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09/08/2007 - José Francisco Fernández Belda
Modelos sociales universitarios



Según puede leerse en la prensa local, el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria y la Universidad han llegado a un acuerdo para convertir el campus de Tafira en un gran parque urbano. Me parece, en principio, una excelente idea dejando pendiente los aplausos para cuando se conozcan los detalles. Y me parecería mucho mejor aún esta noticia si se lograra un convenio similar entre la muy veterana Universidad de La Laguna y su entorno. Las razones de fondo para hacerlo son las mismas, aunque las posibilidades físicas no lo fueran.

Corren por esos mundos de Dios diversos modelos de campus universitarios. Muchos han nacido, crecido y consolidado a lo largo de los siglos de acuerdo con las posibilidades arquitectónicas, urbanísticas y estéticas de las ciudades de su época, llegando a ser auténticos centros del saber humanístico y técnico de prestigio universal, que con frecuencia eran mantenidos por altruistas mecenas. Otros campus son de mucha más reciente planta y su diseño ha estado condicionado no tanto por aquellos factores como por reclamaciones de los padres, básicamente por motivos económicos, que posibilitaran titular a sus hijos sin necesidad de desplazamientos muy onerosos. Estas justas y razonables reivindicaciones eran jaleadas, apoyadas e incentivadas por grupos de profesores que aspiraban a tomar el control de la nueva institución y culminar sus carreras académicas ocupando las nuevas cátedras creadas en la universidad que ahora nacía, normalmente por segregación de otra anterior y, que por luchar desde dentro estaban en mejor posición para lograrlo que la sociedad que había reclamado su creación. Aunque, como en tantas otras cosas, no está muy claro ni importa demasiado qué fue antes, si el huevo o la gallina, si la sociedad o los profesores.

De los muchos modelos existentes, el que a mi entender es más formativo para un estudiante universitario es el que considera que un campus no es un conjunto de edificios donde se imparten clases y los profesores tienen sus despachos, sino un lugar donde viven y conviven profesores y alumnos de todas las disciplinas. Corresponde a lo que desde siempre me ha gustado denominar “universidad de los pasillos”. En realidad las aulas, laboratorios y tutorías son la parte académica e importantísima de la formación, donde se transmiten conocimientos o técnicas de una materia específica o se hace investigación, pero es en la convivencia entre alumnos y profesores, fuera de aquellos lugares, donde la persona tiene más posibilidades de adquirir una dimensión más universal y humanística en sentido amplio. De esa forma se aprende no sólo cómo hacer las cosas bien sino también el por qué, el para qué y el para quién.

Por esas razones, el modelo actual en el que parece primar o pretenderse que un edificio sea donde reside toda la vida de una Facultad o Escuela Técnica, con su propia biblioteca, su propia cafetería o sus propios salones de actos dificulta la intercomunicación entre estudiantes de otras disciplinas. Las charlas de pasillos o de recreo en esos centros suelen girar en torno a los problemas de las asignaturas de la titulación que se imparte en ese edificio. Y no es de extrañar que eso sea así ya que allí sólo suelen estar los que comparten los mismos estudios.

Como ejemplo de que otra vida cultural y de relaciones entre universitarios es posible, y tal vez deseable, podría ser la que había en los llamados Colegios Mayores o Residencias Universitarias, al menos en mis ya remotos años de formación. Allí vivían muchos estudiantes y algunos profesores, procedentes de los más variopintos lugares y con múltiples intereses formativos. Es evidente que allí las conversaciones de sobremesa y los actos culturales a celebrar debían cubrir aspectos más generales y universales que los eventos que se programan en el salón de actos de una facultad concreta. Dicho de otra forma y de manera simplificada, no lee igual un periódico ni comenta de forma semejante las noticias un estudiante de humanidades, pongamos de derecho o historia, que uno de ingeniería o físicas, materias más técnicas, ni uno de áreas intermedias como económicas o medicina. Pero es obvio que de esa interrelación pueden beneficiarse todos los participes. Es un paso hacia el intento de globalización intelectual que da nombre a la institución a la que dicen servir: la Universidad.

Este es, en síntesis, el motivo por el que aplaudo la iniciativa acordada entre la Universidad y la Ciudad. Saltaría de alegría si, además, hubiera espacios comunes donde celebrar actos culturales y científicos multidisciplinares, donde podamos ver, oír y aprender juntos de todo tipo de personas con intereses diversos. La actual estructura de edificios, que parecen concebidos como cotos cerrados para una rama del saber, dificulta que se interesen por los actos que allí se programen los estudiantes de otras ramas y el resto de las personas no directamente implicadas en la institución universitaria, el pueblo en general. Pero eso puede salvarse con el camino que hoy parece iniciarse y que hago votos para que no se frustre. Un paso importante, que muchos sentíamos faltar, era el acercamiento de la institución académica a la sociedad a la que dice servir. Queda mucho por hacer y por decir. Espero que se diga.

jfbelda@teleline.es

 

 

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