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24/01/2008 - José Ramón Arévalo Sierra
Habrá que elegir entre Pepiños y Pizarros

Poco a poco se va clarificando el asunto de las elecciones y quienes son las personas que habrá que ir a votar el próximo marzo. Asumiendo que no ocurrirán truculencias con marcado carácter de dirigir el voto de los ciudadanos, que en este país parecen ser de una voluptuosidad pasmosa, fácilmente controlable y predecible, podríamos decir que el tema de los resultados no está nada claro. Si hace 4 meses me hubiesen preguntado (gran autoridad en el tema, y como saben yo soy un gran estadista, opinión a tener en cuenta en asuntos de políticas, comparándose mis alocuciones a las del gran analista político Jesulín de Ubrique), tenía claro que este país de charanga, pandereta y alianza de civilizaciones, volvería a elegir a la retroprogesía patria para manejar nuestra política, relaciones sociales y economía. La herencia económica aún duraba, el malestar entre la única oposición y la banda de coros del partido en el gobierno no había sido transmitido a la sociedad y la gente seguía a lo suyo, sin atisbos de esos problemas y desastres que enarbolaba la oposición en sus sesiones de control. Los bares seguían llenos y las grandes superficies atiborradas.

Pero ¡ay amigo! Resulta que ahora el Manolo y la Mari (o en nuestro caso la Guazi y el Tinguaro) se echan mano al bolsillo, y notifican que les quedan menos euros después de haber comprado lo mismo que hace seis meses. Los 200 euros para el alquiler que les ha dado este dadivoso gobierno, que ya se sabe que es muy dadivoso con el dinero de los demás, los 1200 por el hijo que tuvieron (en este caso un Kevin Tanasui) más la ayuda familiar de 300 euros, han tenido un efecto pernicioso y que ellos mismos empiezan a sufrir: El primero sería una desincentivación hacia la búsqueda de posibilidades personales en gente joven y de gran capacidad, que son tranquilizadas en sus expectativas con ayudas sociales. El segundo, cargar el gasto público con esas ayudas sociales, repercutiendo en otros servicios y con aumento o mantenimiento de los ya altos impuestos que pagan los ciudadanos. Finalmente, a mayor afán recaudador mayores efectos en la inflación. Si a todo esto le unimos que nuestro amigos de la Alianza de Civilizaciones nos están poniendo el petróleo por las nubes y que la confianza que da este gobierno a la inversión privada es mínima (con chulescas intervenciones como el caso de las eléctricas o las finanzas), tenemos el cóctel perfecto, no para que la Guazi y el Tinguaro no lleguen a fin de mes, si no ninguno de nosotros.

Una brisa de realidad se ha colado por el bolsillo de los españoles que están viendo como las políticas del chachi-guay si van a afectarles personalmente. Pensaban que podíamos salir indemnes de está cruzada en la que mostramos una soberbia tercermundista irreverente con las primeras potencias mundiales, desenmantelamos todo lo que lleva consigo asociado el concepto de familia (¡ojo! Elemento fundamental y columna vertebral de la sociedad, sobre todo en momentos de crisis), se trata de forma incorrecta a las víctimas del terrorismo y las emparejamos con las producidas por las riadas (o el susodicho cambio clilmático), se suplanta la formación moral de los padres a sus hijos por una asignatura del tipo Formación del Espíritu Progre, nos hacemos los compresivos con partidos minoritarios cargados de odio a todo lo que representa este país, les reímos las gracias a dictaduras vergonzantes donde la mujer no tiene derechos, se obvia todo lo que venga de la oposición y el consenso ha quedado para cualquier cosa menos para una mitad del país, a la que los medio de comunicación afines a este desgobierno (o sea, todas las televisiones, los más exitosos periódicos y escuchadas radios) intentan ridiculizar, un día sí y otro también (¡ay que risa tía luisa! Es que me parto y me troncho).

Han pasado cuatro años, Guazi y Tinguaro no se rién ya tanto con las gracietas de Buenafuente y el Wichita (perdón, Wyoming). La herencia, como los malos hijos, ha sido dilapidada en experimentos sociales y en cubrir de forma temporal la boca del nacionalismo turbulento. Está llegando la noche de las elecciones, y entonces, como un día dijo Reagan en el mitin de cierre de su campaña: siéntense a la mesa con su mujer y sus hijos, hagan unas oraciones antes de cenar, y decidan que es lo que les conviene a ustedes y este país. Nuestros imaginarios personajes ya nombrados, se tendrán que sentar también en la mesa, y en un lado de la balanza tendrá al bachiller Pepiño, de imperfecto lenguaje pero afilada ofensa, un hombre que fuera de la política bien podría ser el chico con repone las estanterías en su gran superficie (con la diferencia que éste tiene 18 años y se está labrando el futuro y el aquel es un cuarentón). En el otro lado tenemos al Pizarro, nombre que evoca gloriosas épocas del Reino de España y que se enfrentó a una maquinaria de gobierno para la defensa de los accionistas de una empresa que cogió casi en ruinas y quintuplico su precio, un hombre, que al aceptar la oferta de dedicarse a la política perderá muchos miles de euros y que cuando deje la política le estarán esperando las ofertas de trabajos. En cierto modo, estos dos ejemplos representan las dos formas de hacer política, la primera una masa amorfa que se adapta a los problemas, no los soluciona, esperando un futuro mejor, la segunda, la de enfrentarse a ellos, prefiriendo ponerse una vez rojo que ciento amarillo. Como dijo Reagan, el intento que tienen que hacer la derecha es el de convencer a la gente con una frase tipo: ¿A quién confiaría usted los ahorros que ha ganado con tanto esfuerzo y que tanto trabajo les ha costado acumular? Tengo claro que el 90% de las personas a las que se les haga esta pregunta, tienen clara la respuesta.

La Guazi y el Tinguaro están sentados comiendo conejo, el Tanasui duerme plácidamente y ellos están decidiendo en manos de quién poner sus ahorros. En un par de meses, todos tendremos que hacer los mismo y decidir a quién confiarlos.

 

 

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