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09/11/2008 - José Francisco Fernández Belda
El color de la tierra II

La semana pasada, en este mismo periódico, comentaba la presentación en España del libro “Planeta azul (no verde)”, del actual presidente de la República Checa, Václav Klaus. Muchas y variadas reacciones ha generado este texto, que a mi entender, debe ser leído con detenimiento y, si alguien considera que contiene errores, ponerlos de manifiesto refutando sus argumentos con datos científicos, no con opiniones vagas y a ser posible sin utilizar la vieja técnica totalitaria de lanzar descalificaciones e insultos a quién lo dice y no a lo que dice.

En lo que atañe a este comentarista, en mi artículo anterior no entré en cuestiones tales como la conservación de especies y la biodiversidad, la polución industrial o ciudadana, la lluvia ácida, el agujero de la capa de ozono o el enfriamiento global, aquel que se anunciaba apocalípticamente hace unos diez años y que ahora se ha transmutado por los mismos ecologistas en calentamiento terráqueo (¿o será calentura por no haber acertado en sus pronósticos?). Y no lo hacía porque el libro reseñado no entraba en esas importantísimas cuestione, centrandose en el llamado cambio climático y sus consecuencias políticas, económicas y sociales. Tampoco se entró en la paradoja de ser España el país que más clama a favor de Kyoto, y Al Gore su profeta, al tiempo que es el más lo incumplidor por esta parte del planeta. Como decía Jordi Pujol, eso ahora no toca, lo que no significa que no sea importante. Pero no se puede, mejor no se debiera, mezclar todo si se quiere tener un debate constructivo y sosegado.

Siguiendo la simulación teórica, que a modo de ejemplo simplificador propone Klaus en la última parte de su libro, se pueden realizar cálculos aproximados de lo que supondría sustituir las centrales térmicas convencionales de Canarias por aerogeneradores, el tipo de energía renovable con mayor impacto visual y paisajístico, cuestión de suma importancia en un archipiélago que quiere seguir viviendo del turismo. Tomando datos de la última memoria publicada por la Consejería de Industria, la del año 2006, hay instalada en las Islas un total de 2.573,5 MW estando el 94.26 % en centrales térmicas convencionales y el 5,73 % en renovables. Curiosamente hay empresas, como la Refinería o el Hospital Dr. Negrín entre otras, que cogeneran ellas mismas parte de su energía, lo que supone un 2,76 % del total instalado.

El consumo eléctrico anual de Canarias, con datos de 2006, alcanzó un total de 9.492,7 GWh. De esta energía global consumida, únicamente el 3,52 % procede de fuentes renovables, tan sólo un 0.98% más que la autogeneración antes comentada, el 2,54 % del total producido.

En el capítulo de rendimientos, medidos como relación entre la energía capaz de producirse y la realmente generada, usando valores medios suficientemente aproximados a los efectos de este artículo, para las centrales térmicas el rendimiento se puede estimar en un 43,09 % y unas 10,34 h/día, mientras que para las renovables las cifras son del 25,82 % y unas 6,19 h/día.

Con los datos de potencia instalada, producción y rendimientos, metiéndolos en la coctelera y dándoles unas sacudidas se puede hacer para las Islas Canarias el mismo ejemplo que Václav Klaus propone para sustituir la central nuclear de Temolín por aerogeneradores. Utilizando como en el libro citado máquinas de de 2 MW c/u (con un diámetro rotor de 90 m, de altura 105 m, 335 toneladas de peso sin cimentación –que sería de unas 1.400 toneladas de hormigón y acero– ocupando dos hectáreas, equivalentes a dos campos de fútbol) se necesitarían, con los rendimientos canarios, unas 4.698 unidades. Si se colocaran en fila india, con los preceptivos 140 m de separación entre torres, alcanzarían la bonita cifra de 234,9 km de longitud.
Pero si se usara para este divertido, aunque inútil cálculo, un tipo de máquina más ajustado a la media de las instaladas por estas tierras, de 355 kW c/u, y utilizando los datos físicos de un modelo más eficiente, con un rotor de 52 metros, que ocupa tan sólo una hectárea y una separación de 105 m, el cálculo arrojaría ahora la asombrosa cifra de ¡26.467 unidades! Formarían una hilera de molinos con 2.779 km, más del doble de la distancia de Canarias a Cádiz, ocupando además 264 km2, los 227 km2 de la isla de El Hierro y una mordidita a La Gomera.

Apelando solamente a mi curiosidad técnica e histórica, estoy plenamente convencido de que la ciencia y la ingeniería del futuro encontrará una solución al problema energético, hoy insospechada, que nada tendrá que ver con los conocimientos técnicos actuales. Cuando la humanidad ha vivido en libertad, su creatividad ha superado siempre los obstáculos y ha encontrado muevas e imaginativas respuestas a los problemas, a pesar de los agoreros del catastrofismo que en toda época han existido. Julio Verne, en su Viaje a la Luna, envió a los viajeros dentro de una bala de cañón. Por suerte para los astronautas hoy viajan en naves con billete de ida y vuelta. En cabo Kennedy o en la Ciudad de las Estrellas ya no hay cañones, tan sólo algún “coñón” alegrando al personal.

jfbelda@teleline.es

 

 

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