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14/02/2008 - José Ramón Arévalo Sierra
Un patético Paul Potts en la cumbre


Sí, Paul Potts, ese patético personaje ninguneado por la vida, vendedor de móviles a domicilio, que aprendía italiano en sus ratos libres. Cuando se presentó a las primeras pruebas de Britain´s got talent (que en la versión española se debía haber llamado España tiene talento, pero no pudo ser, debido a la progresía que gobierna los massmedia de forma asustadiza, por temor al nacionalismo de boina y escopeta de cartuchos), con su horroroso traje, con un careto de galés impresionante y presumiendo o amenazando de cantar ópera, el aria “Nessun Dorma”, al jurado, lo primero que se le pasó por la cabeza sería algo así “¡Por favor! Que mi sueldo no es tan alto como para ser sometido a tamaño tormento”. Cuando empezó a soltar los primeros sonidos, solo le bastaron dos o tres, muchos sabían que habían encontrado al genio oculto. A los del jurado se les caía el lápiz de la boca, y todos arrancaban a llorar por la interpretación. Nada más terminar, un miembro del jurado le comentó “¡Hemos encontrado posiblemente al ganador del concurso!” Y otro dijo: “De un trozo de carbón sacaremos un diamante”.
Pueden hacer una búsqueda en internet del video y visualizarlo varias veces. No dejarán de llorar por mucho que lo vean. Es como esas escenas de culebrón en las que te empeñas en no derramar lágrima porque son una chorrada pero se te hace imposible. Así es el video de presentación de Paul Potts al programa. Dura solo unos minutos, pero da tiempo a beberse el refresco y tomar palomitas. A todos nos gusta ver como triunfan los hombres de la nada, los que parten del fondo del abismo y son capaces de salir. En un combate de boxeo, lo más apreciado es el boxeador noqueado que es capaz de sacar un gancho, tirar al adversario y seguir peleando. Esos empresarios que de vender perejil montan un emporio de la alimentación o de vender cuatro bragas pasan a una multinacional con franquicias hasta en el Polo Norte (dotados de una mezcla de ingenio, virtud y trabajo). Rockefeller, cuya riqueza se dice que empezó cuando encontró un centavo tirado en el suelo… Estas historias dan origen de multitud de películas, porque nos muestran que el hombre fracasado o que parte de la nada siempre tiene una posibilidad, y eso es algo que a todos nos gusta escuchar.
Pero a diferencia de la mayoría de los mortales, Paul Potts no debería ser una figura patética, ya que la providencia, el destino o Dios, le han dotado con una virtud. Usted o yo, podremos tomar miles de años de clases de canto, y como mucho podremos interpretar, sin que nos tiren a los leones, “La Macarena”. Por todo ello siempre he mirado con aversión a todos los que poseen alguna virtud (los gitanos lo llaman de un forma más romántica “el duende”, cuyo icono representativo era el Camarón de la Isla). El 99,99% de los ciudadanos no poseemos ninguna, solo logramos hacer medio bien aquellas cosas en las que nos dejamos el pellejo entrenando, estudiando, leyendo o trabajando. Su hijo podrá vivir pegado al balón desde la cuna, pero si no tiene la virtud, nunca llegará a ser un Messi. Usted puede estudiar toda su vida matemáticas, pero si no posee la virtud, nunca llegará a ser un Nash, y así con todas las ramas del saber y el arte. Comprenderán ustedes, que nosotros, los mortales sin ningún tipo de habilidad, a estos personajes que pululan refregándonos sus virtudes por las narices les tengamos algún tipo de manía (está bien, pueden llamarlo envidia con un toque de inmadurez). Ya sabemos que nos entretienen, son impresionantes en lo que hagan y nos gusta verlos, pero una cosa no quita la otra.
En cierto modo ando marcado desde mi infancia por esos personajes virtuosos: el gañán del colegio que nunca estudiaba y siempre sacaba mejores notas por mucho que me matará a estudiar (personaje mitológico que me persiguió hasta la universidad, aunque personalizado en distintos cuerpos); cuando practicaba algún deporte siempre aparecían los virtuosos, esos que nunca iban a entrenar, se tomaban todo a risa, pero cuando llegaba el sábado y había que jugar, el entrenador siempre los sacaba (si nos sacaba a los demás, obviamente era perder el partido); y cuando salíamos a ligar, por mucha colonia y gomina que nos pusiéramos, siempre llegaría el guapo simpático virtuoso picha brava a humillar nuestros destinos y convertir nuestra adolescencia en una pesadilla.
Todo esto lo cuento para decir que cuando vean el video no lloren, porque Paul Potts es un virtuoso, es uno de ellos, no es uno de los nuestros. Todo ello me ha llevado a recordar una película, ya algo antigua, ganadora de unos cuantos Oscar: “Amadeus”, donde un virtuoso Mozart escribe música como si fuera dirigido por Dios, o al menos así lo pensaba Salieri, otro músico contemporáneo en el tiempo y el espacio de Mozart, para desgracia de aquel. Salieri es el típico ejemplo del trabajador cuya vida está dedicada en cuerpo y alma a la música y que tras varios meses de trabajo tan solo es capaz de sacar unas cuantas notas que suenan bien, frente al virtuoso, que en un momento entre borrachera y borrachera es capaz de componer una de las más bellas entradas musicales para el rey de la época. Así me sentía yo, como Salieri, cuando repartían las notas de Ciencias Naturales en el San José de Calasanz y después de noches de estudio en el mejor de los casos, apenas llegaba al aprobado, mientras que el gañán, sin haber echado un ojo a la portada de un libro, coronaba sobresalientes y notables. Yo, chupando banquillo después de no haber faltado a un solo entrenamiento en años, para ver como el Rayco, el Kevin y el Tanasui (bueno, este ultimo me lo he inventado, que en mi pueblo no había Tanasuis) deslumbraba con su juego y su habilidad con el balón, algo que yo nunca podría alcanzar.
Nada mejor para terminar esta glosa sociológica contra los virtuosos, que aquella sentencia de la susodicha película, en la que Salieri concluía mirando al cielo, con aspecto senil y los brazos levantados: “Mediocres del mundo, yo el rey de los mediocres, os absuelvo”.

 

 

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