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07/01/2007 - José Ramón Arévalo Sierra
¡Ay torito guapo!

¡Ay torito guapo!
Nueva envestida (y nunca mejor dicho) de la alianza de civilizaciones y progresía en general… esta vez contra la fiesta nacional. Han interpretado de forma simplista la situación: nosotros somos de izquierda, no nos gusta la fiesta nacional, por tanto la fiesta nacional es de derecha, o sea, algo malo a eliminar. El sectarismo con el que están gobernando dará lugar a una de las páginas lúgubres de España que no creo que la historia vaya a absolver.
Yo si les digo la verdad, pienso que lo que no les gusta de la fiesta son varios aspectos indirectos que les recuerdan todo lo que ellos odian. A ver, el primero es el hecho de llamarse “Nacional”. En fin, algo de España, por ende no puede ser más que malo y objetivo a atacar por medio de decretos, leyes u ordenanzas con sus alcaldes. Si tirar el cabrito de lo alto del campanario fuera una fiesta de la nación con minúsculas catalana o de las Vascongadas, no sería motivo de preocupación, es más, alguna de las ministras de cuota ya habría peregrinado por la comisión Europea, por la corte de Estrasburgo o por el mismísimo tribunal de la Haya para que dicha fiesta se respetará como un hecho diferencial, argumentaría de mil maneras para que fuese elegida como patrimonio de la humanidad o que se le entregará algún diploma Europeo o de la UNESCO. O sea, que el bicho, como ven, importa poco. Son todos los aspectos indirectos los que marcan la política, y ya se sabe, que en política, las casualidades no existen.
El otro punto que yo creo que levanta animadversión a la progresía sobre la fiesta nacional puede ser el hecho de que en el fondo es una representación del liberalismo económico. El torero (y esto también se repite en el boxeo, otro de los objetivos a tumbar de la progresía) se lanza a esa figura geométrica donde se encuentra sólo, el círculo (el boxeador en el cuadrilátero). Una vez en ella, está abandonado frente a su destino… Nadie le va a poder ayudar, que no se ponga a pedir ninguna subvención de ayuda al Estado… sólo él y el honorado animal se enfrentarán para escribir una epopeya o una tarde más de esta España. El y su trabajo marcarán que es lo que va a suceder, y no importa de donde vienen ni quienes fueron sus padres, ni cual es su origen… El torero no pide nada, sólo libertad para torear, y sólo el esfuerzo personal marca el éxito o la derrota, llevado a la máxima con el “madre, o te visto de luto o te compro un chalet” como corolario de lo que podría ser trágico destino de una elección personal. A mi siempre me ha parecido eso, que el toreo como el boxeo son unas metáforas del liberalismo.
Hasta ahora me he centrado en los humanos, pero si aplicamos la empatía y nos ponemos en el lugar del animal y pensáramos que el animal tiene cualidades humanas como el sufrimiento, la conciencia, el dolor, etc… (ya se que desde el punto de vista de la Etología no es posible), el acabar con la fiesta nacional significaría varias cosas: por ejemplo, la desaparición del toro de lidia. Nadie se va a dedicar a criar toros durante cuatro o cinco años de tan bella estampa para dedicarlos a espectáculos circenses, con una vaquilla de pueblo sería más que suficiente. Vamos, que para los defensores de la naturaleza se nos plantearía un problema de peligro de extinción de una variedad que si merecería cualquier esfuerzo en proteger, porque pocos animales representan más la perfección que un toro de lidia, como el culmen de la evolución. Y desde un punto de vista menos esotérico: el toro pasa cinco años de su vida viviendo como un señor en unos pastos más que suficientes y saludables, y terminará su vida en el ruedo, junto al citado torero que se enfrenta a su destino. Luego, la carne de ese bravo animal se venderá a precio de oro y consumida con veneración y dignificado en los ambientes taurinos. Final más que digno, sobre todo teniendo en cuenta que la alternativa es vivir encerrado entre cuatro barras de hierro durante años, comiendo piensos artificiales, hormonas y antibióticos y morir de un chispazo eléctrico en la cabeza. La progresía no ha dicho nada de las granjas de ganado vacuno, posiblemente porque se llaman tan sólo vaquerías. Si se llamarán “Vaquerías Españolas”, vaya, ahora si que habrían aplicado todo su arsenal contra tal actividad.
Me voy a sincerar con todos ustedes. Decirles que nunca he asistido a una corrida de toros (ni siquiera a un combate de boxeo, lo más parecido que he visto es la película Rocky). Alguna faena de las que quedan enmarcadas en la historia las he visto en video: Curro Romero, tarde de mayo de 1966, Sevilla. Esa faena histórica, donde el arte es pura esencia, con un Curro clavado en el centro del ruedo y unos toros enviados del cielo para aliarse con él y sus prodigiosos giros de muñeca y genuflexiones imposibles, convirtiendo cualquier sufrimiento en una justificación, porque implicaría el sufrimiento del nacimiento de la obra de un artista. Ruego a retroprogres que la visualicen y opinen sobre la fiesta de los toros luego. Si no se convencen, pues nada, les regalaré un Cd comprado en el top manta del Fary: ¡ayyyy, vaya toritooo, ay torito guapoooo, tiene botines y no va descalzo…! Así lo quieren dejar ellos, descalzo por españolazo.

 

 

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