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19/06/2008 - José Francisco Fernández Belda
Las ocurrencias de Bibiana

Aún a riesgo de volver a caer en flagrante hembrismo, el feminismo es una cosa noble y loable, y que el director de la cadena SER, Daniel Anido, lance alguno de sus anatemas o soflamas a quien ose criticar a una ministra, de cuota o no, como él dice por el mero hecho de ser mujer, me arriesgaré a tamaña descalificación. Supongo que un humildísimo opinador de provincias, de remotas islas por más señas, no merecerá su atención. Pero por si las moscas, me pongo la venda antes de que me zahiera su poco probable exabrupto radiofónico.

Es bien sabido que para ese grupo mediático, cuando hablan o escriben las gentes de su cuerda lo hacen para ilustrar y hacer pedagogía socio-política (adoctrinamiento lo llamaría el camarada Lenin) y cuando lo hacen los demás, sólo quieren crispar. No importa la razón o no del asunto, sólo les parece importar quien lo dice. Tal es la sinrazón que algunas veces, como Felipe González dijo, el fuego amigo puede causar daños importantes en sus propias filas.

Un ideólogo ilustre de esa casa, herido por esos “dardos amigos”, parafraseando a Lázaro Carreter, ha sido el mismísimo Alfonso Guerra, el de los cañazos inmisericordes a la derecha, cuando opinó sobre las ocurrencias léxicas de Bibiana Aído, afirmando que si una élite quiere imponer a la sociedad que se diga “miembra”, está perdiendo el tiempo, y haciéndoselo perder a los demás. Supongo que lo de “élite” se refiere a ese grupo de presión sexista mal llamado feminista y tal vez mejor definido como de extremo hembrismo. Conviene recordar ahora que el antónimo de machista no es precisamente feminista, a no ser que se diga hombrista, o varonista si se quiere ser hilar más fino.

Lo forzado y prepotente del lenguaje que la Ministra Aído y su entorno pretende imponernos, así como su evidente artificialidad y falta de reflexión, puede notarse fácilmente oyendo detenidamente su ya celebérrima alocución, palabra que según el DRAE es femenina y significa “discurso o razonamiento breve por lo común y dirigido por un superior a sus inferiores, secuaces o súbditos”. Empieza hablando de un inexistente órgano institucional que ella denomina Consejo de Ministros y Ministras. Remata con un “miembros y miembras”. No obstante, en medio, se refiere a “sus señorías”, ¿por qué no dijo señorías y señorios o señoríes? Todo esto por centrarnos tan sólo en las formas, porque si se profundiza en los contenidos de su propuesta, sería urgentísimo que pusiera en servicio el número de teléfono para que me reorienten en mi natural desorientación como hombre del siglo XXI. Por cierto, ¿ese teléfono será atendido por mujeres no alienadas o por hombres debidamente ilustrados y no confundidos con el papel de la nueva masculinidad aidiana?

Es un lenguaje artificioso que nos quieren imponer como políticamente correcto, tal vez fruto de años de pésima escolarización y de un absoluto desconocimiento de los fundamentos de la construcción y reglas gramaticales en las lenguas indoeuropeas. No hay discurso político que no intercale frases del estilo de “compañeros y compañeras”, “hombres y mujeres”, “trabajadores y trabajadoras”, “alumnos y alumnas” o “los y las”. Gracias a Dios, no han encontrado aún un femenino fonéticamente aceptable para “militantes”, sobre todo después del patético intento de Carmen Romero de introducir “jóvenas” en el lenguaje socialista.

Pero de esa moda, que indirectamente acusa de machista, carca, misógino o directamente con mentalidad del pleistoceno inferior a quien no la utiliza, no se libra ni la Iglesia Católica. Antes nos trataban de “feligreses” a secas, pero ahora de “amigos y amigas” o de “queridos y queridas fieles”, cosa que podría mosquear a más de uno o de una por aquello de la semántica de ciertas palabras. Sin embargo, ese cura adoctrinado en el nuevo lenguaje, que no ha parado de sembrar su discurso con masculinos y femeninos varios, en el momento cumbre alecciona a los novios con la lapidaria frase “lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Y uno se pregunta, ¿y por qué no puede separar o desunir también la mujer?

Otro corolario de esta moda, que espero pasajera, es la utilización del signo “@” en muchas palabras, supongo que para hacer notar al lector que el redactor está en el último curso de progresismo, sección femenina, aunque gramaticalmente aún esté en primero de la LOGSE o de la LOE. Eso sí, cuanto más profusamente escriba ese simbolito, su calificación será progresa adecuadamente. Lo peor de esa moda es encontrarla en libros y folletos de entidades educativas que debieran ser ejemplares y rigurosas con el lenguaje. Con gran pena lo veo en Radio ECCA, por poner un ejemplo.

Tengo entendido que la escritura se desarrolló para fijar el lenguaje oral de una civilización y poderla transmitir de padres a hijos. Por eso se enseña a leer a los niños. Pero si vemos escrito la palabra “alumn@s”, o su menos agresiva variante “alumnos/as”, ¿cómo deberíamos leerla? ¿Tal vez como alumnos “algarroba” alumnas (más en esta línea “analfabestia” que “arroba”), o literalmente alumnos barra alumnas? De esta última y socarrona forma leía ese grafismo una mujer culta, muy inteligente y sagaz, las actas de las reuniones redactadas por esos nuevos conversos al lenguaje creativo. Ni que decir tiene que producía regocijo, mofa y befa en algunos de natural burlón, a la vez que desconcierto y sensación de ridículo en otros, o en otras, que acababan rogándole que si no podía leer el acta sin tanto “rin-tin-tin”.

jfbelda@teleline.es

 

 

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