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20/07/2008 - Antonio Salazar
Paricipación en mesa redonda sobre cambio climático

Intervención en el curso de verano de la Universidad de La Laguna celebrado en Adeje. Mesa redonda celebrada el jueves 17 de julio, con José Ramón Arévalo y Gabriel Calzada.


Lo que resulta conveniente resaltar, en primer lugar, y a mi juicio es que con jornadas y seminarios como este se rompe con el supuesto consenso verde. No es menos cierto que con un grano de arroz apenas se puede hacer una paella pero estoy seguro que ustedes serán capaces de seguir trasladando a la opinión pública, a compañeros, amigos y allegados que las verdades, lejos de ser incómodas pueden incluso ser refutadas.

Lo que por otro lado se puede poner de manifiesto es como son muchos los que pretenden esgrimir una supuesta altura moral desde la que proclamar, en cada momento, lo que conviene –ahí es nada- a la humanidad completa. No han precisado siquiera de razón, tan solo de algunos datos más o menos dispersos y algunas motivaciones para actuar. Con un criterio científico, cuanto menos cuestionable, han tenido primero las conclusiones y luego les han dado forma. A algunos les ha molestado que se recuerde como quien ya empezara con ese siniestro juego fuese su odiada Margaret Tacther, quien para poder desactivar a los poderosos sindicatos obreros destinó mucho dinero al influyente ecologista Crispen Ticket y a la sociedad Hadley Center para que estos acreditaran los problemas de contaminación que provocaban las minas de carbón. Es decir, les dio un dinero con manual de instrucciones: esto es para que ustedes demuestren que esos humos son contaminantes y que influyen en la calidad ambiental, no siendo sostenible en el tiempo. ¿No podría preverse el resultado? A los científicos parece que les gustaba tanto el dinero como a cualquiera de nosotros y obviamente entregaron un trabajo a plena satisfacción de la Primera Ministra, pero sobre todo, inauguraron una forma de proceder que da la sensación que no ha terminado. Con ello no quiero decir que todos las personas de ciencia actúen de igual forma. Muchos de ellos mantienen una integridad absoluta, incluso quienes pueden llegar a conclusiones que no compartimos. Porque lo que resulta evidente es que no existe consenso sobre este particular y que, aunque mañana me extienda un poco más sobre el asunto, no puede haber ciencia al peso. No se trata de sumar a ver que teoría tiene más defensores o menos sino que razones esgrimen quienes las esbozan y qué soluciones proponen.

Con este asunto nos ha dado la sensación muchas veces que las soluciones estaban a la par en celeridad que las conclusiones. Los argumentos llegaban después, si es que lo hacían. Nos decían; el cambio climático es irrefutable y ya nadie puede negarlo. Se añadía; tenemos que cambiar nuestro insostenible modo de vida, para poder entregar un planeta a nuestros hijos similar al que nos dejaron nuestros padres. Normalmente se obviaba en este asunto el por qué, una pregunta que se antojaba clave. Todo lo demás, resuelto: Ya sabemos lo que está pasando, lo que hay que hacer, lo que cuesta –en realidad, al estilo Les Luthiers, ecuestre lo que ecuestre- y cuando hay que hacerlo: ya, por supuesto, que cada día sin tomar una decisión tendrá una influencia irreversible en el futuro. Y si ante semejante tifón argumental, uno osaba preguntar ‘oiga, ¿y por qué?’ entonces uno era poco menos que un enemigo de la ciencia, un negacionista o un tipejo de cuidado al servicio de las industrias más contaminantes del mundo que se están dejando un dineral en convencer a la pobre gente desinformada y manejada por el marketing de las corporaciones depredadoras. ¿A qué les suena?

Este es un asunto muy interesante. Sé que no es el objeto de este trabajo ni de esta mesa redonda. Pero, ¿sería inaceptable desde un punto de vista moral que una gran empresa petrolera, por ejemplo, gastara dinero en advertir sobre los costes derivados de modificar de manera brusca nuestra fuentes primarias de energía?. Si el gobierno británico pagó, por poner un ejemplo, el famoso informe Stern en el que, a modo de resumen, se venía a decir que había que gastarse algo así como entre el 1 y el 5% del PIB para evitar tener que gastar en 2050 el 20% del PIB. ¿Por qué, pregunto, desde un punto de vista moral es más aceptable que los políticos gasten dinero de nuestros impuestos en estudios cuyas conclusiones nos son avanzadas con anterioridad y negamos legitimidad a las compañías privadas para hacer lo mismo?. La refinería de Santa Cruz ha puesto en marcha un ambicioso plan de reducción de emisiones de CO2 y en este momento están por debajo de las que emitían en 1990. Tanto es así que se plantean ir al mercado de compra venta de derechos para hacer valer los suyos. Sin embargo, no es tanto por cumplir con el protocolo de Kyoto sino más bien porque se empeñan en acreditar ante la sociedad que su actual emplazamiento es el adecuado y que sacarla de la capital significará en la práctica echarla de las Islas Canarias. Quiero decir con ello, que los esfuerzos por contaminar menos los han hecho con cargo a su cuenta de resultados, adquiriendo la tecnología disponible en el mercado privado. Con lo anterior dicho, si mañana Cepsa encargara un informe pagado por esta empresa en la que pusiesen de manifiesto que los cambios de temperaturas no se pueden atribuir a la mano del hombre, ¿sería menos tolerable que cuando el presidente del Gobierno Rodríguez Zapatero encarga uno tras afirmar que el cambio climático ha matado a más personas que el terrorismo internacional?. La importante e influyente Royal Society ha pedido que las empresas responsables de emisiones contaminantes dejen de pagar con la intención de confundir, pues estiman que son mil y miles de científicos los que comparten son aseveraciones y apenas uno o dos quienes lo niegan.

En esta primera intervención analizaré dos cuestiones que han contribuido y mucho a enrevesar el asunto: la primera es considerar que las predicciones sobre calentamiento global que se han ido haciendo son en base a pruebas consistentes cuando en realidad se empezaron a utilizar modelos climáticos informáticos poco avanzados entonces y en franca mejorías desde entonces. ¿Qué ha ocurrido? Pues que como señalara una reciente publicación del Nacional Center for Policy Analysis estas predicciones han tenido una evolución sorprendente, dejando las primeras muy alejadas de las posteriormente establecidas. Supongo que a muchos de ustedes les sonará cantidades diferentes en cuanto, por ejemplo, al aumento de los océanos ha ido desde los 7 metros a apenas unos centímetros lo que no puede considerarse una desviación menor y de consecuencias similares. He estado tentado de no contarles que el presidente del gobierno español se ha comprado una casa de veraneo en Almería a escasos metros de la playa y financiada por el Banco de Santander. Que el presidente la compre nos debería hacer dudar, al menos, hasta saber que la financia la entidad que preside el Sr. Emilio Botín.

Otro tema a mi juicio importante es el que tiene que ver con la identificación automática que se hizo del Protocolo de Kyoto con el cambio climático. De manera muy audaz, se pretendió hacer creer que eran la misma cosa. Como bien les habrá explicado el profesor Calzada, el protocolo de Kyoto no es sino un plan de actuación político que introducía medidas de racionamiento. Pero de manera hábil se trasladó que oponerse a eso era oponerse al cambio climático, cuando muchos se desgañitaban advirtiendo que estaban en contra del protocolo por lo que era, una medida en manos de políticos y burócratas de consecuencias funestas en el desarrollo del mundo. Y aunque se daban datos sobre el magro resultado a obtener el mejor de los casos a unos costes desorbitados, de inmediato quien así argumentaba volvía a ser un peligroso sujeto al que había que encerrar o impedirle que expresara su opinión, o peor aún; era un amigo de Bush. Me gustaría añadir que en las filas de los escépticos también cometimos algunos errores. Si ya era complicado hacerse oír, no es menos cierto que cometimos juicios de valor precipitados; al ver quienes eran los que encabezaban la manifestación decidimos enfrentarnos sin mucha reflexión, advirtiendo que eran una panda de resentidos a los que el muro de Berlín se les había caído encima y que ahora venían con otros ropajes para idéntico fin. Es probable que si desde entonces hubiésemos concentrado nuestro esfuerzo en hacer ver que el clima ha sido variable a lo largo de la historia y que poco o nada podría hacer el hombre para incidir en él, la batalla habría sido menos desigual.

Concluyo mi primera intervención con una advertencia en la que por otro lado, ya habrán reparado. La enorme capacidad y atractivo que tiene el cambio climático para explicar cualquier cosa que ocurra en el mundo. En su último libro ‘la fatal arrogancia’ el premio Nóbel de Economía Friedrich Hayek dedica un espacio a analizar la polisemia de la palabra social y expone una serie de sustantivos a los que normalmente se le adosaba social como adjetivo. La lista era bien larga, política, problema, producto, empresa, responsabilidad, moral, cuerpo, bien, justicia. Entonces criticaba que su uso extendido pretendía sustituir el concepto ‘bueno’ por estos señalados como aceptables desde la perspectiva moral. Ahora les propongo que piensen en la cantidad de cosas que están siendo causadas por el cambio climático. La penúltima –no descarto que ya hoy exista un nuevo estudio que deje viejo al que cito- tiene que ver con las piedras en el riñón, ya que un grupo de científicos de Dallas han llegado a la conclusión de que al menos se incrementará el número de estadounidenses que sufran piedras en el riñón en un 30% de aquí al año 2030 por culpa del calentamiento global. Para ello han utilizado las previsiones del Panel Intergubernamental de Naciones Unidas.

Me da la sensación que con el paso del tiempo, esta estrategia será también un término comadreja, como dicen los norteamericanos. Esto sucede cuando pierde el contenido lo que se acompañe de este término, y pronto veremos como aquellas amenazas que se vinculan al cambio climático perderán el efecto propagandístico o político que se ha pretendido por la desvirtuación del mismo.

 

 

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