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12/01/2009 - José Francisco Fernández Belda
¿Palestina vencerá?



¿Qué significa realmente el eslogan “Palestina vencerá” o que quieren decir y defender subliminalmente los que lo corean? Desde que en 1947 la Organización de las Naciones Unidas, ONU, aprobó el plan de partición de Palestina y el 14 de mayo de 1948 se creó el Estado de Israel sobre un territorio que había pertenecido por más de cuatrocientos años al Imperio Otomano y no a partir de tierras del inexistente “pueblo árabe palestino”, como falsamente hoy algunos pretenden hacer creer, la Liga Árabe afirmó que no pararían de luchar hasta expulsar a todos los judíos al mar. No estaba claro si se referían también a la mayoría árabe que prefirió hacerse israelitas y permanecer en el territorio, aunque es de suponer que también les harían probar el agua salada. Por supuesto, esa amenaza no afectaba a los “effendi”, los árabes acomodados que habían vendido sus tierras o se habían puesto a buen recaudo en Siria a la espera de que los otros, los “felahim” o árabes pobres, les hicieran el trabajo sucio. Otro ejemplo de quién varea el árbol y quién se beneficia de las nueces.

Si no han cambiado de idea, para aquellos dirigentes árabes que aún viven y sus seguidores, “Palestina vencerá” significa precisamente rematar, nunca mejor dicho, aquello que se juramentaron hacer a partir de la “Nakba” (la “catástrofe” como ellos denominan la creación de Israel) cuando ordenaron a sus tropas libanesas, sirias, iraquíes, egipcias y transjordanas, apoyadas por voluntarios libios, saudíes y yemeníes, que comenzaran la guerra de exterminio y la invasión del recién proclamado Estado judío. Por cierto, pretender la destrucción y aniquilación de un pueblo sí que es un auténtico genocidio, no lo que se ha podido leer en algunas pancartas que hace Israel. Y esto es así condenemos o no la forma de ejercer su derecho a la legítima defensa ante el terrorismo de Hamás en Gaza o de Hezbulá en el Líbano, que no duda en almacenar su armamento en escuelas y hospitales, utilizando a la población civil como escudos humanos. Aún en la “desproporcionalidad”, el horror y en la utilización para sus fines propagandísticos de mujeres y niños hay diferencias entre unos y otros.

Y como el conocimiento de los documentos históricos completos no suele ser alentada por quienes prefieren sustituir el análisis riguroso de los hechos por la “memoria histórica” de una de las partes, bueno sería recordarles al menos tres cosas. La primera es que Israel, mal que les pese y lo intenten ocultar, es el único estado democrático en toda la zona. Nació siéndolo y aún sigue siéndolo. Tal vez no sería descabellado pensar si no es precisamente esa ausencia de democracia una de las grandes claves para que los países mal llamados árabes no quieran encontrar una solución al problema, exceptuando en muchos aspectos a Egipto.

En segundo lugar, hay que recordar que fue la extinta URSS la única potencia que apoyó decididamente, con armas y logística, el plan aprobado por la ONU, a pesar de la marcha atrás que pretendía Estados Unidos en aquellos convulsos tiempos. En la incipiente política de bloques, que acabaría en la guerra fría posterior, la URSS deseaba establecer un estado satélite en la zona, afín al bloque socialista. Tal vez los soviéticos, al tiempo que intentaban hacerse perdonar los pogromos de Stalin que tanto sufrimiento, horror y muerte crearon entre los campesinos judíos que vivían en Rusia, pensaban que el experimento hebreo de los kibbutzs, de carácter único y quizás el movimiento comunal más importante de la historia, podría ser presentado al mundo como un modelo real de lo que podría ser el comunismo feliz que predicaban pero que no practicaban en ningún sitio. El apoyo ruso fue total, como pudo comprobarse cuando Andréi Gromiko, al frente de la delegación soviética en la ONU, declaró el 23 de marzo de 1948: “El único medio de reducir el baño de sangre es la creación rápida y efectiva de dos Estados en Palestina”.

En tercer lugar y en cuanto a refugiados, nunca se habla de los más de 800.000 judíos que fueron forzados a huir de tierras árabes y musulmanas entre 1949 y 1954, a punta de pistola, como represalia por la vergüenza de haber sido derrotados por aquel insignificante país recién nacido al que pretendían exterminar y arrojar al mar. Estos refugiados, que llegaban a Israel con sólo lo puesto, provenían del Líbano, Irak, Marruecos, Túnez, Irán y Jordania, Siria o Egipto, habiendo abandonando sus casas y posesiones en unas tierras en las que sus familias habían vivido por cientos o miles de años. Esas personas fueron integradas a la normalidad, como colonos o como profesionales, en el nuevo Estado judío.

¿Por qué los Estados árabes rehusaron hacer lo mismo con quienes prefirieron abandonar Israel, las más de las veces por consejo de los líderes de los belicosos países vecinos que no querían tener dificultades en su proyectada guerra de exterminio? ¿Por qué ningún país árabe, con excepción de Jordania, permite a estos refugiados convertirse en ciudadanos? La razón la explican el propio Yassir Arafat en su biografía autorizada, –“Arafat, terrorista o pacificador”, 1982, de Alan Hart– y el Dr. Hussein Khalidi del canal de radio la “Voz de Palestina”: querían mantener a los refugiados árabes en un estado de pobreza con fines de propaganda y recaudación de fondos. Y los portavoces gubernamentales de Siria y Egipto repetían que esas gentes sólo regresarían a sus casas como victoriosos, sobre las tumbas y cadáveres de los judíos. ¿Es ese mismo el mismo espíritu que aún perdura bajo el lema pancartero de “Palestina Vencerá”?

Por supuesto que todo el mundo desea el fin de la violencia, pero no la rendición preventiva al terror. También hay mucha gente esperando que Hamás deje de ser un grupo terrorista islamista que pretende por la fuerza y el miedo representar a los palestinos, que no son todos árabes ni musulmanes. Entre otros que esperan el fin de Hamas y Hezbulá, están los propios países árabes que no han encontrado aún el momento y el lugar para reunirse y condenar a Israel de forma unánime, firme y contundente. ¿Por qué será?

jfbelda@teleline.es

 

 

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