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03/12/2008 - Ignacio M. García Medina
Les deseo a todos un feliz 1984!

Me estreno como colaborador en esta página de referencia para los - por ahora escasos- liberales en Canarias haciendo dos cosas. Por un lado ofreciendo merecidas loas a la labor de esta web y mi sincero agradecimiento por el espacio brindado (algunos lo llamarán “peloteo”) y, en segundo lugar, haciendo algo que me encanta en esta vida: compartir las cosas que me han gustado tanto y/o me han impactado tanto, que considero imprescindible que la gente a mi alrededor las conozca.

En este caso, lo que tanto me ha gustado e impactado (prácticamente a partes iguales) ha sido el libro 1984 de George Orwell.

Mi primera lectura del mismo fue hace una década y realmente supuso una auténtica catarsis ideológica en mi vida. Como buen joven, mis aún poco concretos pensamientos políticos pastaban en el terreno del socialismo, la justicia social, el igualitarismo, el ecologismo, la solidaridad entre los pueblos, los planetas, las galaxias, los universos y todo lo demás. Es decir: el anti-liberalismo (aunque no el único, que si giramos el cuello a la derecha también lo van trayendo fino).

1984 me abrió los ojos al concepto de libertad individual, la cual desde entonces abrazo y defiendo como al más importante tesoro y herramienta de prosperidad de la Humanidad.

El libro consiguió que la llegase a valorar tanto, precisamente mediante la absoluta privación de la misma durante una historia asfixiante, en la cual la ausencia de libertad es tan brutal, tan desgarradora, que a veces uno tiene que parar de leer el libro para tomar aire. Para los que no lo hayan leído, trata sobre una ¿ficticia? sociedad futura en la que el poder absoluto y despótico lo ejerce el partido (único) del Gran Hermano, quien todo lo vigila y controla: la economía, la prensa, la Historia, la educación, el lenguaje, la alimentación, las relaciones afectivas y hasta los pensamientos de los individuos. Lo consiguen gracias a una sofisticada red de telepantallas que todo lo ven y controlan y una tupida maraña de delatores y policías del pensamiento que podrían ser desde tu compañero de trabajo hasta tu propio hijo.

En esta sociedad distópica hay dos clases sociales bien diferenciadas: los miembros del partido y los proles. Los primeros son una suerte de casta funcionarial sobre la que se ejerce el férreo control antes mencionado y los segundos, más numerosos, son una homogénea masa de plebeyos anestesiados por la ignorancia, la apatía y un Estado protector, ilusionados con la lotería semanal o los deportes y asustados de forma crónica por el terrorismo y la guerra.

Dentro del partido que pregona (e impone) el igualitarismo socialista hay algunos miembros más iguales que otros, como es habitual en estos casos. Así los miembros del Partido Interno son la verdadera elite, la cúpula política de este cuerpo funcionarial, paladines de la ideología y garantes de que nadie se mueva en la foto.

¿No les suena todo esto? A mí ya hace diez años me daba escalofríos sacar paralelismos con la realidad de entonces, pero ahora, tras la segunda lectura con motivo del arranque del Grupo de Lecturas Liberales, los escalofríos han tornado en dolorosos espasmos musculares y puntuales crisis de insomnio.

Creo que la gran batalla política e ideológica que se viene librando desde hace tiempo no es entre izquierda y derecha (y menos aún, centro, si es que existe), ni entre progresismo o conservadurismo, ni entre clases y, ni mucho menos, es una batalla entre partidos. Creo que la batalla es de cada uno de nosotros contra el Estado o el Gobierno (que cada vez más va siendo lo mismo). Es una lucha feroz por nuestra libertad individual, la cual cada día pretende ser rebanada un poco más por parte del Estado a cambio de exigirnos menos responsabilidad.

La ausencia de libertad extrema expuesta en el libro te hace preguntarte cuándo empezó todo. Obviamente al punto que llegan en el libro no se llega de golpe (aunque sea de Estado), ni de la noche a la mañana; uno se plantea qué pasos se fueron dando (y la gente fue asumiendo) hasta llegar a esa asfixia total. ¿Qué pasos de los que se tuvieron que dar en la ficticia historia del libro se han dado ya efectivamente en nuestro mundo real?

La libertad cede terreno de manera descarada en regímenes como el cubano, norcoreano, estados islámicos, etc. Pero me preocupan más lo sutiles, los disfrazados de democracias, o sea, Occidente, nosotros.

En el libro están obligados a mantener la forma y practicar una serie de ejercicios gimnásticos, ¿empezarían por prohibir fumar en sitios privados, por recomendar (en el mejor de los casos) pesos mínimos para modelos, alimentación para los niños, tallas diábolo y demás majaderías? En 1984 la economía está totalmente intervenida y, por pereza, ni siquiera me voy a molestar en hacer el evidente paralelismo con la realidad actual de refundaciones capitalistas y rescates financieros. Las noticias se cambian para que encajen con lo que el Gobierno considera que debe ser La Verdad y los medios de comunicación, obviamente, son parte del aparato gubernamental. Me pregunto si la gente fue aceptando que poco a poco se cerraran emisoras discrepantes, se coartara la libertad de expresión de los librepensadores, o simplemente se relegara al ostracismo social a quien fuera en contra de lo “políticamente correcto”. Ésta es, sin duda, la que considero la peor de las corrientes actuales: la despótica tiranía de lo políticamente correcto en la que si no tienes un discurso de reparto intervencionista de la riqueza, eres un egoísta insolidario (aunque esté más que demostrado que como mejor se reparte la riqueza es en un mercado libre); si no compartes el discurso de relativismo moral, de escalas de grises versus blanco y negro, no estás a favor del progreso; si no compartes como valor supremo la igualdad (no la de derechos y oportunidades, sino la referida al igualitarismo) eres un clasista y un elitista; en definitiva si, como yo, crees y confías en la libertad, molestas…espero no acabar en la habitación 101.

 

 

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