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20/08/2007 - José Francisco Fernández Belda
Universidad y formación continua



Tal como acertadamente afirmaba Jacques Delors en sus libros Retos y pistas para entrar en el siglo XXI (libro blanco de la UE, 1993), y en La educación encierra un tesoro (UNESCO, 1996), al menos en mi forma de entender la formación continua, hay que “apostar por la educación y la formación: saber y saber hacer, durante toda la vida. En la preparación para la sociedad del mañana no basta con un saber y un saber hacer adquiridos de una vez para siempre. Es imperativa la actitud para aprender”.

Delors, más adelante en sus acertadas observaciones, constata el hecho evidente de que “en realidad es cierto que hemos cambiado, pero el mundo ha cambiado aún más”. Aunque no creo que nadie en su sano juicio dude de estas afirmaciones, en la realidad cotidiana las administraciones educativas las ignoran o las soslayan con tecnicismos. En la práctica han creado una maquinaria burocrática que mantiene anquilosado el sistema, aparentemente incapaz de ofrecer de forma eficaz y efectiva esta necesaria actualización de la formación de los ciudadanos, ni favorecer la puesta al día ni en los programas reglados, ni apoyando la libre iniciativa de unos y otros, docentes y alumnos. Posiblemente de eso nace la resistencia del sistema a aceptar los principios del Espacio Educativo Europeo, enunciados en la declaración de Bolonia, más allá de las adaptaciones que por imperativo legal sea necesario introducir.

Unas personas necesitan actualizar sus conocimientos por motivos profesionales y laborales. Otro grupo, cada vez más numeroso, por razones de curiosidad intelectual, o por ese irrefrenable anhelo humano de ser cada vez más cultos e informados para poder conocer, reconocer e interpretar mejor el entorno en que vivimos. Algunos incluso buscan una formación específica para intentar ser mejores ciudadanos o para poder juzgar con más conocimiento de causa las propuestas de los partidos políticos y no volver a actuar o votar por simple intuición, simpatía irracional o puro sectarismo.

En satisfacer este deseo o necesidad colectiva estoy convencido de que la Universidad y otras instituciones educativas con similares propósitos, podrían y deberían jugar un papel esencial para ayudar a los ciudadanos, que las financian con mucho esfuerzo y con mucha esperanza.

Una de las funciones esenciales de la Universidad ya la desarrolla con mejor o peor fortuna, eso es opinable, en las Facultades o Escuelas Técnicas impartiendo cursos reglados tendentes a la obtención de titulaciones profesionales incluidas en el catálogo oficial. Tal vez por ser la propia institución consciente de la poca concreción o especialización del título básico, también ofrece cursos Master adicionales útiles para la vida profesional, al menos eso dicen, o los cursos reglamentados de Doctorado para los que quieran dedicarse a la carrera docente o investigadora funcionarial.

Otra labor que a mi juicio hay que potenciar, sacar del ámbito casi exclusivo de los campus universitarios y comunicar mejor su existencia a la sociedad son los llamados “Cursos de Extensión Universitaria”, es decir complementos a la formación básica que posibiliten a los ciudadanos actualizar su formación básica, información o la cultura que desean. O, como repetía machaconamente J. Delors, para disponer de un instrumento de “formación continua durante toda la vida”. Por eso es necesario que la oferta de estos cursos sea muy plural y esté de acuerdo con unos análisis serios de prospectiva de la demanda, no por el sólo interés de algunos profesores que aspiran legítimamente a complementar sus ingresos o sus currículos.

Aunque es indudable que cada alumno se matriculará en alguno de estos cursos por sus propias motivaciones, que no tienen por qué coincidir con los deseos de la institución, tampoco debiera ser necesario hacerlos “atractivos” por el pueril método de incentivar a los alumnos con créditos académicos o puntitos válidos para una oposición. Y si, además, están dirigidos a casi todo el mundo, (aunque para algunos cursos, por su especialización o contenido, pudieran sugerirse disponer de conocimientos previos), la frecuencia y el horario de clases deberían ser cuidadosamente analizados para poder facilitar la mayor asistencia posible y rentabilizar mejor el esfuerzo económico público necesario. En suma, la extensión universitaria en el sentido aquí contemplado, no es un apéndice a una asignatura o a un curso reglado, con horario y formalidades académicas al uso, sino un servicio a la sociedad del conocimiento imprescindible para estar “al siglo” en la nueva sociedad del conocimiento.

jfbelda@teleline.es

 

 

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