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25/10/2007 - José Ramón Arévalo Sierra
Después de las catástrofes ambientales viene el dinero para investigarlas


Parece ser que lo ocurrido en la catástrofe (?) del fuego en las dos islas canarias ha seguido los mismos pasos que lo que ocurrió en otro tipo de catástrofes (estas sí, con más fundamento científico) en lo que refiere a la ansiedad política que existe por investigar el caso después de las mismas. Curiosamente, como también ocurrió en aquellas, aparece una caterva de expertos, que aunque jamás hayan tenido relación con el tema en cuestión, hacen cola para pedir el pertinente dinero disponible, y al igual que en el pasado, se empieza a entregar sin ton ni son, ni evaluación de currículos, ni publicaciones científicas, ni ningún aspecto científico relevante.
Cuando ocurrió la explosión del volcán Mount St. Helens en Oregón, debido a los destrozos que produjo, con pérdidas de vidas humanas (eso sí, destrozos pero de carácter natural, porque no se puede acusar al hombre de provocar también las erupciones volcánicas, ¡Por ahora!), tanto el estado de Oregón como el federal, comandado por la Fundación para la Ciencia Nacional (el famoso NSF americano) se lanzaron a la entrega de dinero a todos aquellos científicos que andaban mejor conectados con las autoridades y que pudieran ofrecer soluciones o respuestas o ideas del análisis de la catástrofe.
En el caso del Prestige, que para cualquier extranjero que leyera la prensa y viera la televisión, o escuchará a la retroprogresía rampante, pensaría que era Aznar el que andaba al mando de aquel barco (con bandera de Alto Volta, tripulación de Ceilán y matriculado en Birmania, o algo así era) y que a sabiendas de que se rompería, fue a un lugar donde el vertido de la mancha de fuel tuviera el mayor efecto posible (recuerden, Aznar es malo y hace el mal por el mero placer que le retrotrae). Pues volviendo al tema, después de aquello, el gobierno del PP se lanzó a repartir dinero a grupos de investigación, de los cuales algunos, el único contacto que habían tenido con el fuel y la contaminación era a la hora de repostar gasolina en cualquier estación de servicio.
Termino con otro caso parecido, el de Aznalcollar, cuando reventó el dique de contención de los productos tóxicos y se dispersaron por partes importantes de espacios protegidos. Después de aquello no hubo grupo en toda Andalucía que no hubiese pillado un cacho de subvención independiente del grado de experiencia que se tuviera en la contaminación por metales pesados. Ecólogos forestales, taxónomos, químicos, toreros… a todos les llegó su trozo de subvención para analizar los efectos de lo ocurrido.
¿Qué tienen en común los tres casos, en los que se actuó de forma similar a la hora de repartir fondos para analizar el desastre? Los resultados que se han obtenido han sido de poca valía, prácticamente las conclusiones que se ofrecen en la mayoría de los estudios son trivialidades o resultados ya conocidos y publicados con anterioridad por los mismos grupos, las soluciones que se han planteado no están apoyadas por los datos científicos y el diseño experimental, y al final todo queda en una especie de maná que ha llegado a la investigación, y que en cierto modo no ha venido mal, porque siempre está bien que se ofrezca dinero para investigación (e ir dejando atrás un poco el tradicional dicho de “investigar en España es llorar”).
Sin embargo, lo que quizás quisiera poner de relieve es el hecho de que no se sigan unas pautas generales a la hora de repartir fondos. Por ejemplo, los proyectos de carácter público a los que un investigador opta siguen un sistema de evaluación que considero que es de los mejores que hay a la hora de acceder a fondos públicos. Los proyectos, una vez escritos se envían a una Agencia de Evaluación, que paga a investigadores para que los evalúen. El proyecto se otorgará o no, en función del presupuesto presentado, el currículo de los investigadores y la relación del proyecto con el currículo de los mismos, haciéndose un informe exhaustivo en el que se ponen de manifiesto los problemas y cuestiones que surjan a los evaluadores en caso de no ser considerado. Bien, yo también estoy de acuerdo con ustedes, es cierto que el sistema no es perfecto, pero ya dije al principio de este párrafo que es de los más serios, confidenciales y expedito que se pueda tener.
Todo esto viene a colación porque a partir de los grandes incendios acaecidos, rápidamente, y para dar una imagen de que les importa mucho el asunto, los políticos de turno se han lanzado a dar dinero alegremente (el nuestro claro, que siempre se es muy dadivoso con el dinero de los demás) para investigar las causas y efectos de los incendios forestales. No se ha prestado atención a la experiencia de los grupos, así pueden encontrarse expertos de todo tipo en la misma ronda de reparto, en una ronda donde al contrario de lo que se hace en las Agencias de Evaluación, no se ha mirado la experiencia del grupo en el tema en cuestión o las publicaciones que tienen sobre la materia. De hecho, si así se hace, pocos pueden alegar experiencia en el tema y no aparecen, no voy a decir los expertos, si no aquellos que han dedicado parte de su trabajo en investigación al fuego. Es lo mismo que ante una catástrofe marina, a los ecólogos forestales se les diera parte de los fondos de investigación de la misma.
En fin, solo quería poner de manifiesto que me parece muy bien que se dé dinero para investigar, y sobre todo para la investigación sobre fuegos, pero yo procuraría ser un poco más pulcro a la hora de otorgarlo utilizando el sistema de las Agencias de Evaluación.
No es nuevo lo que ha ocurrido aquí, por ello, si atendemos un poco a la experiencia, lo mismo aprendemos que habría que actuar de otra forma, así quizás, mañana (aunque tampoco es seguro) podremos saber algo más sobre los incendios.

 

 

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