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21/12/2006 - José Ramón Arévalo Sierra
Banderitas de colores

Banderitas de colores
El análisis más profundo del cambio que se produjo después del 14 de marzo de 2004 lo reflejo el gran estadista Jordi Pujol en una sola frase y que a la larga fue confirmada “Ya está bien eso de que el Estado español vaya por ahí con esos delirios de grandeza de gran país”. Estaba en lo cierto, por primera vez en la historia, España, con errores o sin ellos, había pasado de una posición de país bananero no alineado (o sumiso a las decisiones de otros) a un país que tomaba sus propias decisiones a nivel internacional sin ningún complejo. Francia y Alemania habían visto en cierto modo una amenaza en esta España en continúo crecimiento económico y poblacional, que junto a Polonia podía debilitar el eje París-Bonn. Empezaba el camino para salir del agujero al que la habían recluido tantos siglos de gobiernos y dictaduras que nunca creyeron o confiaron en su potencial. De todas formas, lo que el gran estadista verdaderamente quería decir es que España a lo suyo, al cutrerio, al fandango y los aspectos frívolos de la vida. Y el gobierno entrante le hizo caso: alineación con Corea del Norte, Mongolia y Turquía, las grandes potencias (se me olvida Bolivia) entre muchas otras cosas.
Obviamente, la retroprogresia ha ganado esa batalla (para gusto del nacionalismo aldeano, asambleas y antisistemas) y ha logrado que relacionemos la idea de España con todo lo malo que nos ocurre, haciéndonoslos pensar desde que nacemos. La victoria más importante de todas: relacionar el concepto de España con la derecha o ultraderecha, o más exitoso aún, con Franco. Esto debería ser motivo de estudios por psicólogos o sociólogos, porque creo que se debe dar en pocos países del planeta una tendencia a considerar al país como algo malo que hay que eliminar.
Hasta el centro derecha mantuvo lejos de sus discursos o sus actuaciones la idea de España. El producto no vendía, por lo tanto al cajón, y todos a empezar a utilizar snobismos como Estado Español, ciudadanía, etc…
Lleva un tiempo el centro-derecha sacudiéndose los complejos, y hemos podido percibirlo sobre todo a través de algunos gestos que como dice el Rey, a algunos pocos “nos llenan de satisfacción”. No es que se haya puesto marcha atrás al desprestigio, pero si al menos ha tenido un parón. Ello lo podemos ver a través de la colocación de banderas en el centro de las ciudades, como elementos arquitectónicos que tan sólo quieren reflejar la presencia del estado, y que este es además España. Cualquiera que haya viajado por cualquier país del mundo encontrará en la bandera un elemento de reconocimiento a su llegada a los mismos, lo anómalo sería no encontrar esas banderas. El simbolismo de la bandera no es baladí… en el caso español significa que estamos bajo un estado de derecho y con unas garantías constitucionales, que detrás de la bandera debiera haber un gobierno dispuestos a defenderlas, que de verdad pensara que las decisiones que se han tomado para que exista este estado de derecho son dignas de defenderlas, incluso militarmente. Da cierta seguridad pasear y ver esa presencia, y que ningún otro la va a suplantar. Cuando la presencia del estado desaparece, otros toman las riendas, y estos suelen ser mafias o sátrapas terroristas izquierdosos. Es bueno tener una seguridad de que eso no nos pasará a nosotros.
Es cierto que la bandera es tan sólo un trapo de colores, y que por tanto no tiene más valor que el simbólico, pero parece ser que el trapo de colores es sólo la rojigualda, porque los nacionalistas no pierden ocasión de aparecer envueltos en sus correspondientes banderas cada vez que pueden y en cualquier acto, dándoles a sus trapos de colores un valor supremo o sobrenatural. Con gran regocijo, así van cargados con ellas a bautizos, entierros, comuniones, etc… Restregándonos sus hechos diferenciales cada vez que pueden, la mayoría de ellos inventados. Eliminan la bandera y el nombre de España de sus libros de textos para adoctrinamiento de niños (el país vecino le llaman, o sencillamente lo ignoran).
¿Han vistos los canario-venezolanos retornados a las islas lo orgullosos que colocan sus banderas en los vehículos? Si yo colocará la bandera española en el mío, bueno lo de facha sería lo más bonito que me podría decir (curiosamente espetado posiblemente por los verdaderos fascistas de nuestra sociedad, porque el fascismos, si lo analizan bien, es de izquierdas) ¿Alguien se imagina a algún jugador argentino que cuando se coloca la albiceleste no le arda el escudo en el pecho?
Creo que España ha recorrido un camino hacia el estado de derecho, una constitución que respeta en gran grado las decisiones individuales, la igualdad de los individuos y cierta seguridad jurídica, y además con respeto internacional. Debería ser un motivo para sentir cierto orgullo por ello (independientemente de quién este en el gobierno), pero aún espero el día, en el que alguien grite “Viva España” y los elementos fascitoides no le llamen facha.

 

 

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