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08/08/2008 - Gabriel Calzada
La vergüenza de occidente

Ayudar a los pobres. Esa es la excusa estrella para todo tipo de intervenciones coactivas en el mercado. Los elevados impuestos se justifican, como suele recordarnos Carlos Rodríguez Braun, por el niño diabético que vive en una apartada montaña. El sistema público de adoctrinamiento tiene su fundamento político en aquel padre desempleado que no tiene dinero para enviar a sus hijos a la escuela. El timo de las pensiones públicas obligatorias de reparto está apuntalado con el desahuciado que no puede ni plantearse para la previsión a largo plazo. Y así, suman y siguen.

La farsa no puede ser más evidente. La única posibilidad de verdadero progreso de nuestros pobres es una sociedad con impuestos bajos y un mercado laboral libre en el que se puedan cerrar todo tipo de acuerdos voluntarios entre trabajadores y empresarios. Sin embargo, los mismos que promueven múltiples restricciones a la libertad económica para presunto beneficio de los pobres, se niegan en rotundo admitir a esos mismos pobres en el club de los prósperos trabajadores. Barreras como el salario mínimo, la negociación colectiva, los impuestos a los autónomos, los gravámenes sobre el ahorro y la inversión (a menos que seas rico y puedas montarte una Sicav), y todo tipo de zancadillas son establecidas por nuestros demagogos políticos impidiendo el progreso de los más pobres.

Algo parecido ocurre en las relaciones internacionales entre gobiernos. Ministros, presidentes y burrócratas de toda índole se pavonean por los medios de comunicación hablando de la necesidad de incrementar hasta un 0,7% del PIB lo que ellos denominan ayuda al desarrollo. Con esta expresión se refieren a lo que le quitan a la fuerza al trabajador nacional para dárselo a los ricos y a los políticos corruptos de los países pobres (al menos tanto como los de aquí) así como a la industria de ONGs; esas Organizaciones necesitadas de gasto público para sobrevivir y que son legión en eso de la ayuda al desarrollo y a la pobreza.

Sin embargo, cuando se trata de dejar que los pobres se desarrollen por sus propios medios sale a la luz la hipocresía de los poetas de la solidaridad coactiva. “De eso ni hablar”. El objetivo de estos autoproclamados solidarios internacionales (que ejercen su siempre con dinero robado) no es contribuir a que los pobres del mundo puedan salir adelante, sino ganarse la sonrisa de los poderosos grupos de presión occidentales, lograr que los pobres les deban la vida y que sin sus dádivas se vuelva imposible ningún tipo de desarrollo. Se creen dioses y quieren experimentar la omnipotencia gubernamental. Y no me extraña en vista del tratamiento que reciben de una mayor parte de la población.

Así las cosas, el fracaso de la Ronda de Doha de la semana pasada no es sino la consecuencia casi inevitable de un mundo en el que ONGs, burócratas, grupos de presión y políticos occidentales justifican sus rentas con la existencia de los pobres, ya sean nacionales o internacionales. La triste realidad es que los pobres que podrían desarrollarse no lo hacen porque estas castas de privilegiados políticos les han cogido como muñequitos de trapo que usar como espantajos en su cotidiana charlatanería política. Protestan pero nadie les escucha. Los mismos sinvergüenzas han tomado a los ciudadanos de occidente como rehenes de su desmedida ambición de poder. Nosotros, por desgracia, no protestamos lo suficiente.

Publicado originalmente en Libertad Digital . Con conocimiento del autor

Gabriel Calzada Álvarez es representante del CNE para España y presidente de Instituto Juan de Mariana

 

 

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