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02/05/2008 - José Francisco Fernández Belda
Ágape fraternal político-empresarial

Desde una perspectiva general, como un simple canario observador de nuestra vida y miserias isleñas, he visto con estupor primero, preocupación después y por último indignación la noticia aparecida en la página 50 del Canarias7 del 27 de Abril, referente a un “ágape” (no sé si hay en la elección del término por el articulista una referencia masónica solapada al acto posterior a una Tenida Blanca) en la Casa Verde de José Miguel Suárez Gil. En la foto insertada aparecen, con el anfitrión, Jerónimo Saavedra, Rodríguez Batllori, Josefina Navarrete y Ángel Luis Tadeo, todos ataviados en plan alegre y distendido pijo-asadero campestre.

Si el título de la crónica se corresponde con lo que pudiera pasar en la Confederación Canaria de Empresarios, sospecho que más que “aires de cambios para la patronal”, un huracán pleno de solicitudes de subvenciones públicas graciosas, graciables y de dudosa justificación volverá a azotar Gran Canaria. Al menos esa es mi sospecha, tal vez infundada o sesgada por el desencanto y la frustración al recordar algunos asuntos que aún rondan por los juzgados desde fechas casi prehistóricas y que parecen esperar que el tiempo los resuelva por vía natural o por el óbito de sus protagonistas. Cuestión de prescripción, sentenciará solemnemente algún magistrado.

Soy consciente de mi poca cintura en asuntos éticos. Por eso, no me cabe en la cabeza cómo Jerónimo Saavedra y el resto de los políticos asistentes consideran normal, y por eso acuden, a un “ágape” en la casa de este coordinador empresarial, que parafraseando a Zapatero es discutido y muy discutible en sus formas, en sus pompas y en sus obras. A las hemerotecas y fonotecas me remito. Tal vez se le ocurra al anfitrión institucionalizar esos encuentros en cada equinoccio, dejando los solsticios para las fiestas informales que Tadeo organiza en el sur de Gran Canaria. Todo muy laico, astrológico y confraternal, según manden los “aires de cambio”.

A mi entender, las reuniones serias para tratar asuntos transcendentes se deben mantener de forma institucional y en sedes oficiales, con luz y taquígrafos, para evitar la confusión entre lo privado y lo público, si es que en realidad la hubiera o hubiese y no fuese buscada ex profeso en un “conclave secreto”, al decir del articulista José Mujica. Después de ver la gran foto que ilustra la crónica, en mi caso reconozco que con un profundo desagrado, ni Jerónimo Saavedra ni Rodríguez Batllori (por ser ambos políticos los que posan para la posteridad), pero tampoco el resto de los que se cuenta que estaban allí, tienen ya autoridad moral para criticar a los que opinamos que se confunden con demasiada facilidad los ámbitos privados y los públicos, los negocios particulares y la política, la amistad con el oportunismo y el deber institucional de soportar estoicamente los deberes del cargo. Asistir y fotografiarse en reuniones privadas de esta naturaleza sólo puede alentar la sospecha de parcialidad y la existencia de una larga mano cuya sombra difusa, más que atender al bien común, favorece a sus aduladores o a quienes parecen tener oportunidad y posibilidad de torcer su voluntad. ¿Recuerdan de lo de la mujer del César?

La foto insertada en el artículo comentado tiene más lecturas. Algunas un tanto jocosas, como aquella que dice haber personas que se compran el libro El abogado en casa cuando tienen problemas judiciales. Otros tienen el abogado en casa. Pero estamos en un país con apariencia de democracia y seriedad, donde cada uno puede hacer lo que estime oportuno y conveniente, sobre todo si tiene un buen árbol que le cobije. Cosa distinta es la percepción que podamos tener los que siempre sufrimos las consecuencias derivadas de esas reuniones con componentes y apartados unas veces secretos, otros discretos y casi siempre tendentes a lograr un reconocimiento político o social imposible de adquirir de otra forma. Y ante esa evidencia ¿cómo es posible que avalen con su presencia festiva, no institucional, estas cosas y estas actitudes políticos que debieran cuidar su imagen de imparcialidad y honradez acrisolada en la gestión de los asuntos públicos para los que han sido elegidos? ¿A qué, a quién o por cuanto pretenden dar reconocimiento o relevancia social con su pública y publicitada presencia? ¿No es esto otro poco edificante espectáculo de la “cosa vostra”, que no “nostra”?

Soy consciente de que no puedo ni quiero ser presuntamente imparcial con estos personajes que azotan y pasan como un tsunami por nuestra vida. Aunque tal vez sea precisamente esta la frontera que hay entre la tolerancia y la permisividad, virtud aquella que invocan muchos de los que aún no han sido víctimas y que esperan, permisivamente, que pase de ellos el cáliz y no tengan que tomar partido ante la injusticia y la opresión.

jfbelda@teleline.es

 

 

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