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02/11/2008 - José Francisco Fernández Belda
El color de la tierra

Hace unas semanas se presentó en España un, a mi juicio, extraordinario e ilustrativo libro publicado con el descriptivo título de “Planeta azul (no verde)”, que causó un moderado revuelo, sobre todo entre los que intuían lo que en él podría opinar su autor, Václav Klaus, el actual presidente de la República Checa. Este político, economista de carrera y especializado en economía medioambiental, ya era conocido por muchos estudiosos del fenómeno mediático llamado “cambio climático” tras su intervención ante la Cámara de Representantes del Congreso de los EE.UU, al ser llamado para opinar, como especialista, sobre la influencia humana en el calentamiento global. Allí, el Sr. Klaus dijo: “Como alguien que ha vivido la mayor parte de su vida bajo el comunismo, me siento obligado a decir que la mayor amenaza para la libertad, la democracia, la economía de mercado y la prosperidad del siglo XXI no es el comunismo o sus variantes más laxas. El comunismo ha sido sustituido por la amenaza del ecologismo ambicioso. Esta ideología afirma que se preocupa de la protección de la Tierra y la naturaleza … sustituyendo el libre y espontáneo desarrollo de la humanidad por cierto tipo de planificación central (ahora global) del mundo entero”.

En el acto de presentación de este nuevo libro de ediciones Gota a Gota, especializada en obras de pensamiento liberal, José María Aznar comentó que “en estos tiempos de enfriamiento global de la economía nacional e internacional, los abanderados del apocalipsis climático exigen dedicar, hoy mismo, miles de millones de euros a causas tan científicamente cuestionables en su viabilidad como poder mantener la temperatura del planeta dentro de un centenar de años”. La polémica y la controversia con el libro, el presidente checo y con el presentador estaban servidas, unos a favor, otros en contra y pocos evaluando los argumentos. De un lado, los capitaneados por Al Gore y grupos antisistema. Del otro, menos organizados y subvencionados, los seducidos por los argumentos expuestos en el 2001 por Bjørn Lomborg en su libro El ecologista escéptico, y otros autores críticos y a contracorriente.

El presidente Klaus constata que la única unanimidad real en lo referente a la importancia de la influencia humana en el cambio climático, es precisamente la falta de unanimidad. Es más, dice citando a P.J. Michaels, que “considera un infortunio la enorme diferencia entre los informes científicos originales [del IPCC] y la presentación pública de sus resultados en los medios de comunicación generalistas”, hecho que ha supuesto la renuncia de varios científicos del Panel por no permitirles incluir sus salvedades, es decir sus discrepancias con las conclusiones. Argumenta Václav Klaus, por ejemplo, cómo en el documental de Al Gore Una verdad incómoda, se justifica el aumento global de las temperaturas mostrando el celebérrimo “gráfico del palo de jockey”, pero nos recuerda ahora oportunamente que ya ha sido sigilosamente borrado del último informe de la ONU del año 2007, tras demostrarse sin sombra de duda que estaba elaborado con datos y métodos estadísticos erróneos. Ahora todos miran para otro lado y hacen como si tal gráfico nunca hubiera existido.

El autor describe otro dato documental muy ilustrativo de la falta de rigor de algunos informes de ecologistas, cuando actúan como militantes de un partido político y no como científicos. Se refiere en concreto a la alarma social creada tras la predicción de incremento del nivel del mar, que borraría del mapa muchas costas conocidas incorporándolas al reino de Neptuno. En el primer Panel Intergubernamental de la ONU, IPCC del año 1990, se estimaba en 66 cm esa subida para el siglo XXI. El segundo Panel, en 1996, lo rebajó a 49 cm (introduciendo una variabilidad de 13 a 94 cm). El tercero, de 2001, lo dejaba entre 9 y 88, y el último de 2007, entre 14 y 43 cm. Ya pueden descansar tranquilos los que tienen una casita cerca del mar, en Garachico o en Arinaga, a quienes Al Gore tenía acongojados al predecir una subida de nada menos que seis metros. Cuestión de añadir ceros para impresionar, tanto en la evaluación del nivel del mar como en la cifra de su cheque de honorarios. Nadie en la ONU le ha preguntado ni exigido responsabilidades, al menos que yo sepa, de por qué dijo lo que dijo.

En el anexo III, el presidente Klaus hace una aproximación muy ilustrativa de lo que supondría sustituir la central atómica checa de Temelín, de 1.900 Mw de potencia máxima, con aerogeneradores de 2 Mw, creando un parque eólico de los preconizados por ciertos partidos verdes. Considerando los rendimientos, horas de funcionamiento y otras cuestiones técnicas que se explican en el texto, se calcula que serían necesarios del orden de 4.750 molinillos, usar 8,6 millones de toneladas de material (entre hierro, cobre y hormigón para la cimentación), una superficie de 95 km cuadrados y, si se pusieran los aerogeneradores en fila india, formarían una especie de valla (sirga tridimensional que sustituye a la concertina se dijo en Melilla cuando la célebre valla que saltaban los emigrantes) de 150 metros de altura y 650 km de longitud (la distancia entre Barcelona y Toledo, pasando por Madrid). Si las cosas son, o parecen ser, del color del cristal con que se mira, para ver la Tierra prefiero el azul y en algunas zonas verde, pero no de una mezcla turbia y nada transparente verde-azulada.

jfbelda@teleline.es

 

 

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