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22/11/2006 - José Francisco Fernández Belda
La justicia, esa señora insensible

VIVIENDO EN SAN BORONDÓN

La justicia, esa señora insensible

José Fco. Fernández Belda

Dice el Diccionario de la Lengua Española, no sé exactamente lo que pudiera leerse en el de la lengua castellana, que Justicia es una de las cuatro virtudes cardinales, que inclina a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece. Aunque tal vez urge cambiar la definición de esa palabra en estos tiempos donde reina el relativismo moral en todos los ámbitos sociales y económicos y cuando altos dirigentes políticos piden a los jueces que adecuen sus sentencias al mayor interés (electoral) público. O que directamente la administración de justicia archive, posponga o se tome el tiempo necesario para estudiar concienzudamente los asuntos.
Y al igual que para los entierros existía una cruz grande y otra chiquita, existe en la práctica cotidiana real, aunque los textos legales se empeñen en negar la evidencia, por lo menos dos formas distintas de administrar justicia según sea el justiciable. Una forma firme y ejemplarizante para el robagallinas o el político caído en desgracia, al que se le aplica todo el peso de una señora que se pinta gordita para que se note el efecto de la gravedad, y otra débil, sumisa, estilizada y algo casquivana, que luce bella y ciega para no ver cómo y quienes la violan, para los personajes poderosos social o económicamente.

Si fuera verdad esa definición de justicia del diccionario, al menos hay dos situaciones que resultan escandalosas para el común de los ciudadanos y siembran la sospecha de parcialidad sobre todo el sistema a la hora de dar a cada uno lo que le corresponde, en función de sus pro-pios actos. Un primer supuesto es el de haber cumplido con un cúmulo de cautelas legalistas para que los tribunales acepten el caso. No importa que haya pruebas evidentes de culpabilidad, es imprescindible que estas se hayan obtenido de una determinada forma. Casos escandalosos relacionados con escuchas telefónicas se están viendo en estos días y en base a eso se pide la anulación de las actuaciones, impunidad para el presunto culpable diría yo. No importa el delito, importa la forma de probarlo. Y como siempre hay quien prefiere el fariseísmo a la justicia, no se está aceptando aquí que se atente contra los derechos del hombre barra mujer, ni de aplicar la tortura a nadie sino de usar el sentido común, en estos casos en franca confrontación con algunas de las prevenciones legalistas.

El segundo caso que niega el valor de la Justicia es la invocación de la prescripción de los delitos, con plazos muy inferiores a los que el mismo aparato montado para su administración se adjudica a sí misma para resolver los asuntos. Quizás sea porque antes la Justicia era, además de una cuestión meramente civil, un valor moral y una virtud teologal y ahora corren vientos laicistas. Como ejemplo en este sentido, hace unos días declaraba Francisco Aureliano Santia-go Castellano, ex alcalde de Telde (o como dice el maestro de periodistas Pepe Alemán, el alcalde mancomunado porque con ese nombre parecen mayormente cuatro), que después de 21 años esperando que se celebre un juicio prefiere una sentencia, aunque sea condenatoria, que una inhibición por prescripción. Tal vez quien haya estudiado Derecho pueda entender y hasta justificar estos procedimientos judiciales, pero él, como víctima de un sistema que lo ha tenido en entredicho, ni cualquier persona sensata con él, alcanza a entenderlo y aceptarlo como humano y democrático. ¿Es que se puede realmente creer que un ciudadano reciba justicia o pague una culpa sólo por la habilidad de los letrados? Bueno, a mi entender, no se debe, aun-que evidentemente se puede. Y este es un ejemplo entre otros muchos, seguramente pequeñito e insignificante para tanta gente vestida solemnemente de negro, pero gigantesco para él. Es su caso y es su vida. Y tal vez pueda ser nuestro caso mañana. ¡Lagarto, lagarto!

 

 

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