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20/07/2008 - Antonio Salazar
Importancia de los medios de comunicación en las profecías apocalípticas

Antonio Salazar
Importancia de los medios de comunicación en las profecías apocalípticas
Periodista
Viernes, 18 de Julio de 2008. Universidad de Verano en Adeje

Agradezco a la Universidad de La Laguna la invitación cursada para asistir a este seminario, en especial a mi buen amigo el profesor José Ramón Arévalo.

Permítanme empezar mi disertación con una cita y con un titular: la cita es que ‘La primera de todas las fuerzas que dirigen al mundo es la mentira’. Jean Francois Revel. Así abre su libro ‘el conocimiento inútil’ en su primer capítulo, ‘la resistencia a la información’. El titular que anunciaba es que no existe una crisis planetaria sino una crisis panfletaria’

Lo que expondré a continuación es una reflexión sobre el papel que han jugado hasta la fecha los medios de comunicación en la propagación de la histeria climática. No cuestionaré que se haga en virtud del uso de la libertad de expresión de cada informador e incluso, de la libertad de las empresas para fijar los criterios periodísticos y sus respectivas líneas editoriales. Prefiero centrar mi atención y trasladarles a ustedes si juzgamos errores involuntarios o se ha ido produciendo un engaño deliberado.

Sin embargo, sí trataré de exponer el papel activo e ideologizado de muchos periodistas y medios de comunicación e incluso, de aquellos quienes, actuando de buena fe, manejan opiniones como si fuese ciencia que son emitidas con una severidad que hace parecer que esos juicios son irrefutables desde la perspectiva científica. Detrás de ellos, no hay más que ideología en estado puro, odio al capitalismo liberal, enemigos de la acción humana y recientes descubridores de la importancia de la función política de la mentira.

Lo quiero decir de una manera tan abierta porque siempre los medios nos hemos guiado por el principio de las 5 W para establecer una información. Estas serían who, where, what, how y why, esto es, quien, donde, qué, cómo y por qué. La inmensa mayoría de las informaciones que encontramos a diario en los medios obvian alguna de estas importantes cuestiones. Nos dan con frecuencia el cómo, donde, el quien- nosotros por supuesto- pero olvida la fundamental: el por qué. Seguimos sin saber y no será en los medios de comunicación donde encontraremos las respuestas.

No es menor la resistencia expresada hasta la fecha a la información, por más que esta sea accesible. Quizás, no parece que sea sencilla y esa podría ser una causa para que la especialización no esté presente en los medios, además del tamaño de los mismos. Nos es inusual que un redactor que está hoy en economía mañana esté en local, pasado en nacional y al siguiente en sucesos. Si lo castigan, a cierre.

Sumamos complejidad a ideología y a cierta corrección política ante el cordón sanitario o aparthaid científico que se ha aplicado a quienes osaban discutir o poner en entredicho la verdad incómoda anunciada por Al Gore. En algunos casos, ha sido mucho peor superar ese temor al estigma, esa tiranía de la mayoría con capacidad para reprimir la libertad de expresión, convirtiendo a los defensores de otras sensibilidades en frikis y sus tesis en objeto de escarnio. Cuando no, en considerarnos negacionistas a quienes no comulgamos con ruedas de molino. Incluso se llegó a pedir que negar el cambio climático tuviese el mismo trato penal que tiene el negar el holocausto, lo que prueba bien a las claras la catadura moral de quien sugiere semejante barbaridad.

Este no es un mero asunto cuantitativo. Seguramente encontramos en los medios de comunicación la misma apabullante proporción de favorables a la toma de decisiones de racionamiento para mitigar los efectos de cambio climático que en el número de científicos. Pero la ciencia no puede decidirse por mayorías, como bien supo en su día Galileo Galilei. El famoso Panel Intergubernamental de Naciones Unidas para el Cambio Climático se vendió como la mayor concentración de científicos estudiosos de un mismo asunto. Muchos de ellos abjuraron de sus conclusiones, al considerar que no se exponían sus objeciones. Este si era un asunto cuantitativo, de científicos al peso, elevando a definitivos argumentos bajo la poderosa divisa de la mayoría. Al gobierno de Canarias le parece eso posible y deseable como confesó en una entrevista el Director de la Agencia Canaria para el cambio climático y desarrollo sostenible, Faustino García Márquez. Por cierto, en una entrevista en la que cita al tiempo a Thomas Malthus y a Karl Marx, como parte de su razón sin que a nadie esto le llame la atención. No es de extrañar, por tanto, que cuando nuestros políticos hablen de lo que quieren hacer para hacer sostenible el planeta, normalmente empiecen su alocución con una afirmación inquietante: Tenemos un plan, como si no supiésemos ya que significa la planificación en manos de los políticos.

Les decía que no debería ser un asunto cuantitativo, sino esperar a que la ciencia avance de manera significativa en sus conclusiones, al margen de los intentos políticos por tutelar este proceso. La democracia no puede contar en asunto tan delicado como este, no se puede votar sobre si existe Dios o sobre si las consecuencias del cambio climático serán las anunciadas, porque cada día sabemos más sobre el asunto, el del cambio climático, quiero decir. La paz en el mundo o el hambre de los niños de Biafra han desaparecido de las conciencias de las mises del universo para ser sustituido por el cambio climático. No hay estrella que se precie que no dirija su propio documental sobre los pobres osos polares que son expulsados de sus habitats por culpa del cambio climático. Si hasta Leonardo di Caprio presentó el suyo y mostró su discrepancia con los medios de comunicación que acogían en sus programas a quienes discrepaban, diciendo que no era justo que una minoría como la que representaban tuviese un espacio similar a la disfrutada por la mayoría científica, un caso más de ciencia al peso.

El cine ha sido un poderoso medio de traslación de ideas catastrofistas sin fin. Y no solo por el documento Gore de Al Gore, una verdad incómoda. Primero fue aquella película titulada ‘el día de mañana’, de Roland Emerich, donde con el despliegue habitual de medios de las producciones americanas Nueva York se acostaba cálida y se despertaba cubierta por la nieve. Se anunciaba al tiempo, que los americanos se agolpaban en la frontera de Méjico para emigrar a ese país, una vez que su presidente accediese a condonar la deuda externa. Un panfleto político que solo fue usado para asustar a la gente. ¿A quien no le asusta morir ahogado o sepultado bajo la nieve?. No han sido únicos en esa presentación de catástrofes relacionadas con el cambio climático. Sin embargo, nada tengo que decir sobre el uso que hace siempre el bueno de la película de un Toyota Prius mientras que el malo se fuma un enorme habano. Son las simplificaciones habituales en el cine de temas de apariencia más compleja.

La televisión juega un papel importante; no lo digo por la proliferación de tertulias en las que con más instinto que conocimiento se vinculan fenómenos excepcionales pero no inexplicables a un continúo cambio en el clima por culpa de la mano del hombre. Pienso en la tormenta tropical ‘Delta’ que sufrimos hace unos años, donde desoyendo a los técnicos, muchos compañeros se lanzaron a proferir toda clase de teorías que no han sido desmentidas por ellos mismos una vez quedaron en evidencia.

Pero pienso también en un fenomenal documental titulado ‘el gran timo del calentamiento global’ de Martin Durkin y que fue encargado por Channel four de Inglaterra para corregir lo que ellos mismos consideraban desproporcionada cobertura de las posiciones relacionadas con el cambio climático. En España, y salvo mejor opinión sobre el particular, solo lo ha emitido Telemadrid y ninguna otra televisión pública o privada. No les torturaré con el asunto, pero no hay que imaginar mucho para pensar en los documentales en sentido contrario que han visto, que hemos visto todos a la hora de la sobremesa. A parte, claro está, de la cobertura dada al trabajo del vicepresidente de los Estados Unidos.

Quisiera llamar su atención también sobre la publicidad. Me meto en un terreno resbaladizo porque uno siempre tiene la sensación de que pocas reglas inmutables existen en el marketing. Pero de verdad, ¿a nadie le llama la atención que Iberdrola en sus anuncios proclame directamente que lo han hecho bien?. Es cierto que es una técnica habitual hablar de las propiedades del producto propio, de alabar aquellas ventajas que presenta el anunciante. Pero no es menos cierto que podemos sospechar que si la empresa no fuese de energía renovable y plantease su publicidad en la disminución de emisiones no se atreverían a una publicidad similar. Se imagina alguien que esa misma empresa cuya matriz posee y explota centrales nucleares dijese en sus cuñas radiofónicas: ‘lo hemos hecho bien. Llevamos 25 años sin ningún escape y hemos proporcionado energía limpia, barata y abundante’. Creo adivinar que los publicistas de Iberdrola no se atreverán con esto, que los creativos tienen una sinceridad selectiva, solo posible si la causa creen que es entendida por la mayoría. No son los únicos; la compañía automovilística francesa Peugeot tiene un anuncio donde un sujeto se acerca a comprar un coche y cuando parece que ha decidido, se gira para buscar la aprobación de muchas personas. Esto es muy llamativo porque sigue una línea de pensamiento muy del gusto de las sociedades muy intervenidas, donde somos responsables colectivos de todo e individualmente de nada. Lo que sería bueno es preguntar al concesionario más próximo si lo pagamos todos o nos dejarán una unidad a cuenta del estado a cado ciudadano.

Es cierto que los medios de comunicación somos unos cooperadores necesarios. En los últimos tiempos, y dentro de esa acendrada costumbre de convertir el cambio climático en un asunto transversal, lo que ocurre con el clima tiene incidencia en todos los problemas que asolan a la humanidad. Desde las hambrunas hasta las alergias, que obviamente son cada vez en mayor número. Pasando por el aumento de los incendios, las tormentas tropicales tipo ‘Delta’, el incremento de las plagas de orugas o la amenaza de una mayor incidencia de las calimas, un clima que a los canarios nos pone de un humor de perros. A la gente se le amenaza con las cosas que más desagrado le provoque o con aquellas otras que más puedan temer. Ahogamientos, fenómenos meteorológicos como jamás se han visto antes, devastación,… todo muy en la línea del éxito cinematográfico de Al Gore. Tremendismo sin demasiado soporte científico pero de impresionantes resultados ante la opinión pública.

Toda la información es convertida por los medios en verdades categóricas sin apenas cuestionar lo que se afirma. Sin embargo, en muchas ocasiones las afirmaciones de los científicos están trufadas de dudas que transmiten en el lenguaje con aseveraciones que comienzan con parece, puede ser, puede haber, quizás y un largo etcétera. Esto es convertido por los medios y periodistas en afirmaciones categóricas que les lleva a encabezar informaciones con expresiones del tipo ‘de todos es sabido’. De todo es sabido que lo que vamos a comentar ahora no está sujeto a discusión, quieren decir.

Hace no mucho tiempo y en un almuerzo con periodistas y ante un invitado de postín, hablamos sobre este asunto. Llegado un momento, objeto en los términos que aquí hago y una periodista presente, de manera muy amable, me reconviene sobre mi posición con un argumento que le pareció definitivo: su periódico había publicado unos días antes que cada día esta isla tiraba al mar el equivalente a 50 piscinas olímpicas de aguas residuales. Le respondí que no dudaba de ese dato pero le conminaba a que me dijera en qué medida semejante cochinada podría afectar al cambio del clima. Es cierto que todos podemos mejorar nuestro comportamiento y tener hábitos más saludables y limpios, pero no podemos ceder ante un intento tan burdo de vincular cualquier acontecimiento a supuestos cambios en las temperaturas.

Tenemos otro caso reciente con el perito moreno de la Argentina. Seguro que se han referido a él antes que yo, pero sin molestarse en buscar información sobre el particular, muchos periodistas ya vinculaban su desmoronamiento al cambio del clima, cuando no siendo usual que lo haga en invierno no es menos cierto que tampoco es extraño y se pueden narrar las veces que así ha sucedido en el último siglo. Es por ello que sostengo que siendo la información accesible, un prejuicio impide acceder a ello, lo que es un paso atrás en una época de tantas ventajas como la actual, donde internet coloca a golpe de clic cualquier información.

Varios ponentes que me han antecedido son integrantes del Instituto Juan de Mariana. Su presidente nos ha acompañado y yo mismo soy un miembro de esa organización. Recordarán ustedes que Rajoy tiene un primo, al que parece que le hizo caso una sola vez. El dirigente del PP afirmó un día que su familiar le había trasladado la dificultad de hacer previsiones metereológicas con cierta anticipación, cuanto más si se pretendía saber que tiempo haría en unos años. Es cierto que, al igual que otra mucha gente, Rajoy confundió clima con temperatura y que ese error en nada podría atribuírsele a tan afamado primo científico sino al líder del Pp. Era Octubre del año pasado y ya casi en la precampaña, lo que provocó que prontamente su partido aclarara que ellos no tenían dudas sobre el particular y que compartían la preocupación de los españoles. No fue suficiente: el periódico El país publicó un extenso reportaje marca de la casa titulado ni más ni menos que ‘la ciencia aún tiene enemigos’. Lleno de falsedades, medias mentiras, supuestas pruebas irrefutables, las afirmaciones del líder de la derecha le llevaba hasta el Instituto Juan de Mariana, terminando su exposición de la siguiente manera: ‘Muchos de estos críticos han puesto la política por encima de la ciencia. Como hizo Lysenko, el supuesto genetista comunista que decidió que Mendel y la herencia eran una patraña y que todos los guisantes y los hombres nacían iguales. Con sus teorías y el apoyo soviético, condenó a la hambruna a millones de personas’. Ahí es nada, el Instituto que primero advirtió sobre el principio de precaución es homologado a un supuesto científico soviético que en base a experimentaciones disparatadas condenó al hambre y a la miseria a millones de ciudadanos de la antigua URSS. Hay que tener agallas y una especie de superioridad moral muy grande para poder descalificar de una manera tan bastarda a todo una institución que se financia en base a cuotas individuales, de grupos privados, fundaciones, empresas o asociaciones, dejando claro desde incluso su propia página web que es una organización que no admite subvenciones públicas. ¿Dónde está el problema? Si conociesen minimamente los procesos de mercado, entenderían que quienquiera que esté dispuesto a desafiar a lo comúnmente establecido como máxima sin una mínima argumentación sólida pronto quedaría desplazado y sin financiación, puesto que arriesga su crédito y trabajo. No menos gracia tenía que dijeran que nosotros, en el instituto anteponíamos política a ciencia.

Los ecoalarmistas han tenido la suerte de contar con la prensa de su parte e incluso los gobiernos no han tenido oposición a la hora de imponer decisiones de racionamiento que en otros campos probablemente habrían sido discutidas. Sin embargo, especialmente resaltable por el entusiasmo desprendido y por tratarse de uno de los periódicos más vendido de Canarias fue la información sobre las medidas que el Gobierno Regional pondría en marcha dentro de un Plan, de 16 líneas de actuación que se presentó para los periodos de 2009-2011 y de 2012-2015, con un coste de 350 millones al año para la primera etapa y de 500 millones anuales para la segunda,

La entradilla de la información decía: No es un sobrecoste, sino un beneficio y una inversión de futuro.
El cierre de esa información decía: acciones cuyos beneficiarios serán los ciudadanos porque mejorarán las condiciones del medio ambiente

Todo eso en una información donde no queda claro que el coste anunciado del paquete de medidas supone más de 50 mil millones de pesetas en los primeros años y más de 85 mil en la segunda. Nada de crítica a que los beneficios para los ciudadanos serán sin su consentimiento y en la medida que mejoren las condiciones del medio ambiente como si esa fuese la preocupación y la decisión individual de cada uno de nosotros. Suena a aquella vieja caricatura de Manuel Fraga en plena transición, cuando muchos tenían que pelear con vaporosos términos de lo que significaba la libertad y al líder de la extinta Alianza Popular le hacían decir: ‘Seremos libres y el que no quiera serlo, le obligaremos a ser libre’. Era una broma, pero ahora se ha buscado una buena causa, con muchos apóstoles buenos y nos obligan a ser ecologistas. Por cierto, en ningún periódico he leído una distinción muy pertinente sobre ecología y ecologismo; la primera es la ciencia que estudia el medio ambiente mientras que el segundo es un movimiento político fuertemente movilizado. A lo mejor no es casual que sobre el particular no se escriba y a veces se confunda una con el otro. Movimiento político fuertemente movilizado que cuenta con abundantes periodistas entre sus filas.

En los primeros días del año 2007 el Abc publicaba una información muy llamativa: decía que ese año que se iniciaba sería el más caluroso de la última década, por encima incluso de 1998. En aquel entonces se consideraba todavía ese año como el más caluroso del siglo, el año de el Niño. No sólo se anunció que 1934 había sido más caluroso que 1998 sino que en 2007 la temperatura fue notablemente inferior a 2006. ¿Hubo alguna rectificación por parte del diario monárquico? Ninguna referencia. Siguieron escribiendo sobre las consecuencias catastróficas del cambio climático como si ese tipo de previsión convertida en noticia no alterase para nada su crédito.

Les supongo enterados de la existencia de un personaje muy singular llamado Paul Erlich. Autor de un libro exitoso en su momento titulado la bomba poblacional escrito a finales de los 60, vaticinaba que en el año 2000 los Estados Unidos padecerían hambrunas fruto de la asfixiante población, cada vez mayor. Pronosticaba que no existían medios ni recursos para alimentar a más de 150 millones de personas. Llegada esa fecha, Estados Unidos no solo no padeció hambrunas sino que siguió siendo un país rico y próspero que albergaba a casi 300 millones de habitantes. Y eso que había llegado a afirmar que los 65 millones de americanos que morirían de hambre ya habían nacido. ¿qué ocurrió con Erlich? ¿Fue marginado por la comunidad científica? ¿Acaso los medios de comunicación lo olvidaron?. No, terminó trabajando como asesor de Al Gore y cuando se le ha preguntado por aquel pequeño error de pronóstico se ha escudado en que todavía puede ocurrir y que hay un límite a los recursos y que habremos de llegar a él. Como decía Einsten, lo único que no tiene límite es la estupidez humana.

Por cierto, en aquel momento la china en el zapato de Erlich fue un economista llamado Julian Simon quien se dedicó a rebatir con datos las boberías que proclamaba el entomólogo. ¿Cuál fue su reacción? Aprovechando la popularidad que tenía y que le había permitido vender incluso tres millones de ejemplares de su libro y múltiples entrevistas hasta convertirlo en una celebridad, despachó las muy fundadas objeciones de Simon diciendo que hacer entender de ecología a un economista era como explicar una declaración de hacienda a un arándano. Ya vemos que entonces, cuando estaba de moda decir que la tierra se enfriaba, estos rifirrafes se resolvían con la misma educación que hoy.

Este es el papel de los medios de comunicación, entregados a una causa sin demasiada capacidad para la crítica, otorgando papeles protagonistas a actores muy secundarios, de tal suerte que profesores sin demasiados méritos académicos son presentados como expertos en la materia cuando no directamente firman sesudos artículos en la prensa con semejante tarjeta de presentación: experto en clima. Cualquier consulta en Internet demostraría que salvo ese mismo artículo no tenía otra publicación que acreditase su grado de erudición.

Los medios han establecido en este caso una estrategia. El fin justifica los medios y si hay que sacrificar la verdad para inducir hábitos sostenibles en la población, lo que previamente alguien consideró que era una buena causa, se hace y punto. El problema de esto es que hoy es el cambio climático y mañana podrían buscarse sensibilidades mayoritarias y ser defendidas con idéntico ahínco y parcialidad. ¿Por qué habríamos de quejarnos si atendiendo a la opinión de la mayoría mañana decidiesen los medios iniciar una campaña para expulsar a quien no haya nacido en la Isla, por poner un ejemplo?. No estoy diciendo que esto deba ocurrir y añado que eso me parecería una memez solo al alcance de alguien con una importante tara mental, pero digo que el principio que lo inspiraría sería el mismo: se establece el fin a perseguir, se mide en términos demoscópicos y se monta una campaña llena de demagogia, sandeces, mentiras y medias verdades. Es cierto que la opinión pública se comporta a veces de una manera sorprendente, tanto que llega a valorar a los políticos por su capacidad para embaucar cuando no para engañar. Sin hacerme extenso en este asunto, es conveniente recordar como Tierno Galván ganaba las elecciones en Madrid y decía que las promesas electorales se hacían con el fin de no ser cumplidas. Y pese a ello, hoy se siguen refiriendo a él como el viejo profesor.

No es menor la idea generalizada de que debe hacerse algo. No sé si genéticamente los periodistas tenemos algún problema con la acción. Lo digo porque tenemos la desagradable costumbre de exigir que se hagan cosas, aunque, como dijera en su día Ortega y Gasset, sea el retorno a la causa del trastorno. Que hay una crisis económica, el gobierno tiene que hacer algo. Que el clima cambia, que los gobiernos actúen. Si hasta somos capaces de juzgar a los gobiernos por el número de leyes que hace a lo largo de la legislatura. Otro caso de información al peso. No sé si se han fijado, pero normalmente cuando se acerca el final de legislatura, los periódicos suelen dar un jugoso titular: el parlamento ha aprobado solo… tantas leyes con independencia del número que sean. Seguramente no hemos reparado los medios ni nuestros lectores u oyentes que el número de leyes nada indica, que segurmanete sería mejor tener muchas menos leyes pero más eficaces y más sencillas de cumplir. Por cierto, para aquellos que puedan compartir esa idea tan extendida en los medios de comunicación de que necesitamos que los políticos que actúen, que tengan planes, que una de las cosas que casi nadie discute como competencia del estado es la recaudación de los impuestos: si todos sabemos o intuimos que son muchos los que consiguen eludir sus pagos, si sabemos que en Canarias hay más de 11 mil millones de euros en dinero B, cómo vamos a permitir que se ocupen de cosas tan importantes como la sanidad, la educación o medidas de racionamiento como el cambio climático. Si no hacen bien lo que nadie les discute que deben hacer, ¿qué extraña razón nos debe llevar a creer que en materias que el mercado o la iniciativa privada puede hacer mejor, va a ser diferente?. Las reservas de los recursos naturales no son finitas porque son creadas por el recurso siempre renovable de la inteligencia humana. Ojalá pudiese leer un titular similar algún día en un diario de aquí.. o de fuera.

Voy concluyendo con una cesión a quienes creen que entre los escépticos también se produjeron y producen errores. El primero, y a mi juicio más grave, ha sido en los inicios del debate el cometer el mismo error que le atribuimos a nuestros adversarios. Creer que no existía cambio climático, que nada estaba pasando, porque quienes lo denunciaban eran unos personajes que se habían quedado sin referencias ideológicas cuando dejó de existir el Muro de Berlín. Que quienes así amenazaban querían imponer una agenda que antes defendían bajo el paraguas del marxismo. Probablemente hubiese sido más eficaz si desde el inicio hubiésemos considerado que el clima cambia y puede hacerlo a lo largo de la historia de la humanidad y que la capacidad del ser humano para alterarlo es muchísimo menor que la que le atribuyen quienes sostienen lo contrario. No deja de ser un principio de fatal arrogancia el creer que el hombre altera el curso del clima con actividades que han generado más bienestar y riqueza para más gente que en cualquier otro periodo de la historia de la humanidad.
Excluyo de ese error al Instituto, quizás porque cuando arrancó su andadura ya había pocas dudas sobre que algo ocurría por lo que pronto pudo fijar con precisión cual sería su campo de batalla científica como think Tank.

Existe información, pero hay que buscarla. Recomiendo de manera expresa, la web del instituto Juan de Mariana, la web de la que soy editor, www.canariasliberal.org, y de aquellos blogs que permitan confrontar datos que en muchas casos están viciados en origen. Uno muy bueno y en español es el de Antxon Uriarte.

Nunca antes como ahora hubo tantos medios y fue tan accesible la información. Podemos concluir con que, como señalara el gran Revel, nunca el conocimiento fue tan inútil para los depositarios de la responsabilidad de informarnos.


 

 

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