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28/08/2008 - José Francisco Fernández Belda
¿De qué hablan los que hablan de política?

Hay muchas personas que, por hartazgo o por asqueamiento, dicen no entender de política ni querer saber nada de ella. No repetiré aquí el tópico de que todo es política, cosa por otro lado muy discutible si no se define claramente qué se entiende por tal. La inmensa mayoría de la gente sabe distinguir entre el bien y el mal, lo que se hace bien y lo que no, lo que beneficia a todos o lo que lo hace sólo al partido o amiguetes. Cada individuo usa su sentido de la ética y unos valores morales, no forzosamente religiosos, que ha aprendido en su familia, colegio y entorno, por ese mismo orden. Para entender de política, dicen esos desengañados, hay que ser un especialista y además gustarte, ¿pero no será porque los políticos profesionales llaman política a lo que es simple trapisonda, componenda y corruptela? En el colmo del cinismo, el controvertido Viejo Profesor Tierno Galván, decía que los programas de los partidos políticos se confeccionan para no ser cumplidos, son puro engaño electoralista, se escribe en ellos lo que sus seguidores quieren escuchar, sea verdad o no lo sea: puro pragmatismo y cálculo electoral, alejados ambos de la ética.

Sin la menor duda contribuyen a esta percepción las prácticas comunes de bastantes profesionales de la política. La sabiduría y el sufrimiento popular han sentenciado sabiamente que “si quieres saber quién es fulanillo, dale un puestecillo”. Hoy habría que añadir el corolario de que verás cómo se hace rico, gustará del lujo financiado por los demás, apreciará el halago, el coche oficial y la moqueta. Lo veremos asistir a fiestas en domicilios particulares de “importantes” empresarios, presuntos donadores altruistas de fondos para el partido, y que hoy o mañana precisarán de su gestión pública para sus negocios. Compartirán gustosos afectuosas fotografías de grupo en ese aquelarre, con pinta de contubernio, por aquello de la colaboración necesaria. En cualquier país con sensibilidad democrática, auténtica separación de poderes y con apariencia de vivir en un estado de derecho capaz de conducir directamente a la cárcel a más de uno y a la inmediata dimisión de más de otro, sería impensable y demoledora la simple sospecha de que pudieran publicarse esas imágenes. Se vería en ellas la tarjeta de visita de una república bananera que se precia de serlo, o sea, que tiene precio.

Continuamente vemos en los medios de comunicación a gobiernos plegándose a los chantajes de grupos terroristas, dejando a un lado cualquier planteamiento ético y, encima, pretendiendo hacer pasar por lícitos moralmente sus claudicaciones. O abandonando principios, que decían irrenunciables, se acomodan de forma pusilánime a la presión de otros grupos políticos, con frecuencia nacionalistas, para permanecer en el machito. Lo pueden hacer gracias al acuerdo previo, unos con otros, de un sistema electoral peculiar que les habilita para la representación –aunque en realidad no pretenda ser más que un mecanismo de sustitución de la voluntad del votante con carácter universal– que les faculta para romper sus promesas electorales y mentir sin pudor y sin consecuencias. Continuamente hay gobiernos que tratan por todos los medios que sus ciudadanos trasieguen como piedras de molino cosas que todo el mundo ve evidentes menos, al parecer, ellos mismos. Dos ejemplos de ello en España pudieran encontrarse en la negociación con ETA y en la extorsión nacionalista. “Os dieron a elegir entre la guerra y el deshonor… elegisteis el deshonor, pero tendréis la guerra”, sentenció en su día muy acertadamente Sir Winston Churchill. Esa frase lapidaria se está ratificando con las últimas exigencias de dinero público por los nacionalistas y en cómo la bomba en la T4 de Barajas aclaró palmariamente a quien no lo tenía aún claro las verdaderas intenciones de ETA.
Otro ejemplo muy ilustrativo del hipócrita lenguaje político está en intentar conocer realmente qué quieren decir cuando hablan de la Declaración Universal de Derechos Humanos, aprobada en la ONU el 10 de diciembre de 1948 a instancias de la norteamericana Eleanor Roosevelt. En el preámbulo puede leerse: “Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana…”. Si estos Derechos se declaran “universales” ¿cómo es que se tolera diplomáticamente que muchos países los conculquen sin consecuencias? ¿Por qué pueden sentarse en las Naciones Unidas, e incluso votar severas condenas a otros países, gobiernos que los violan cada día? ¿Cómo se puede apelar a un presunto “derecho internacional” emanado de esa asamblea tan pintoresca y peculiar? ¿Cómo, basado en lo que alguien dice que dicen, puede afirmarse con rigor intelectual que la acción de un país es ilegal e ilegítima mientras que ve impasible e incluso se apoyan indirectamente asesinatos y encarcelaciones por motivos políticos en las dictaduras comunistas? Si los DH son universales, ¿por qué se acepta que no se apliquen en las repúblicas islámicas y se reciba o se vaya a visitar a sus jeques mendigando su amistad y obteniendo su desprecio? Antes, y ahora, España reclamaba la falaz tradicional amistad hispano-árabe, bajo el patrocinio de nuestro Santo Patrón, Santiago Matamoros. ¡Grandes posibilidades del lenguaje politiqués!

jfbelda@teleline.es

 

 

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