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25/06/2008 - José Francisco Fernández Belda
Comercio y libertad

En las pasadas semanas se ha vuelto a desenterrar el hacha de guerra entre los que quieren un comercio sin más restricciones que las justas y precisas para garantizar la protección de los consumidores, expresada esta vez en forma de libertad de horarios comerciales, y los que se oponen a ello, en una clara defensa de caducos privilegios gremiales.

A mi entender y con toda la razón del mundo, el alcalde de Las Palmas de Gran Canaria, Jerónimo Saavedra, ha puesto el dedo en la llaga: “hoy se impone un mercado libre, mundializado y oponerse a este movimiento es quedarse fuera de juego”. Si hay un cliente que quiere, por ejemplo, comprar un libro, sacar un billete de avión, pelarse o comprar un martillo y hay un comerciante legalmente establecido dispuesto a vendérselo, ¿qué argumento lógico puede esgrimirse para que ese tráfico comercial sea impedido? ¿Quién es nadie para oponerse a que comprador y vendedor se encuentren en el momento que tengan a bien cada uno de ellos, sin que un tercero quiera impedírselo por las bravas?

¿Cómo es posible que los que más claman por el liberalismo y la libre iniciativa se opongan a ser liberales, cuando este derecho quieren ejercerlo los demás? Tal vez les convenga a aquellos recordar que el liberalismo tiene como principio básico la defensa de los intereses individuales sobre los colectivos. Son las personas las que tienen derechos y deberes, no los grupos o los territorios, que son sólo entelequias sociológicas o estadísticas.

El alcalde ha planteado el asunto de forma general, aunque algunos pretendan circunscribirlo al ámbito del turismo de cruceros. Luchamos por lo más difícil, que vengan grandes barcos llenos de turistas, pero dejamos sin aprovechar las oportunidades y permitimos además que se aburran los visitantes encontrando todo cerrado. Pero también somos consumidores los habitantes isleños y no convendría que nos olvidaran. En casi todo el mundo los horarios de apertura y cierre de establecimiento son libres, aunque algunas legislaciones fijen un horario de coincidencia, dentro del cual todos deben estar abiertos. Fuera de ese horario, que cada comercio se organice como mejor estime para atender a su clientela. Por supuesto y es de sentido común, que en las denominadas zonas turísticas, casi no hay restricciones horarias de festivos o domingos, más allá de aquellas tendentes a garantizar el descanso nocturno.

Uno de los argumentos más falaces, a mi entender, que utilizan algunos liberticidas que pretenden, y hasta ahora han conseguido imponer su criterio por la cobardía de los políticos a perder su presunto favor, es el del necesario descanso dominical de ellos y sus trabajadores. Si se abren los festivos, profetizan males sin cuento y una famélica legión de parados, como los que glosa “La Internacional”, llenarán las calles y paseos. Todo ello adobado con el cuento asusta viejecitas de que el gran comercio y las multinacionales acabarán con el comerciante canario, el de toda la vida, que se resiste a adaptarse a los nuevos tiempos.

Cualquier persona que vaya a un centro comercial un domingo cualquiera podría preguntarse que cómo es posible poder tomarse allí un helado, un cafecito o ir al cine y no pueda comprarse una camisa en compañía de su mujer, esposo o hijos que le asesoren. ¿Será que los empresarios y trabajadores de esos servicios, y de tantos otros, no tienen también familia?

Leo con estupor, asombrándome al tiempo de que algo de lo que pase en Canarias pueda sorprenderme a estas alturas, que Fedeco ha advertido que “no va a tolerar” que el Gobierno canario liberalice los horarios. ¡Cuidadín! con esas predisposiciones libertarias que manifiesta don Arturo Cabrera, director general de Comercio del Gobierno regional. Y, ¿cómo lo va a “no tolerar”, me pregunto? Seguro que para demostrar firmeza y coherencia en sus principios, Fedeco no renunciará a solicitar subvenciones para aquellos que no quieren que otros comerciantes ejerzan su legítima libertad. El Gobierno y esas patronales saben muy bien que una economía subvencionada es una economía servil. Quien paga manda y a quien recibe, le toca obedecer.

Y puestos a racionalizar y a normalizar la actividad económica, tampoco estaría mal que el Gobierno cogiera carrerilla y liberalizara de una vez por todas las leyes, reglamentos y demás parafernalia que permiten que las Cámaras de Comercio sigan siendo una rémora, con una estructura, obligatoriedad de cotización y afiliación heredadas, casi sin cambios, del franquismo. Mucho cambio prometieron los candidatos que ganaron en las pasadas elecciones camerales, pero el cambio y el recambio, que en el caso grancanario tanto monta, no se han visto por ningún lado, menos aún en los beneficiarios de viajes y cuentas de comidas y gastos de representación que, al parecer, nadie audita con criterio de utilidad pública y no en función de sin son legales porque lo diga o deje de decir el apartado cuatro, letra efe, subsección quinta del reglamento. Aunque, en eso sí que hay unanimidad, los dirigentes camerales hacen esos enormes sacrificios gastronómicos y de viajes a lugares exóticos en beneficio de todos. ¡Angelitos de Dios!, ¿o serán criaturas del más laico Gran Arquitecto del Universo?

 

 

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