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10/09/2007 - José Ramón Arévalo Sierra
De vuelta a las Españas


Que España es diferente era algo que se le ocurrió tiempo atrás a Don Manuel Fraga, más como una especie de anzuelo que pretendía atraer turistas que como un hecho en sí. Sin embargo era cierto, España es diferente a todo lo que la rodea, cuando no debería de ser así debido al conocido hecho de que somos un país con cierto nivel de desarrollo, occidental y diríamos que ilustrado. Sin embargo, para un americano, un canadiense, un belga o un francés, España sigue siendo un país raro y exótico, por ello atractivo, a pesar de que ya no es ese paraíso barato que fue hace una o dos décadas.
Ahora que los españoles empiezan a viajar entienden algo más, que la percepción de los extranjeros, lejos de ser un prejuicio era una interpretación correcta. Sí señores, salgan unos meses por ahí y cuando vuelvan dirán al salir del avión por el primer aeropuerto que les toque: ¡pero mira que somos raros!
He analizado tres detalles de la primera impresión que recibe el extranjero al llegar aquí y que le permite trazar un perfil psicológico del español. Estas llegan a través de los lavabos, ya que después de un viaje de varias horas metido en una especie de cajón de gallinas, es lo que pide el cuerpo. Primer hecho que detecta el extranjero: todos los baños tienen dos grifos, uno de agua caliente y uno de agua fría, sin embargo, a pesar de que el código de colores es de carácter internacional, el usuario queda perplejo al comprobar que ambos dispositivos del lavabo ofrecen el agua a la misma temperatura. Aquí comienza el psicoanálisis del español, donde se puede llegar a conclusiones como: en España nunca hace frío (mentira, hace mucho frío por muy cerca de África que estemos); en España no usan mucho los lavabos (mentira también, somos de los que más nos lavamos en Europa); los españoles son rudos hombres y mujeres y no necesitan de cosas como el agua caliente. Cualquiera que se haya elegido, o todas combinadas, hacen que el extranjero empiece recelar de esta nueva especie que se va a encontrar a su salida del aeropuerto.
Segundo aspecto importante, también localizado en esa área del baño y que no voy a pasar a analizar en profundidad por motivos obvios ¡No hay papel higiénico! Es un hecho que ocurre de forma habitual, ya sea porque el reponedor esté en huelga, la limpiadora no haya podido con el trabajo del día o falte el que tiene que firmar, que ese día no vino, para poder comprar más papel. La cuestión es que el extranjero sigue analizando al español como un tipo al que el ambiente que le rodea no tiene más remedio que dotarlo de unas características particulares.
Tercer aspecto, ya hemos salido del baño (donde el ingenio habrá sido pieza fundamental para salir de forma airosa de los momentos acaecidos). España no huele a ajo, ojalá oliera a ajo como dijo la Beckham, que el único ajo que tomó en su vida posiblemente fuera en píldoras. España huele a humo de tabaco. Las leyes son tan restrictivas en los países de nuestro entorno, que es difícil oler a tabaco. No se fuma en edificios, no se fuma en restaurantes, no se fuma en los parques, no se fuma a menos de 200 metros de los colegios… en fin, el humo del tabaco, por raro, resulta fácilmente detectable por la pituitaria del humano en esos lugares. Cuando ven los espectáculos de las cajas con ventiladores que se colocan en algunos aeropuertos, deben quedar algo perplejos cuando menos. Y esas cajas, a pesar de todo, no contienen el humo del tabaco que impregna todos los salones a pesar de estar tan restringidos en área.
Bien, estos tres detalles ya han marcado, como dije, el perfil psicológico del español a los ojos del turista. Difícil va a ser limpiar la imagen que le han dejado y que lejos de arreglarse, a lo largo de los pocos días que pasen en el país incrementará la primera impresión.
Más detalles y diferencias con respecto a otros países: las banderas españolas se enseñan con vergüenza, no vaya a ser que se molesten los nacionalistas del terruño. Las banderas que pululan por doquier son pequeñas. El extranjero entiende que la bandera debe tener alguna connotación mala (gran éxito de la retroprogresía que nos ha convencido a todos de que sí) y aquel que la use con ostentación ha de ser considerado un elemento fascistoide digno de ser ninguneado e insultado.
Si en su periplo tiene la suerte de visitar tierras de nacionalistas enconados en el poder, podrá notar hechos sorprendentes. Por ejemplo, encontrar folletos oficiales, información o cualquier tipo de documento escrito en español en Cataluña supone poco menos que una misión imposible. No les recuerde lo de la oficialidad de las lenguas que les da la risa. Otras comunidades bilingües tendrían tantos problemas en la comunicación de la mayoría de los ciudadanos si siguieran ese camino, que afortunadamente no lo han hecho, pero andan trabajando duro para conseguir que los ciudadanos de esas comunidades, si no olvidan el español, al menos que lo escriban y hablen mal. Como ya saben todos ustedes, el español es una lengua inútil que hablan cuatro gatos.
Aún recuerdo hace 12 años cuando me fui a abrir mi cartilla de la seguridad social en un recóndito lugar de Oklahoma. Toda la información me fue ofrecida en castellano. Los letreros de los centros comerciales estaban todos en inglés y castellano… Intenten algún documento en castellano en esas comunidades y suerte.
En fin, somos un país raro, pero no son tan malas esas peculiaridades comentadas al principio y mueven a risa y las defendemos con orgullo. Hay otras rarezas, como las últimas, que ya no me hacen tan gracia, ni a mí, ni a muchos, aunque no lo parezca.

 

 

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