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28/12/2007 - José Ramón Arévalo Sierra
Los 'malajes' navideños


De igual y periódica forma que nos visita por esta época el espíritu navideño, la lluvia, o los fríos, aparecen también, sin ningún tipo de escrúpulos los denominados “malajes” navideños. A la tradicional fiesta de navidad, que procura teñir estos días de espíritu fraterno a los hombres de buena voluntad, no paran de salirle personajes que reniegan de ella, que intentan ignorar estos días con argumentos tan peregrinos como que no les gustan estas fechas, que les traen nostalgia, que les aburren, que les agobia la familia, etc. Sentimientos, que aunque legítimos, no tienen porque transportar al resto de los ciudadanos que procuramos vivir este periodo algo más felices porque el 25 diciembre nace el susodicho “Jesús”, quien procurará redimir nuestras penas con un éxito digamos que parcial. Cualquiera que sea el motivo, y seamos o no religiosos, creo que cualquier excusa es buena para reflexionar un poco sobre nuestra actitud con nuestros familiares, compañeros, con los que tenemos lejos, e incluso con aquellos que no conocemos. Quizás, para realizar acto de constricción y el año que viene procurar ser mejores de lo que fuimos.
En fin, parece que esto no haría ningún daño a nadie, pero no se engañen, ahí están los “malajes” navideños, intentando aguarnos las fiestas, recordándonos que esas limosnas que aportamos para paliar mínimamente las miserias de los países necesitados son pan para hoy y hambre para mañana, o sugiriendo de forma soterrada que los agentes clericales se quedan con los donativos y que nada llegará a los pobres, mentira por la cual se les debería de caer al menos un diente (los resultados de la labor de estos grupos pueden ser comprobados in situ). Luego nos acusarán de tener doble moral, porque el banquete que nos daremos este año no es más que una ostentación de riqueza, mientras los negritos mueren de hambre en África. Bien, ante esta acusación solo queda decir que la comida sobra en el planeta, pero que la estructura social y política de muchos países hacen imposible que los alimentos puedan llegar a los necesitados, y ahí están los ejemplos de contenedores de comida pudriéndose en algunos puertos africanos, mientras a varios kilómetros mueren de hambre y sed niños y mayores. Yo les sugiero que coman, no conejo claro, sino pavo o cordero, y que se atiborren todo lo que quieran. Es más, a ser posible, compren en el sitio más caro, nada más que para chinchar a nuestro ínclito ministro de Economía Solbes, que nos ha llamado además de comilones, derrochadores y viciosos del consumo, y que por culpa de estos hábitos, nuestra déficit e inflación se disparan de forma alarmante. Lo hemos fichado y ha sido inmediatamente identificado como “malaje” navideño.
Los “malajes” no entienden que la navidad es algo mucho más profundo, que el hecho de que Jesús no naciera el 25 no cambia nada de todo lo que la fiesta conlleva. Los “malajes” intentarán desde el mundo científico atacar al espiritual. Por mucho que nos vengan con el carbono 14, historias de la sábana santa, o con documentos contrarios a lo que aparece en la Biblia, deberían darse cuenta de que todo es mucho más que un trapo o una fecha.
El “malaje” navideño no decora su casa, porque no cree necesario recrear las fiestas, ni monta el portal de Belén, porque es agnóstico, algo que siempre ha quedado muy pijo en los ambientes retroprogres. Tampoco le da por poner el anglosajón arbolillo, bien sea porque le ha dado por hacerse ecolojeta y defender a los arbolitos de navidad, o bien porque le ha dado por luchar contra el cambio climático (que como bien es sabido las lucecitas del portal de Belén o del arbolito contribuyen de manera manifiesta a las emisiones de CO2,, y eso por no hablar del cagón del portal que va haciendo sus necesidades por doquier sin ningún tipo de remilgo). También le puede dar un ataque de provincianismo prefiriendo no utilizar tradiciones foráneas. El “malaje” navideño debe mostrarse como tal y a cada minuto hará comentarios para recordarnos su condición. Obviamente, no tiene sentido ser un “malaje” navideño si los demás no lo sabemos, así que nos castigará continuamente con su condición.
Como la figura del “malaje” navideño está quemada por el extensivo uso que se ha hecho de ella en los últimos años, la progresía no ha tenido más remedio que reformarse, y ahora la forma de negar la navidad, sin parecer un desagradable “malaje”, es la de felicitarnos, no la navidad, si no las fiestas del solsticio de invierno o algo así. Han intentando limpiar la imagen que tenían con este truculento cambio que no convence ni a los más activistas antinavideños. Aún así, ya hay ayuntamientos mandando felicitaciones de esta terna. Lejos de parecer desagradables, creo que el cambio los ha vuelto ridículos. Supongo que se justificarían alegando que así no ofenden a otras civilizaciones. Pero yo me pregunto ¿Alguien de ustedes se ofende cuando algún amigo musulmán les felicita por su nuevo año? ¿O nos ofendemos porque los amigos judíos nos feliciten el Hosh Hashaná? Supongo que lejos de molestarnos nos congratulará igual que ellos harían. El que no celebren nuestras fiestas o nosotros las de ellos no es motivo para no felicitarlos. Ninguna persona en su sano juicio se molestaría por recibir una carta o postal felicitándole por estos eventos.
Lo que yo no entiendo es porque todos estos elementos no viven sus pareceres en la intimidad y dejan de abrasar a los que les rodean. Así nosotros podemos seguir comiendo turrón hasta empacharnos, beber cava hasta caer y desear lo mejor a todos los que nos rodean.
Yo que durante mucho tiempo caí en esa moda de snobs y petulantes, he querido con esta columna hacer acto de arrepentimiento por haber negado esta sagrada tradición y así quiero desearles a todos una muy Feliz Navidad y todo lo mejor para el año entrante… Al menos durante estos días, como suele decir por ahí un elemento radiofónico: ¡Háganme el favor de ser felices!

 

 

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