de clases, evocando las prácticas de la escuela peripatética de Aristóteles, en adaptación libre que hace la secta pedagógica de la idea que significa el sacar las aulas a la calle. Tampoco pensaron que a estas manifestaciones pacifistas de salón se debe llevar siempre un paraguas por si a las revoloteantes y traviesas palomas de la paz que alegres les sobrevuelan se les ocurriera aligerar algo su peso soltando lastre.

Si en verdad los profesores pretenden ayudar a sensibilizar a la población sobre actitudes pacifistas –si fueran aspirantes a un concurso mises o místeres añadirían también el deseo universal de que no hubiera hambre en el mundo– a mi entender aún están a tiempo de añadir al menos tres actividades adicionales en paralelo, pues para nuestra desgracia, la violencia no para por mucho que se manifiesten, si luego no hacen nada activamente por evitarla.

Lo primero sería manifestarse por los barrios y pueblos más conflictivos, donde la violencia, la marginación, las drogas, el analfabetismo, la desesperanza o el paro reinan en sus calles. Llevar a los estudiantes sólo a las limpias áreas comerciales es lo más parecido e hipócrita y contradictorio a organizar fastuosas cenas de gala para apoyar la lucha contra el hambre en el mundo. Manifestarse en las zonas más pacíficas de la ciudad contra la violencia es casi tan deleznable como cuando se permitió a Yassir Arafat y a Fidel Castro hablar en la ONU de la paz en el mundo, pistola al cinto.

En segundo lugar podría ser importante alentar a los jóvenes a denunciar y a enfrentarse a los matones escolares que acosan y martirizan a algunos compañeros de instituto que no pueden convivir en paz. Eso es solidaridad y autodefensa contra la violencia. Es muy fácil, aunque sea poner una tirita a la conciencia, manifestarse por problemas etéreos mientras se mira para otro lado y se toleran los específicos que se sufren a nuestro lado. Es aquello de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el nuestro. Como Rosa Díez dijo, a raíz de las manifestaciones del artisteo –que no intelectuales– contra Israel, “a nuestros progres les encanta manifestarse por guerras lejanas pero miran para otro lado en San Sebastián cuando les hablan de ETA”.

Por último, y a mi entender más importante, sería que los profesores propongan a los alumnos como trabajos de clase evaluables, entregar varias redacciones sobre el grave problema de la violencia y luego que los autores lean y comenten las mejores en el aula. Es mejor que alentar a los jóvenes para que salgan a la calle en horario lectivo. No debieran olvidar que el sistema educativo español es uno de los peores del mundo, donde ya no se enseña –ni se pretende– que los alumnos lean, piensen, aprendan y se esfuercen, sino que el Ministerio y las Consejerías Autonómicas consideran un gran logro político el que los alumnos “estén” en el sistema, sin importarles que “sean” estudiantes. Marcando como tareas escolares estas redacciones, y suponiendo que los profesores acepten el trabajo de leerlas y valorarlas, se haría un gran servicio a la causa de la educación y de la concienciación de los jóvenes por la Paz. Sólo la coherencia con las ideas sobre las que ellos han reflexionado podrá orientar sus acciones futuras.

Al hilo de estas simples ideas aquí expuestas, estoy ciertamente convencido que se conseguirían mucho mejor varios objetivos pedagógicos y de formación en ciudadanía. En primer y destacado lugar, el alumno ha de reflexionar y documentarse sobre lo que va a escribir, intentando concretar su pensamiento para plasmarlo sobre una hoja de papel. Está aprendiendo a reflexionar por sí mismo y a contrastar ideas. En una manifestación sólo se suelen corear alegres consignas pensadas por otros y no siempre con fines declarados.

Se puede mejorar sensiblemente la capacidad de escritura, lectura, búsqueda de información y expresión oral de nuestros jóvenes, que pasarían de ser alumnos pasivos a estudiantes activos. El gran problema para algunos estaría, tal vez, en que ya no serían tan sensibles y sí más críticos o refractarios ante ciertas zafias manipulaciones políticas e históricas que pueden encontrarse en algunos textos, entre otros en los de Educación para la Ciudadanía que circulan por nuestros colegios e institutos o los propuestos por el nacionalismo inventado y excluyente. Como diría el periodista y escritor César Vidal, algunos profesores y partidos políticos quieren alumnos “asnos, pero progres”.

jfbelda@teleline.es

 

 

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