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18/07/2006 - Alberto Mansueti
Homoestatismo

Homoestatismo:

¿CASAMIENTO HOMOSEXUAL, ESTATAL O CONTRACTUAL?

Por la privatización del matrimonio




Alberto Mansueti
Maracaibo, Julio de 2006



Algunos se creen ultraliberales porque apoyan el matrimonio homosexual. Pero no son liberales; son ultraestatistas. Defienden estos supuestos liberales la presente regulación estatal del matrimonio, alterando sólo uno de sus contenidos, a fin de que Papá-Estado conceda ahora su permiso para contraer matrimonio “civil” (léase estatal) no sólo a las parejas heterosexuales sino también a las homosexuales. (Pronto será también para los tríos sexuales, ¿por qué no?) Pero la pregunta es: ¿quién ha dicho que para casarse se pida permiso al Gobierno?



El matrimonio y los liberales

¿Qué es el matrimonio civil? En Latinoamérica, en el siglo XIX hubo feroz pelea por el poder y las jurisdicciones entre la Iglesia católica y el Estado “liberal” (¿?) Aquel Estado le dijo a aquella Iglesia: “Tú no tienes el derecho de casar o no a la gente”, y de seguidas se dio ese derecho a sí mismo. Y la gente aceptó el tener que pedirle permiso al Estado para casarse; y así es desde entonces: el matrimonio con licencia estatal, hecho por los Gobiernos a través de sus personeros los funcionarios públicos.

Eso no es liberal, es el intervencionismo a ultranza en la vida de las personas llegando a la intimidad. Es demasiado. Aunque desde siempre los Gobiernos abrigaron pretensiones de estatizar el matrimonio, si bien declarando propósitos diversos y hasta opuestos: en Roma el emperador Augusto lo decretó obligatorio, con fines natalistas; Mussolini y Hitler lo seguirían siglos después. Pero en China, con fines antinatalistas, el emperador Mao decretó “un hijo por matrimonio”. Y de paso, que conste: este decreto criminógeno que estimula las matanzas de recién nacidos -niñas principalmente- aún rige en China, país que los seudoliberales nos dicen que se está liberalizando (¿?) En cuanto al matrimonio homosexual, es lo mismo: hasta ahora el Estado nos dijo que era inmoral, y ahora nos dice que no. Pero ¿es el Estado nuestro guía y tutor moral? ¿Es su función decirnos lo que es bueno o malo? Ultraconservadores y socialistas creen que sí, pese a todos los vaivenes en las opiniones de los Gobiernos.

¿Qué defendemos en cambio los liberales de verdad? Todo lo contrario: que para casarse no haya que pedir permiso a Papá-Estado. Defendemos el matrimonio contractual -como ha sido tendencia natural, histórica, y racional- por oposición al matrimonio estatal. Desestatizar el matrimonio. Para todos por igual, homosexuales o no.


Lo bueno, lo malo y lo obligatorio

Lo típicamente liberal es la distinción cuidadosa entre Derecho y Moral; la defensa de la persona humana individual como fuente de Derecho aparte de los Gobiernos -defensa del contrato privado frente a la ley del Estado-, y la negativa a tener al Estado por mejor juez de Moral. Los principios y normas fundamentales son estas dos: no todo lo malo ha de ser prohibido ni todo lo bueno ser obligatorio; ni todas las normas y obligaciones han de venirnos de las autoridades civiles. Lo antiliberal es lo diametralmente contrario: lo malo ha de prohibirse y lo bueno ser obligatorio, decidiendo Gobiernos y Parlamentos lo que es malo o bueno, y con monopolio de la producción de normas y obligaciones.

Los estatistas quieren prohibirnos todo lo que ellos ven malo o es malo, p. ej. drogas, con interdicciones legales que no resuelven el problema sino que lo agravan y multiplican. Y pretenden obligarnos a todo lo bueno o que ellos ven bueno, p.ej. redistribución de la riqueza, con impuestos progresivos y confiscatorios, y con inflación y “Estado de Bienestar Social”, que arruinan la economía. E igual con la enseñanza elemental obligatoria, el seguro social obligatorio, la vacunación obligatoria. Así la calidad de la educación se degrada, el Seguro Social quiebra, y las vacunas tienen efectos secundarios; pero todo es obligatorio, desde los condones escolares hasta la integración racial y de género (cuotas femeninas). Sin discusión.

Los liberales en cambio no buscamos prohibir la homosexualidad, pero tampoco que los Gobiernos ahora la eleven a categoría de buen ejemplo. Y advertimos: mucho cuidado con esa agenda estatista homosexual que persigue esa supuesta “homofobia” (¿?) Es peligrosa: un día, sin discusión, pueden decretar el homosexualismo rigurosamente obligatorio y a todos nos van a …, sí, eso (¿me explico?), y por la fuerza, a la brava, estilo César Augusto y Mao-Ze-Dong.


Homosexualidad

Hay distintas opiniones. La PC (política correcta) pretende que se “destape” porque es novedosa y progresista. Algo “chic”, un refinamiento.

Pues la homosexualidad no es novedosa. Vea Ud. cualquier fuente confiable sobre historia de Grecia y Roma antiguas: los emperadores se exhibían con amantes de ambos sexos, en actos, fiestas y celebraciones orgiástico-religiosas paganas, estilo Alejandro el Grande y su célebre Bagoas. Y muchos ricos y famosos de entonces los imitaban. Y antes de eso, tenemos los casos de Egipto y Persia. Y la Biblia nos cuenta de Sodoma y Gomorra, pero mejor dejemos ese punto para no escandalizar a la progresía.

Pero es que la homosexualidad tampoco es progresista: averigue Ud. bien por favor las razones de la decadencia de Grecia, y de la caída del Imperio Romano. La homosexualidad reviste en el amplio catálogo de las conductas notablemente primitivas y salvajes (y es muy cierto que la hay en el mundo animal). Como otras muchas costumbres incivilizadas de la Antigüedad pagana, repase Ud. por favor: la esclavitud; el derecho de vida o muerte sobre las esposas, los hijos y los esclavos; la eugenesia y la eutanasia, con aborto, infanticidio -de las hijas sobre todo- y liquidación de inválidos; el totalitarismo político en todas sus formas; la conquista y cruel sometimiento de pueblos considerados racialmente inferiores; la tortura a los procesados judiciales para hacerles confesar; las comilonas y borracheras públicas a cargo del erario fiscal; y los espectáculos de Circo (también a cuenta del Fisco) con gladiadores combatiendo a fieras y fieras comiendo gente. ¿Son estos “adelantos” y refinamientos los propios de las exquisitas civilizaciones antiguas?

De Nerón a Hitler, la permisividad sexual en las sociedades ha ido muy de la mano con el totalitarismo en los Gobiernos. Y con el paganismo. Y ahora, cuando los neosalvajes amenazan, restringen y quitan en todas partes las libertades políticas, económicas y de pensamiento, estimulan la permisividad sexual. No es casual.

Pero en fin, hay gente que piensa de otra forma. Y por supuesto que es salvaje perseguir a quien piensa de otra forma, caso de cristianos sirviendo de comida a los leones y espectáculo a los antiguos romanos, o de homosexuales. Y de esa muy mala costumbre se nos acusa mucho a los cristianos, y se nos recuerdan las Cruzadas y la Inquisición.


El cristianismo

Pero hoy tenemos una muy intolerante y agresiva inquisición PC. Y una cruzada global anticristiana -y harto repaganizante- en los tres frentes: ideológico -guerras culturales-, político y militar. Se denigra del cristianismo, y bien viene para ello la “homofobia”. ¿Cuál es la realidad?

Que desde muy temprano el cristianismo presentó objeciones, reparos o rotundas negativas a las conductas primitivas inmorales, de griegos, romanos o bárbaros, incluyendo la homosexualidad. Es muy cierto. Por eso existió Occidente: una civilización cristiana, superior, hecha de matrices y aportes judíos, griegos, romanos y bárbaros. Porque lo bueno y noble del mundo clásico y su cultura -no lo malo- fue preservado en los monasterios, y después en las Universidades.

Y cierto que las Iglesias llevaron por siglos registro de matrimonios; como de nacimientos y defunciones. Es muy cierto también. Pero el matrimonio cristiano era y es un contrato, celebrado entre los contrayentes, ante Dios, y pidiendo Su bendición. Hasta hoy la Iglesia católica -y otras con sacramentos- declaran que los ministros del matrimonio son ambos prometidos, no el sacerdote, quien sólo preside la asamblea (“Ecclesia”) de creyentes, ante la cual -como funcionario privado- comprueba y testifica que la unión es libremente concertada por personas capaces de formular los votos. Eso es un contrato. ¿Qué son los votos? Promesas que ambos contratantes se intercambian. El sacerdote no es parte. ¡Y menos el Gobierno!

Esa es la concepción cristiana. Aparte las deformaciones históricas sufridas, desde el punto de vista político -aparte la Teología involucrada- es un concepto privado, contractual y liberal del matrimonio. Y es así porque en pasaje alguno de la Biblia se ordena o da derecho al Gobierno civil para consagrar matrimonios o requerir licencia estatal para casarse, ni hay fundamento alguno escritural para esa tal pretensión. El matrimonio es una institución bíblicamente anterior al Gobierno humano y por ende privada, como lo son la familia, el trabajo y la empresa productiva, la Iglesia, la educación y la escuela; y la Biblia es un documento destinado, entre otros fines, a poner sus límites a los Gobiernos. Y eso no cambia, aunque pase de moda.


Matrimonio y escuela

Es antiescritural, no cristiano -y un tanto ridículo- que un Ministro religioso pida a los contrayentes la licencia estatal como requisito para la celebración del matrimonio cristiano como Dios manda. Eso es poner al Gobierno antes y por encima de Dios. Inaceptable.

Y tan antiescritural, no cristiano e inaceptable como el matrimonio estatal es la escuela estatal. Y sin fundamento esa pretensión de los ultraconservadores sobre oraciones y enseñanza religiosa en escuelas financiadas con impuestos. Todas las escuelas -religiosas o no- han de ser privadas. El problema es que demasiados cristianos desconocen el Cristianismo.


El matrimonio contractual y los cristianos

¿Cómo sería el matrimonio en una sociedad liberal? Privado. Contractual. El contrato social se registraría ante notario, escribano o registrador, como hoy hacemos con una compraventa o una sociedad comercial. Sus clásulas establecerían las condiciones pactadas para los hijos, los bienes, el futuro y las sucesiones y herencias. Y las causales de disolución de la sociedad, si la hubiere, o la indisolubilidad de la unión.

Claro, como hoy no existe eso, la gente se casa con todas las condiciones establecidas por el Estado: derechos y deberes, herencias, seguros y beneficios de pensión, etc. Por eso los homosexuales -no sin cierta lógica en este punto- alegan contra los Gobiernos que no reconocen sus uniones. Pero eso es por la estatización del matrimonio. No tiene que ser así. Reprivaticemos el matrimonio.

Los matrimonios privados serían hetero u homosexuales; a gusto de cada quien. Habría matrimonios de mujeres con varones y viceversa -como nos gusta a los cristianos y a los conservadores-; y de los otros. Y aparte, los matrimonios cristianos serían celebrados en las Iglesias -cada cual en la suya- según la Santa Escritura.


El matrimonio y la familia

El matrimonio privado sería lo mejor, sobre todo en sociedades cultural y espiritualmente divididas como las occidentales de hoy. Cada quien, no importa su preferencia en materia sexual o de religión, procedería de conformidad a su forma de pensar y ver las cosas, y sin que unos pretendan imponer sus convicciones a otros por la fuerza.

Claro, hablamos de “adultos con consentimiento”. ¿Pero qué pasaría con la familia? preguntan los ultraconservadores. Como si los Gobiernos fuesen diligentes defensores y garantes de la familia. Como si el Estado sin límites no fuese precisamente el gran destructor de la familia. El Estado proveedor “de Bienestar” es quien constantemente alienta el divorcio fácil, rápido y unilateral, con su propaganda feminista sobre “violencia doméstica” -presentando a los maridos y padres como abusadores, maltratadores, golpeadores y violadores-, y prometiendo ser mejor marido y padre. Que conste: la agenda feminista va muy ligada a la homosexual, ambas son estatistas y destacan en el contexto del pansexualismo.

La familia como institución tendría más y mejores probabilidades en una sociedad desestatizada, con el Estado y sus Gobiernos en sus límites naturales, sin pretender funciones propias de las sociedades privadas: familia, escuela, empresa, mercados, Iglesias. De hecho aproximadamente así fue en Occidente desde la Edad Media hasta el s. XIX.

Sin duda quedarían puntos a resolver, con mayor o menor flexibilidad. Veamos algunos. ¿Podrían tener y/o adoptar hijos legalmente las parejas homosexuales? Pero resulta que hoy una persona homosexual puede hacerlo cuando tiene cónyuge de sexo opuesto. Y lo hace. Aquí cabría cierta flexibilidad, a fin de cuentas está comprobado que los Gobiernos no son mejores padres que los padres biológicos o adoptivos -sean buenos, regulares o malos como padres-; ni pueden sustituir a los padres -los que sean- cuando no los hay a mano.

Otro punto es: ¿podrían casarse legalmente homosexuales siendo menores de edad o incapaces de dar consentimiento? No, en este punto no cabe flexibilidad, pero, ¿acaso hoy pueden? ¿Pueden comprar y vender un inmueble? No, no pueden, porque son incapaces.

En todas estas materias, con frecuencia tratadas en conjunto, el tema álgido e inevitable es el aborto. Y en ese punto sí que la flexibilidad no cabe, y es también inevitable una respuesta firme y rotundamente negativa. ¿Acaso la cirugía prenatal de hoy no corrige malformaciones en el embrión humano? Es comprobación indiscutible que es un ser humano, y su liquidación es asesinato. Aunque haya otras opiniones, que las hay. Pero más importante aún, hay una cuestión de fondo implicada. Abordemosla, para terminar.


Vamos al grano: ¿se puede ser liberal y cristiano?

Quienes creen que el homoestatismo es algo superliberal, suelen pensar que así nos ponen en aprieto a los liberales cristianos. Pero no, se puede ser ambas cosas, liberal y cristiano.

Aunque es difícil ser liberal, y ser cristiano tampoco es fácil. Separadamente. Ni una ni otra condición se hace más difícil por el mero hecho de ir juntas. Ni más fácil. Sobre todo hoy en día. Porque de hecho “liberalismo” es como el mundo llama desde 1812 (año de la Constitución de Cádiz) al tipo del Gobierno limitado, antes en inglés whiggism (non-conformism), y antes aún concepto bíblico -o judeocristiano- de Gobierno civil limitado, inseparable de los igualmente bíblicos conceptos de poder eclesiástico limitado, y de separación Iglesia-Estado.

Y aunque desafortunadamente la mayoría de los cristianos de hoy ignora estas cosas. Y la mayoría de los liberales. E ignoran que no se puede ser estatista y cristiano. ¿Por qué …? Por varias razones que un cristiano cabal debe saber:

Primero, hay realidades, cuyo conocimiento objetivo es la verdad. Lo cierto y lo falso es objetivo, como lo bueno y lo malo. Un cristiano es un realista filosófico. Y siendo algunas realidades fundamento de otras, y ciertas verdades objetivas fundamento de otras, es fundamentalista. Y siendo ciertos principios (fundamentales) claves para conocer fielmente la realidad y vivir la vida buena, es principista. Y uno de ellos es el ontológico: las realidades son lo que son, con independencia de lo que sobre ellas pensemos las personas o las mayorías. O los Gobiernos.

Segundo, Dios está por encima de los Gobiernos. Como realidad el Gobierno humano es limitado, por naturaleza y esencia. No es todopoderoso, aunque lo pretenda. Sólo Dios es Todopoderoso, por encima del Gobierno -aunque sea democrático- y también de la Iglesia.

Tercero, el cristiano como individuo bajo Dios también está por sobre el Gobierno y la Iglesia. Porque es responsable individual y directamente ante Dios por su vida hasta la muerte; y después de la muerte, en juicio, no de autoridades civiles o eclesiásticas. Es decir: un cristiano es un individualista acérrimo, adversario y resistente natural de toda colectivización y poder sobre la Tierra que aspire a pasar de sus límites.

Cuarto, Gobierno e Iglesia son instituciones puestas por Dios para fines muy diferentes. El Gobierno no es para ser mentor de las personas y guardián de la moral; es una simple agencia de seguridad colectiva, ministerio de Justicia pública –sustituto no siempre eficaz de la primitiva venganza privada- y contratista de obras viales y otras de interés común que es aconsejable pagar con impuestos. Nada más. Predicar y enseñar moralidad, amonestar y reprender es tarea irrenunciable de la Iglesia, pues no ha de ser con violencia. Es la Iglesia, no el Estado, quien debe tratar con adulterio, pornografía, juego, borracheras o drogas y otros negocios inmorales. Y familia. Y homosexualidad. Hoy las iglesias dejan muchas de sus funciones en manos del Estado; y este se ha recargado de tantas funciones impropias que es incapaz de cumplir siquiera las propias, y por eso el crimen toma el mando, como en Sao Paulo, Brasil.

Es este el concepto de los primeros escritores cristianos -Padres de la Iglesia, orientales y occidentales- que escribieron a Emperadores y público letrado para recordarles los límites del Estado. Y señalar las respectivas funciones y servicios del Gobierno Civil y de la Iglesia, ambos diseñados por Dios para hacerse mutuamente contrapeso y balance. Este es el concepto de Alberto el Grande y Tomás de Aquino, Jean Calvin, John Locke, Frederick Bastiat y tantos otros maestros cristianos de toda denominación y siglo. Es decir: un cristiano es un ultra liberal.



Una de las funciones más importantes de la Conferencia Liberal Hispanoamericana (CLH) es difundir estas enseñanzas sobre las raíces bíblicas, clásicas, hispanas y federalistas del liberalismo.


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