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07/07/2007 - José Francisco Fernández Belda
Desde el poder ser al ser, o la historia


Tal como predijo Al Gore en su muy rentable espectáculo apocalíptico, por esta época llegan los calores y con ellos las noticias más variopintas. Serpientes de verano, las llaman. Una de ellas hace referencia a una expedición curiosa y pintoresca, que no deja de ser otra aventura con pretensiones científicas y de espectáculo mediático, aunque se hable de ella como si fuera una pieza fundamental en la investigación de la prehistoria.

Me estoy refiriendo al reportaje de la agencia EFE, (ver Canarias 7 del día 3 de julio, pág. 68), contando que una balsa prehistórica, bautizada como Abora III, cruzará el Atlántico rumbo a Canarias. Al parecer, el coste de la expedición rondará los 600.000 dólares, aunque el interés de los patrocinadores para financiarla no supera el escaso 20%, prueba inequívoca del interés real que despierta esta aventura. Por cierto, no hay datos para afirmar que parte de esa financiación les haya llegado desde el Gobierno de Canarias, al conocerse que el destino del viaje será Tenerife, aunque no llegue a tiempo de asistir a la inauguración de las nuevas oficinas de Promotur sitas en el edificio Wöermann de Las Palmas de Gran Canaria.

Al parecer, la tesis más importante que pretenden demostrar el germano Dominique Gorlitz y el hispano José Valmaña, al que por su origen cubano se le supone gran maestría en la construcción y manejo de balsas, es que tal vez no fueron los españoles los primeros en hacer la travesía de ida y vuelta, sino los propios indios prehispánicos. Si esta travesía tiene éxito dicen que habrán demostrado que el comercio a través del Atlántico era ya posible hace 14 mil años. Otras personas incluso van más lejos y creen que las hojas de tabaco y cocaína que se han encontrado en las pirámides egipcias demuestran la existencia de un comercio oceánico que hasta hora se pensaba imposible por las dificultades de navegación.

Salvando las enormes distancias el noruego por nacimiento y tinerfeño por vocación Thor Heyerdalh, considerado el fundador de la arqueología marítima moderna, quiso demostrar que ya desde la Edad de Piedra pudo haber un intenso intercambio cultural por vía marítima, y para ello lanzó sus ya míticas expediciones Kon-Tiki -que zarpó desde Perú en 1947-, Ra I y II (1969-1970) y Tigris (1977-1978), todas ellas en balsas fabricadas con juncos de Bolivia. Unas excelentes reproducciones de estos “corchos flotadores” pueden admirarse en el excelente y didáctico parque temático “Pirámides de Güimar”, en la isla de Tenerife.

Pero la gran paradoja científica en todo este tipo de experiencias es la constatación práctica de que no todo lo que hoy puede demostrarse que pudo haber pasado pasó, ni que lo que pudo ser realmente fue. Eso sin considerar que esta clase de experimentos, si es que las expediciones comentadas pueden llamarse así, usan el razonamiento inverso, del hoy se llega al ayer. Es decir, que sabiendo el resultado, conociendo el punto de destino, utilizando los conocimientos geográficos, de corrientes marinas y de obstáculos a salvar, se prepara el experimento. Hoy por hoy la única evidencia obvia es que el proceso fue justamente al revés. Por razones de espacio no se entra ahora a considerar los probablemente insalvables problemas de orientación en las mares océanas en aquellas épocas, máxime cuando dicen querer remontarse a nada más y nada menos que 14 mil años, 6 mil antes que naciera la civilización sumeria, tal vez la más antigua de las conocidas y estudiadas en el viejo mundo.

En el fondo de todas estas aventuras subyace la idea romántica de las culturas y capacidades técnicas de los indios americanos, hoy muy sobre valoradas con el resurgir de la falacia indigenista en la política revolucionaria. Es la nueva historia ficción, que abandonando el terreno de la especulación y la creación literaria, quiere pasar al campo del estudio científico de la historia. El devenir y el polvo de la historia acabará poniendo las cosas en su justo lugar.

Estas aventuras entroncan con la pretendida gran cultura Maya, Azteca y similar, sobre todo en el terreno de la técnica. Se parece olvidar que fue Cristóbal Colón, y probablemente otros antes que él, los que llegaron a América gracias a sus conocimientos de navegación y de construcción de naves obtenidos a lo largo de los siglos y no al revés. ¿Alguien puede imaginarse la llegada a Europa de unos indios emplumados en balsas de juncos, con arcos y flechas, a conquistar los reinos cristianos?

Si realmente existió una civilización tecnológicamente preparada para esas aventuras oceánicas y comerciales en América desapareció sin dejar rastro ni herencia. Ya no vale la explicación simplista de culpar de eso a Cristóbal Colón y a la colonización española. Como muy bien dice Will Durant en su Historia de la Civilización (1975), y frase inicial de la película Apocalypto: “Una gran civilización no es conquistada desde afuera hasta que se destruye ella misma desde adentro”. Y remata el autor con esta otra sentencia: “El futuro nunca aparece de repente, es creado”. Y, sinceramente, estoy convencido de ello.

jfbelda@teleline.es



 

 

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