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18/10/2006 - José Francisco Fernández Belda
Volver o no volver, esa es la cuestión

Viviendo en San Borondón

Volver o no volver, esa es la cuestión
José Fco. Fernández Belda

Es evidente que el grave asunto de la inmigración o de la emigración, según de que lado del problema se analice, preocupa grandemente tanto a las sociedades más desarrolladas, entre otras la española, como también a la sudamericana, marroquí o a la senegalesa, por poner sólo unos casos. Las naciones receptoras de emigrantes, ocupadas en controlar los flujos migratorios y en como posibilitar una adecuada integración y la asimilación cultural y social. Por el contrario, los dirigentes más responsables en los países de origen, preocupados viendo ven como se marchan las personas más cualificadas, hipotecando el futuro por falta de capital humano, aunque a corto plazo alivien la presión social y la miseria económica mejorando sus economías con las remesas de los emigrantes. Eso mismo pasó en España en su momento.

Es de suponer que la mayoría de las gentes que eligen la emigración para sobrevivir no desean abandonar su casa, su familia, sus amigos y sus raíces para ir a tierras extrañas en busca de la fortuna que su propia tierra les niega. No ven futuro, ni presente, en el sistema económico y social donde han sobrevivido hasta ese momento, siempre tutelado por unos caciques locales más o menos corruptos, que desde este lado de la civilización nos empeñamos en asimilar a políticos cuasi democráticos porque una vez cada equis años les permiten poner un papelito en una urna. Y esto también ocurre en países que sin razón clasificamos como ricos porque tienen recursos naturales, materias primas en abundancia y además vemos a sus mandatarios alojarse, sin el más mínimo pudor, en Hoteles Ritz o tienen casa en Marbella o en la Costa Azul.

Simplificando el problema, puede decirse que hay dos grandes grupos de emigrantes, vistos desde la sociedad que los acoge. Uno de ellos es el de los que quieren romper definitivamente con su pasado, olvidarlo y enterrarlo para siempre en el fondo del infierno. No piensan en ningún momento en retornar. El segundo grupo lo forman los que piensan que su situación actual es pasajera y sueñan con volver a sus terruños para vivir después allí como nuevos ricos, con la secreta satisfacción de verse entonces respetados, admirados y envidiados por aquellos mismos que le empujaron a emigrar. Sienten una mezcla de orgullo y rencor, que muchos no logran asimilar y puede empujarlos a transformarse en aquello mismo que odiaron en su juventud. El gallo nunca se acuerda cuando fue pollo, dice un refrán ancestral.

En general todos intentan integrarse en su nuevo hábitat, pero de forma distinta. Unos tratan de asimilar la cultura y los valores de la sociedad en que ahora se encuentran, procurando mimetizarse con el entorno social lo más posible. Pero hay otros que, aún no pensando retornar, si no logran satisfacer sus esperanzas a corto plazo pueden querer disimular y desviar esa frustración canalizándola a través de una exacerbación de sus odiados valores originales. En vez de cultivar todo aquello que une, potencian las diferencias. Y lo peor para ellos es que esta actitud, realmente disgregante y marginadora sin remedio, es apoyada y justificada por alguna ONG o algún grupo de caritativos bien pensantes, que dicen querer ayudarlos bajo la bandera de una falaz multiculturalidad mal entendida. El psiquiatra Luis Rojas Marcos tiene un excelente libro, La semilla de la violencia, donde analiza este problema en relación con los latinos, el llamado poder negro en Nueva York o los variados y emergentes “orgullos”. O como escribe acertadamente Giovanni Sartori en su libro La sociedad multiétnica, al hablar de tolerancia y pluralismo: “la diferencia está en que la tolerancia respeta valores ajenos, mientras que el pluralismo afirma un valor propio”.

Volver o no volver, esa es la cuestión (y 2)
José Fco. Fernández Belda

Analizando los fenómenos migratorios en Europa, o en los EEUU, en el último siglo puede comprobarse como han desembarcado en estos países los dos tipos de emigrantes a que se hacía referencia en la primera parte de este artículo: los que pensaban quedarse para siempre y los que soñaban con retornar algún día a su tierra de partida.

Los primeros venían dispuestos a trabajar y a forjarse un futuro para él y, sobre todo, para su mujer y sus hijos. Eran capaces de soportar casi todo si veían la posibilidad de que sus hijos llegarían a ser ciudadanos de pleno derecho, con oportunidades y futuro en esa tierra que ahora les acogía. Casi todos sentían que su nueva vida, por penosa que fuera o pareciera, era infinito mejor que el mundo aterrador que habían dejado atrás, aunque a veces se veían atrapados en guetos donde sus propios compatriotas se empeñaban en reproducir el estilo de vida que dejaron atrás. Para ejemplos, los barrios chinos, afro americanos, latinos, etc., que visualizan con claridad el modelo de la anti-integración. En el caso de los latinos en Norteamérica, por poner sólo un ejemplo, el desencuentro con la nueva cultura se agrava con el uso del spanglish, esa jerga inútil y alienante, que condena a la marginación a sus hablantes.

Pero aquel espíritu de lucha y afán de superación de los que llegaron primero, no es siempre un valor que hereden sus descendientes. El estallido de violencia callejera en Francia durante el verano pasado es un buen ejemplo de lo que podría suceder en cualquier lugar receptor de emigrantes con otros valores sociales si no se produce la integración y la asimilación cultural en la segunda o tercera generación.

En relación con el otro tipo de emigrantes, los que desean retornar a sus raíces, cuando vuelven a su terruño, lo hacen cargados con sus pertenencias y con sus experiencias de todo tipo. Algunos vivirán de las rentas el resto de sus días, pero otros, sospecho que los más, montarán negocios que obliguen a los que se quedaron a admirarlos y para asegurar a sus descendientes un cierto nivel de prosperidad. Esa nueva clase media, casi sin quererlo, va difundiendo los nuevos valores sociales que ha traído consigo. Por la imperiosa necesidad de ser breve, sólo una pincelada sobre un peculiar fenómeno social que se vivió en España con el retorno masivo de las personas que habían emigrado a la Europa democrática. Salieron con lo puesto, pero cargados con los prejuicios, valores e ideas políticas y religiosas en las que se criaron, y volvieron con otras nuevas, radiantes, explosivas y poco compatibles con las que propugnaba la dictadura reinante. En paralelo, aquí se habían iniciado ya los Planes de Desarrollo, y una cosa se sumó a la otra. Estoy convencido que la peculiar transición a la española fue posible, entre otras muchas cosas, por este fenómeno. La democracia no llegó a España de la mano de los partidos políticos sino de esa sociedad en desarrollo y con esa nueva burguesía que sentía como propia la canción del grupo Jarcha, Libertad sin ira: guárdate tu miedo y tu ira, porque hay libertad, como repetía machaconamente el estribillo.

Y si fuera verdad que las cosas funcionan de la forma descrita, al menos en parte, pronto veremos cambios políticos, económicos y sociales importantes en nuestro vecino Marruecos, cuando muchos de sus emigrantes comiencen a retornar y, por su propio interés, utilicen sus conocimientos y riquezas importadas en el desarrollo de nuevas actividades económicas en áreas tales como la producción y distribución de alimentos, servicios navales y aéreos, turismo y comercio, etc. que ellos mismos aprendieron allá a donde fueron. Y eso, de una u otra forma, nos afectará a los canarios como pueblo. O lo entendemos y nos preparamos, o el tren expreso del imparable futuro nos arrollará.

 

 

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