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01/11/2007 - José Ramón Arévalo Sierra
Enemigo público de la ciencia


Me levanté el otro día a unas horas intempestivas, como suele ser habitual y descubrí con gran desazón y desconsuelo que me he convertido en un peligroso enemigo de la ciencia. Según dice un medio de comunicación de esos que agasaja con regocijo al gobierno actual, simpatizo con los enemigos de la ciencia ya que muestro y aireo mi escepticismo acerca del cambio climático global provocado por el hombre, soy miembro del Instituto Juan de Mariana y colaboro con algunos medios de comunicación también enemigos de la ciencia (en este caso LibertadDigital.com). O sea, que lo soy y además por partida triple.
Todo ello me ha entristecido y me ha hecho llorar lágrimas de cocodrilo. Tantos años perdidos en la universidad, tantos años de estancia en universidades extranjeras, intentando formarme lo mejor que he podido, tantos proyectos dirigidos y tantas publicaciones en revistas internacionales intentando ofrecer un pequeño grano de arena a la depauperada ciencia española, y nada, y todo para ser un enemigo de Ramón y Cajal, Einstein o Al Gore.
Pero una vez que se reflexiona sobre acusaciones de este tipo, se da uno cuenta de que la ciencia al fin y al cabo solo ha podido avanzar gracias a sus enemigos. La historia está llena de ejemplos y algunos de esos enemigos han llegado a perder la vida por su enemistad con la ciencia dominante.
Giordano Bruno, filósofo del siglo XV fue un pertinaz pensador e ideólogo en contra de la iglesia (a pesar de que provenía de ella). Su defensa de la teoría del heliocentrismo (en aquella época no era más que una teoría), junto a ciertas tendencias raras para la época, como la negación del pecado original y la divinidad de Cristo, acabaron con sus huesos en la pira. Aunque se le dio la posibilidad de retractarse besando un crucifijo, decidió morir como un mártir. Vamos la Santa Inquisición española era una banda de hermanitas de la caridad al lado de la italiana por lo que se ve (y se ha demostrado ampliamente).
Igualmente Galileo, sólo unas cuantas décadas después fue también sometido al consejo eclesiástico y a escarnio público por la defensa del heliocentrismo. Cuando ya andaba la canalla exaltada por la posibilidad de que el viejo Galileo acabará chamuscado en la plaza pública, en un chispazo de brillantez decidió darle la razón al cura que tenía delante. Con lo cual salvó su vida y pudo seguir sirviendo a la ciencia unos cuantos años más.
Louis Pasteur, prestigioso microbiólogo del siglo XIX estaba convencido del error que suponía lo que se conocía en esa época como la “generación espontánea”, vamos que los microbios surgían de la nada, que no necesitaban progenitores. Pasteur tenía claro que al contrario de lo que se pensaba, los microbios se originaban necesariamente a partir de otros microbios y desarrolló un experimento para demostrarlo. Dada la importancia del descubrimiento, estos avances fueron cuestionados rápidamente, acusándole sus colegas de enemigo de la ciencia y obligándole a realizar sus demostraciones públicamente en la prestigiosa Academia de las Ciencias de Francia (quizás uno de los referentes científicos más importantes de la época). A pesar del éxito de su demostración, la academia concluyó: “Los hechos observados por el profesor Pasteur y puestos en duda por los señores Pouchet, Joly y Musset, son perfectamente ciertos”. Vamos, que como ya no se practicaba la muy tradicional quema de herejes, Pasteur escapó con vida y pudo seguir aportando conocimientos a la humanidad, aunque unos años antes le habría costado cara su insolencia.
Darwin, casi coetáneo de Pasteur, también tuvo sus más y sus menos con las jerarquías de la época por emitir su teoría sobre la evolución y sobre cómo a lo largo del tiempo las especies van apareciendo unas a partir de otras gracias a las mutaciones genéticas. O sea, que de una patada se cargaba el creacionismo y daba lugar a un nuevo marco científico que hacía que la mayoría de las observaciones que los investigadores habían realizado tuvieran sentido. Obviamente sus ideas rompían el consenso establecido y obligaban a replantearse todos los conocimientos que se poseían en historia natural. La idea de que los seres vivos habían evolucionado por procesos naturales negaba la creación divina del hombre y parecía colocarlo al mismo nivel que los animales. Ambas ideas representaban una grave amenaza para la teología ortodoxa. Suponemos que no fue tostado en la pira porque esas prácticas no eran ya habituales en la sociedad isabelina de la época.
Estos son cuatro casos relevantes, pero una búsqueda en cualquier fuente de información les devolverá multitud de ejemplos y además en todos los campos de la ciencia. Es una labor que resulta bastante clarificadora para poder entender lo que está ocurriendo hoy en día con todo esto del cambio climático.
Como ven, algunas cosas no han cambiado tanto. Ahora las jerarquías las constituyen poderosos grupos de comunicación al servicio de partidos políticos (o viceversa), bandas de políticos retirados, políticos en activo frívolos y demagogos y el mundo del polichenela y el glamour que quiere determinar cómo deben vivir y qué debe saber el ciudadano medio como usted y yo. Estos personajes perseguidos supusieron un punto de inflexión no solo en la ciencia, sino en el desarrollo de la humanidad. Compararse con ellos es una ridiculez, ya que fueron unas mentes privilegiadas, una muestra de constancia y de trabajo. Vamos, personajes que nos pueden hacer sentir orgullosos de pertenecer a la raza humana (ya que por lo habitual lo que tenemos son ejemplos para avergonzarnos).
Ahora no queman a los escépticos, ahora los ridiculizan (no les combaten las ideas ya que andan limitados en argumentos) y emiten acusaciones de recibir dinero del capitalismo (es divertido que estos ricachones nos acusen de vendernos al capital). En fin, lo bueno de no ser tan importantes como estos es que al menos no prepararan una pira en el patio de la facultad para quemarme rodeado de una vociferante turba. Como mucho, dejarán de invitarme al cortadito, y yo que no soy ni tan listo ni tan valiente como Giordano, que quieren que les diga, bien pensado, es como para pensarse seguir con esta personal actitud hostil hacia la ciencia. ¡Ah! Que se me olvidava… yo no soy el primo de Rajoy.

 

 

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