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13/08/2008 - José Ramón Arévalo Sierra
Menos mal que tenemos Olimpiadas

El verano se venía presentando lúgubre, más aún teniendo en cuenta que los agoreros del
cambio climático amenazaban con unas temperaturas desconocidas para el hombre humano.

Después de la euforia de la Copa Europea nos llegaba la resaca en forma de vacaciones,
playa, chiringuito, salmonelosis y plato combinado. El tinto de verano redondeaba y hacia
más voluminosa, la ya bastante voluminosa por si misma panza que poseemos.
En fin, que cuando todo estaba perdido nos llegaron las Olimpiadas, ese circo romano
planetario que ameniza al ciudadano medio de forma legal, porque lo que al ciudadano
medio de verdad nos gusta era ver como los gladiadores se arrancaban la cabeza,
cuarteaban las extremidades y extraían las tripas en la antigua Roma, que estas cosas nos
parecen demasiado floreadas, aunque es lo único que nos ha dejado la evolución de la
sociedad y el Estado de Derechos. En cualquier caso el entretenimiento deportivo estaba
asegurado y la política no iba a permanecer ajena a todo ello. Para muchos países, las
Olimpiadas supone el elemento de limpieza que les puede poner en una situación favorecida en el tablero mundial, a pesar de que carezcan de todos los elementos básicos de una sociedad democrática, como es la libertad de prensa, la defensa de los derechos
esenciales individuales o la protección de los contratos entre los ciudadanos.
Tenemos en estas Olimpiadas una ralea de países que tienen una más que comprometida
organización política que va desde la discriminación de las mujeres, hasta la falta de
derechos de las minorías que en sus territorios habitan. Países donde las mujeres no
pueden competir en natación porque el ir embutidas en el traje de neopreno es considerado pecado mortal. Hay países dirigidos por reconocidos terroristas, o incluso a algunos a cuyos dirigentes no se les pone la cara colorada al decir que en su país no hay
homosexuales, ¡joder, que tropa! Que diría el Conde Romanones? Vamos, son de ese tipo de amigos que unos los ve al llegar al bar a tomarse un cortado y se busca otra cafetería.
Ninguno de nosotros les compraríamos un coche usados a estos. Pero supongo que esas
truculentas historias de países de dudosa reputación ya las conocía el barón Pierre de
Coubertin cuando le dio por iniciar las Olimpiadas de la Era Moderna allá por 1896, y
como buen hombre aristocrático que era pensó: La mejor manera de atraer a estos gañanes hacia el estado de derecho es convivir con ellos unos cuantos días, enseñarles el
desarrollo al que los países llegan cuando la democracia y la libertad embadurnan sus
instituciones y la importancia en el reconocimiento de los derechos humanos. En fin,
típica forma benévola de ver el mundo que suele tener el personal de vida acomodada y
pensamientos filosóficos. Quiero pensar que hoy en día estamos mejor que hace más de un siglo, que antes estas cosas ocurrían, pero que debido a las dificultades de comunicación de la época no trascendieron al público en general. La pregunta sería ¿han servido las olimpiadas para hermanar pueblos? ¿Han servido para aliviar tensiones, llevar más desarrollo a los países o favorecer el intercambio de culturas? Eliminando el factor
comercial que todo lo hace rentable ¿traen algún otro tipo de beneficio las Olimpiadas?
A estas preguntas encontraran multitud de respuestas, de hecho una muy asentada es la del personal negativo que no ve nada bueno en lo que haga la sociedad occidental y que
siempre que nos podemos alegrar por algo, busca algún matiz para que nuestra felicidad no sea tanto. Yo tengo también mi particular respuesta. Las Olimpiadas merecen la pena por muchas cosas, no tanto por el hecho que un país como España se puede consolidar como una mediana potencia deportiva (además de económica). Al fin y al cabo, Yugoslavia gano el campeonato de Europa de baloncesto y un año después desapareció. Tampoco porque nos hagan ver competir de igual a igual a países de gran desarrollo con países subdesarrollados.

Una serie de eventos están teniendo lugar, por ejemplo, el abrazo y beso entre las
tiradoras Rusa y Georgiana, cuando sus respectivos países se dedicaban a machacar a la
población civil de las Osetias y parte de Georgia, una guerra en la que se juega a ver
quien es capaz de matar más civiles (da igual el bando al que pertenezcan)? en fin, un
beso que nos hace remover la última pizca interior que nos queda para pensar que las
cosas deben ir a mejor.

Merece la pena el ver como estos deportistas deformes (esqueléticos, musculados,
andróginas?) han dado lo mejor de su vida para una competición y representar a un país,
de tal manera que cuando pierden no pueden dejar de llorar, y cuando ganan, tampoco.
Merece la pena ver como ganamos una competición en el único deporte genuinamente español, como es la esgrima o mejor aún que todo eso, ver a Pau Gasol animándonos a apoyar al equipo español, porque más importante que todo el mundo te admire, es que el mundo admire a tu país. Vamos, eso lo dice cualquier otro y a estas alturas esta colgado del palo mayor de pueblo nacionalista de catetos del terruño a la espera que sus órganos sean pasto de los buitres. Merece la pena ver como Nadal le espeta a un periodista que hablé en Español para favorecer la comunicación entre todos los presentes. Vamos, por mucho menos a Etó lo estuvieron persiguiendo los baturros por media Cataluña hasta que pidiera disculpas de rodillas y se convirtiera a la gran religión del pan nacionalismo.
Y sobre todo, merece la pena, porque he visto como se ganaba la medalla de oro en ruta,
con un equipo español dominando toda la carrera hasta la última vuelta y como la victoria
se producía como nunca ganaban los ciclistas españoles? ahí, cara a cara, mirándose a los
ojos y diciéndole? ¿quieres el oro, pues adelántame si puedes? Desparpajo español otrora
desconocido.

El efecto secundario de todo esto es que estoy buscándome una bicicleta para entrenar y
subir a varios montes de nuestras islas. No es para menos, después del giro, el tour y
las olimpiadas, todavía nos quedan la vuelta y el campeonato del mundo.
No me negarán ahora que las Olimpiadas son de gran utilidad.

 

 

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