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16/09/2008 - José Ramón Arévalo Sierra
Las campanas

Nunca había sentido tan cercana una tragedia aérea como la ocurrida el mes pasado, ya que numerosos factores se han aglutinado alrededor de la misma. Primero, cualquier accidente de avión me desestabilizada, por el hecho de que los canarios tenemos que usarlo más de lo que muchos quisiéramos y casi siempre con aprehensión, por más que me repita al entrar en cabina que es el medio más seguro de transporte, el hecho de verme volando en una lata no me tranquiliza nada. Segundo porque es un avión que se dirigía a nuestro archipiélago, lo cual vuelca la tragedia en la misma puerta de nuestra casa. Tercero, somos muchos los que tenemos conocidos (aunque sean lejanos) entre las víctimas, cambiando la situación de un número impersonal a un número al que ahora le ponemos rostro y alma. Terminaría esta lista de factores (aunque seguro que hay muchos más) en el hecho de que yo también vuelo con mi familia en el 90% de los casos y vuelos parecidos a ese son los que tomamos con asiduidad.

Supongo que como a mí, a muchos, cuando nos fuimos enterando de las características del accidente se nos hizo un nudo en el estómago que todavía no hemos logrado eliminar. El primer pensamiento es para las víctimas del accidente, pero el segundo, inmediatamente después, es para los familiares de las mismas, con lo cual el dichoso nudo se nos aprieta aún más. A medida que los familiares vayan adaptándose al dolor de la perdida de los suyos, llegará el momento de pedir explicaciones, tal como se merecen ellos, pero necesarias para todos. Las explicaciones que debe dar la compañía a través de su propio cuerpo, o las administraciones responsables o incluso cualquiera que pudiera ofrecer algo de luz sobre lo que ha ocurrido no deben retrasarse innecesariamente. No creo que sea fácil tener una explicación clara de lo ocurrido a corto plazo, pero no habría que escatimar esfuerzos en ofrecer luz a lo ocurrido cuanto antes. Yo no tengo mucha idea de aviones, pero me cuesta creer que se hubiese dado ninguna negligencia por parte de los mecánicos y hubiesen echado a volar una nave en condiciones no adecuadas. También me cuesta creer que el piloto hubiese echado a volar un avión en condiciones que no hubiese considerado seguras. El avión, aunque viejo, hay que comprender que la edad en aeronaves es relativa, ya que se cambian y se desmontan por completo cada número de años (lo único que puede ser viejo como mucho sería la chapa del mismo). Lo que verdaderamente quiero creer es que se han dado un cúmulo de casualidades imposibles de determinar por adelantado, porque no habían ocurrido antes y ello desencadenó en accidente. Algo como lo que ocurrió cuando el Apolo XIII partió hacia la Luna, y según las estadísticas, las probabilidades de que ocurriese cualquier error estaban estimadas en 1 entre 100 millones. Sin embargo, ocurrió el error. Por eso pienso que lo que toca y lo que verdaderamente desean los familiares es escudriñar bien dónde estuvo el error, hasta qué punto pudo haber sido evitado y si hubiese responsabilidades (de cualquier nivel), que estas queden desveladas para hacer pagar por ellas.

Quizás dentro de la tragedia también se pueda destacar el efectivo dispositivo de emergencia que desencadenó la misma. Ante cualquier evento de este tipo, siempre se acusa de descoordinación a los responsables, es una crítica típica que siempre aparece, pero no creo que sea justo una crítica por sistema. La Comunidad de Madrid cuenta con un dispositivo de emergencias que difícilmente puede encontrarse mejor en ningún otro país. La respuesta de las fuerzas de seguridad tanto estatales, en especial la Guardia Civil, como de la comunidad, estuvo a la altura de una situación tan complicada como esta. Bomberos, ambulancias, incluso efectivos de incendios forestales, voluntarios, todos funcionaron y posiblemente esa eficiencia en la actuación evitó que se alargara más la lista de pérdida de vidas, ya de por sí dramáticamente larga lista. Hay que agradecer que hay personas que sean capaces de trabajar en situaciones tan extremas y tan duras, situaciones, en las que muchos, nos desmoronaríamos con una simple visión del escenario.

Se ha criticado también los primeros momentos del accidente el por qué la información llegaba tan errática, algo que se deberá estudiar en profundidad. La información que nos llegaba a través de los diarios digitales hablaba al principio de entre 2 y 7 víctimas, lo que nos entristecía, pero en un click de refresco de la página nos encontrábamos con 100, algo que nos hacía caer sobre la silla como un plomo. Esos aspectos tienen que ser mejorados. Igualmente se ha podido reprochar a algunos ministros, por no haber sido capaces de estar a la altura, dar información que más que tranquilizar, hacía preocuparse más a los que los escuchaban, pero, en estas circunstancias ¿Quién puede decirse que está a la altura? En fin, algo habrá que aprender de todo esto.

Sin embargo, lo más importante en estos momentos es apoyar a los familiares de las víctimas, no les quepa duda que cualquier español de bien comparte su dolor, y a nosotros los canarios nos ha golpeado directamente por tanto debemos estar ahí. Pedir en nuestras próximas plegarias por el eterno descanso de las víctimas y la pronta recuperación de los heridos así como unirnos al dolor de los familiares nos fue indicado por la Conferencia Episcopal desde un primer momento.

Es en estos periodos cuando han toman sentido para mí las palabras del poeta metafísico John Donne y que sirvió a Ernest Hemingway, para titular su novela “Por quién doblan las campanas”, que vendrían a decir algo así: “Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti”.

 

 

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