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19/07/2007 - José Ramón Arévalo Sierra
Adiós España, adiós...

En los actos de los nacionalistas asilvestrados (o sea, todos) de distinta índole, se reparten camisetas y pegatinas con lemas graciosos como el que encabeza esta columna… Los hay más graciosos y menos graciosos, por ejemplo el de “godos aquí” que vemos por las papeleras de nuestras islas hay que reconocer que está logrado. A otros nacionalistas de terruño les gusta poner el muñequito que aparece en las golosinas tirando el papel a la basura, pero en vez de tirando el papel, tirando un mapita de España. Algunos se ven obligados a utilizar el inglés o el alemán en sus eslóganes, ya que si utilizaran sus lenguas vernáculas no les entenderían ni en su casa a la hora de comer. Se ven menos humillados utilizando la lengua de Shakespeare y diciendo cosas como “This is not Spain”, “Good bye Spain”, “Freedom for Villagorda Alta del Camino”, frases que parecen pensadas para aprender inglés en un curso de radio (my taylor is rich) más que para la protesta demagógica nacionalista.

Recuerdo cuando los jovenzuelos nacionalistas (los tres o cuatro que quedan por nuestras islas) en un partido de España contra Polonia, gritaban desaforados “En esta colonia, se apoya a Polonia”, para perplejidad de nuestros turistas nacionales que no sabían de estos movimientos secesionistas allende de los mares (lo de godo en las papeleras no lo terminaban de captar). Pero también descubrimos con esta versión de nacionalismo, que además de gracia se ve que algunos han cultivado el noble arte del ripio y el pareado, para aquellos que terminaron el EGB.

Sin embargo, esas chorradas no desmembrarán al Estado español y sus siglos de historia. Se ve que poco a poco el estado se ha reforzado en su estructura social y empresarial, ayudado por una columna vertebral, la familia, que siempre está ahí para los momentos duros. Debería resistir el envite al que le someten los grupúsculos secesionistas. Sería difícil doblegar a un estado que ha progresado como éste en todos los campos, desde los derechos humanos a la economía, que se mira con cierta envidia por parte de países que hace tan sólo 30 años doblaban nuestro producto interior bruto y que veían al español como aquel pobre personaje, no ilustrado, digno tan sólo de realizar labores de servicio. Bien, todo indicaría que el chiringuito tiene cierta estabilidad estructural.

Sin embargo, lo que no aguanta ni un país, ni un estado, ni cualquier grupo social, es un complejo de inferioridad paleto como el que acaece no sólo al español, sino a su clase política. Se puede decir que nos hemos creído lo que la retroprogresía ha venido contando en las dos últimas décadas, y que hemos encerrado bajo mármol los signos de representación del país como son la bandera y el escudo, solo dignos de sacarse (y no por mucho tiempo) en los partidos de la selección española de fútbol. Defender la idea de España como estado de derecho viene ligada al facherío nacional, y claro, a nadie le hace gracia que le llamen facha, así que yo también me uno a la fiesta de acabar con los símbolos nacionales en las escuelas, en los centros oficiales, incluso en los cuarteles, y así puedo seguir tranquilo con mi cantata: “camarero, y otra de gambas”.

Lo que tampoco aguanta un país es ver como se ha tratado a los servidores de la seguridad y el estado cuando caían en un acto terrorista. El año pasado pude ver en la exposición de la AVT la fotografía de los ataúdes de los guardias civiles y la policía nacional recorriendo las callejuelas del País Vasco y suplicando por las puertas traseras de las iglesias para que les ofrecieran una misa a la víctima (negándosele en algunos casos). Es espeluznante ver como un ataúd cruza una pequeña plaza tan sólo acompañado de la esposa de la víctima, sus dos hijas y los compañeros que portaban el féretro. Si esa familia hubiese decidido quedarse, posiblemente habrían sufrido el acoso telefónico de esa gente del mundo radical y sus vecinos les habrían ninguneado, aflorando aquella famosa frase de “algo habrán hecho”.

Lo que no aguanta un país es ver como el gobierno oficial intenta esconder a las víctimas del terrorismo. Como se les menosprecia y como cada vez que intentan protestar se les acusa de estar al servicio de algún partido. La semana pasada fue el décimo aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco, gran enemigo del pueblo vasco al parecer. Cuando un país indignado salió a la calle a mostrar su protesta (cosa que seguramente daría la risa a los asesinos), me acuerdo de una manifestación espontánea delante de la sede de un partido, sus dirigentes salieron a mirar las caras de los que se manifestaban, como diciéndoles: “¡qué pasa!”. Iñaki Anasagasti, sólo 5 días después sentenció con: “A mí que me expliquen qué es eso del Espíritu de Ermua”. Obviamente, el coleccionista de sanguinolentas nueces no lo entendía, pero tan sólo era un visionario. Diez años después, el gobierno español se ve que tampoco entiende qué es eso del “Espíritu de Ermua” y su partido intenta quitar el nombre a la agrupación “Foro de Ermua”, todo un detalle de apoyo a las víctimas.

En la película “Arde Mississippi”, Gene Hackman va capturando a todos los racistas que participaron en el asesinato de unos jóvenes. Al llegar a casa del alcalde lo encuentran ahorcado. El joven inspector le pregunta: “Pero si él no tenía nada que ver con los asesinatos”, y Hackman le contesta: “Estaba al tanto de todo, por tanto es culpable, culpable…”. Darle la espalda a las víctimas, ignorarlas, o buscarse comisionados para acallarlas... esa sí es una buena manera de acabar con un país convirtiéndolo en miserable, hasta a mí me darían ganas de decirle: “Good bye”.

 

 

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