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05/08/2007 - José Francisco Fernández Belda
Órdago a la grande: subvenciones inmobiliarias



En los tiempos actuales es ya indudable que pintan bastos para el negocio turístico. Y en época de inquietud y desasosiego, espoleados por un clima preelectoral, los políticos se lanzan a proclamar aquellas consignas que algún asesor les ha dicho que los ciudadanos quisieran escuchar. También, conociendo esta querencia, algunas asociaciones mal llamadas empresariales, expertas en vivir del dinero público y no de la iniciativa privada se lanzan a reclamar toda clase de prebendas para sus afiliados, so pena de que se acabe el mundo adelantando el Apocalipsis de Al Gore. Y como además en Canarias no se sabe muy bien dónde comienza lo público y termina lo privado, desbrozar los mensajes para encontrarles su auténtico significado se hace dificultoso, cuando no se adentra el que lo intenta en un campo plagado de minas, de veladas amenazas o de anatemas y condenas al ostracismo.

Por poner un ejemplo de proclamas reiteradamente lanzadas desde muchos ámbitos, cabe citar la traída y llevada renovación de la planta alojativa obsoleta. Hay un razonamiento cíclico que partiendo de unos hechos ciertos, pretende obtener conclusiones o buscar causas, a mi juicio erróneas. Por mucho que algunos ex mandamases se empeñen en negarlo, pues sería una prueba incuestionable de su fracaso como gestores, el número de visitantes, los días de estancia media y la rentabilidad del sector están claramente disminuyendo año a año. Y eso lo dice hasta la propia Consejería, pasando por del domesticado ISTAC.

A partir de esas realidades habría que buscar las causas que posibiliten cambiar las tendencias. Y aquí asoman la patita las contradicciones y los juegos de intereses de unos y otros. Los tour operadores han expresado reiteradamente que Canarias es ahora un destino aburrido para muchos de sus clientes, aunque no lo sea para algún segmento del mercado, gracias a Dios. Bastantes visitantes se quejan de que la oferta complementaria para después de haber satisfecho el motivo principal de su viaje, sol y playa, es muy deficiente o si existe les es desconocida. Los constructores, algunas asociaciones empresariales y los políticos culpan de todo eso a que muchos hoteles y apartamentos están viejitos y necesitan una remodelación. Es decir, que los turistas vienen a Canarias para admirar lo bien que aquí se construye.

Ante esta última postura, si se aceptara como hipótesis de trabajo que fuera cierta, cabe preguntarse por qué los empresarios han dejado que se deteriorara su fuente de ingresos hasta casi desaparecer e incluso tener ahora que poner dinero para cubrir pérdidas. No es frecuente que nadie quiera matar su gallina de los huevos de oro. Y para recuperar sus ingresos, piden al gobierno que les conceda subvenciones sin cuento, no que se les faciliten créditos a devolver, sino dinero de todos a fondo perdido. ¿Es que realmente piensan que haciendo eso los turistas volverán como las oscuras golondrinas de Bécquer del balcón sus nidos a colgar? ¿No podría ser que lo que realmente esperan es que, entre todos, les paguemos la remodelación de sus poco o nada rentables establecimientos para después venderlos por unidades para primeras o segundas residencias permanentes como ha pasado, entre otros lugares, en Playa del Inglés o San Agustín?

Por todo esto, tengo el firme convencimiento de que no es la planta alojativa, ni por buena ni por mala, la causa de la crisis turística que padecemos. Más bien hay que buscarla entre multitud de carencias que nos empeñamos en no querer admitir mientras seguimos con los mismos síntomas de la enfermedad de siempre, pero que ahora se han cronificado y pueden acabar matándonos. No hay peor ciego o sordo que el que no quiere ver ni oír, y por eso a veces se toman como ciertas las demandas de las partes interesadas, sin hacer un análisis profundo y serio de todas las circunstancias que rodean al problema, tomando medidas parciales que tapan un agujero, pero que abren una brecha por otro.

Para redondear el argumento, les ruego me permitan una disquisición que ilustra cómo una aparente buena medida puede originar más problemas que los que pretendía resolver. Con las nuevas medidas para hacer más fácil la vida de los discapacitados físicos o sensoriales, en los ascensores se está cambiando la botonera tradicional, situándola más baja y al alcance de personas que vayan en silla de ruedas. Además, los números de los pisos están en relieve e incluso en Braile. Los más sofisticados, dan los buenos días e informan del piso en que está. Todo eso es muy bueno, pero sin embargo los diseñadores olvidan algo que afecta a la inmensa mayoría de los usuarios: los números no están iluminados o resaltados en otro color llamativo de forma que las personas no ciegas puedan verlos con claridad y pulsar el que precisen. Otro caso es el de los porteros automáticos, que no están dotados de una simple lucecita que se encienda cuando el piso llamado contesta. Podría ser de ayuda para las personas sordas, a no ser que les pase como a muchos políticos, que sólo oyen o dicen lo que quieren oír o lo que sus votantes quieren escuchar. Ya es un milagro que la civilización no se colapse con tanto voluntarista empecinado en empedrar el camino hacia el infierno.

jfbelda@teleline.es

 

 

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