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05/04/2007 - José Ramón Arévalo Sierra
Las ONGs

Las ONGs
Por las mañanas me levanto temprano, y medio adormilado voy al bar y pido el muy tradicional cortado con leche natural. El camarero, hombre afable, me lo sirve como a mi me gusta, corto de leche. Yo le quedo tremendamente agradecido por este bien que me hace y facilita la vida. Podría pensar que el camarero es un amigo mío, que se ha levanto a las cinco de la mañana para ir purgando y calentando la máquina de café porque me tiene en gran estima, y visto de mis necesidades, realiza ese gran esfuerzo. Me pregunto qué es lo que hace que fluya nuestra relación, hasta que llega el momento de marcharme y procedo a pagarle los 85 céntimos pertinentes. Y ahora, a esas tempranas horas de la mañana, todo tiene sentido para mi. Él no está allí para ayudarme, está allí para ganar dinero. Sin embarbo, ese afán suyo monetario y mercantil es el que me está facilitando la vida.
He pensado que personas como mi camarero son los que nos están mejorando la vida. Ellos tienen un afán mercantil, y que en la búsqueda de gananciales, yo ando obteniendo unos beneficios en forma de servicios. En fin, hablo del empresario, estos que suelen dormir poco y por lo general con problemas de úlcera, ya que tener una empresa suele ser sinónimo de estrés y angustia. Estos eligieron crear una empresa y ofrecer unos servicios a la sociedad. Podrían haber elegido hacerse funcionarios, con un horario de 30-35 horas semanales, tener sus moscosos, bajas médicas por cualquier tipo de aspecto, vacaciones aseguradas, puentes, etc… sin embargo escogieron el tortuoso camino, para suerte nuestra. Algunos unen a su trabajo la inteligencia, la constancia y la suerte, y construyen un emporio de proporciones gigantescas de la nada (de los que tenemos en las islas algunos ejemplos), ofrecen puestos de trabajo y sus productos como servicio al resto de los ciudadanos. Pues no se preocupen, siempre habrá algún crítico sindicalista o “ecolojeta” que considerará que se han hecho ricos “engrasando la maquinaria capitalista con la sangre del trabajador (Hommer Simpson dixit)”. Para estos es mucho más digno ser ricos por provenir de familias nobles, porque nos toque la lotería o porque vayamos a algún programa a vender nuestras vísceras tipo “Gran Hermano”. Hablan de dignificar el trabajo, cuando lo que hacen es denigrarlo con su concepción pacata del mismo. Si por ellos fuera todavía andaríamos en la tribu, con el taparrabos, dedicados al libre fornicio (bueno, esta parte no estaría tan mal) y reduciendo nuestras relaciones comerciales al trueque.
El emprededor no sólo nos ha mejorado la vida, sino que ha procurado grandes avances a la sociedad y al tercer mundo. Una de las bestias negras de la retroprogresía e izquierda cavernícola es Billy Gates. Hablan de él como un empresario sin principios, que tiene como objetivo nuestros bolsillos, haciendo a la sociedad dependiente de sus servicios y que al ofrecérnoslos, el muy obsceno, pretende ganar dinero con ello. No hay duda de que este hombre se ha vuelto uno de los más ricos del planeta con su política empresarial, pero veamos una serie de detalles: A principios de los ochenta prometió poner un ordenador en cada hogar. El desarrollo de un software fácil de utilizar por cualquiera era el principal obstáculo para popularizar la utilidad de los ordenadores. Invirtió en los mejores programadores y consiguió las primitivas versiones de Windows, que ya su competidor MacIntosh había también desarrollado pero con una pobre política comercial. Podemos decir que cumplió su promesa.
Hoy en día nuestra vida ha sido facilitada por los ordenadores. Nos molesta pagarles y por eso intentamos obtener todo gratis pirateándolo. Es cierto, como he leído por ahí, que para el español el talento no es un valor. Si yo tengo talento musical, de escritor o de director de cine, lo tengo que regalar, nada de intentar ganar dinero con él. El Gates tiene que regalar su talento. El software libre es la contra respuesta a Gates, pero solucionará los problemas de algún ingeniero en informática, porque por ahora, mis acercamientos al software libre me dan más problemas que soluciones. El software libre es como si mi camarero se levantará a las cinco de la mañana a ponerme café por el cariño que me tiene, o sea, vaya usted a buscarlo a la cama.
Mientras tanto, el Gates, con el desarrollo de sus utilidades baratas y fáciles de usar ha generalizado la comunicación en el tercer mundo. Gracias a Internet la misma información de la que yo dispongo la tendría un habitante de Alto Volta (¿existe?) en un recóndito lugar de la selva si allí llegara la conexión de teléfono. Les sorprendería la cantidad de cybers que existen en países donde ni siquiera las carreteras tienen piche. Cuando el ministro Caldera habla de “papeles para todos”, sepan que en Burkina Faso (de nuevo ¿existe?), sus habitantes obtienen la información como en la CNN: “está pasando, lo están viendo”, animándolos a la aventura suicida de los cayucos (yo también lo haría). Considero que no hay ninguna ONG en el planeta que haya hecho más por los pobres que Microsoft, estrechando las diferencias en muchos aspectos de los países pobres y desarrollados.
El dueño se ha dedicado a seguir invirtiendo en su empresa y a proporcionarnos más servicios, de tal forma que hoy son una necesidad. Algunos consideran que nos ha hecho dependientes de sus servicios, y lo tachan de demonio. Somos dependientes del ordenador y su sistema, pero también del café, y a nadie se le ocurre acusar de prácticas comerciales fraudulentas a mi camarero.

 

 

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