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18/07/2006 - José Francisco Fernández Belda
Los límites de la democracia

Viviendo en San Borondón
Los límites de la democracia
José Fco. Fernández Belda

Con éste mismo título, el profesor y Premio Nóbel de Economía del año 1974, Friedrich A. Hayek, pronunció unas más que interesantes conferencias tanto en Madrid como en Barcelona y Valencia, en la primavera del año 1976. Y tan actuales y bien elaboradas me parecen sus ideas, cuya lectura o relectura recomiendo a todo el mundo, que les pido permiso a los lectores para casi limitarme hoy a “cortar y pegar” algunas de sus frases, con un mínimo comentario personal por mi parte.

Con su voz autorizada dijo: “Resulta cada vez más alarmante advertir la creciente desilusión que tal forma de gobierno [la democracia] está produciendo entre las gentes, … Diríase que las disparatadas exigencias que hoy se hacen en su nombre han alcanzado extremos tales que el peligro de que llegue a producirse una seria reacción contra ella es algo que, como digo, no cabe ya descartar. Ahora bien, no es la primitiva concepción de este método de toma de decisiones políticas lo que hoy produce desconfianza, sino ciertas indeseadas adherencias que lo han distorsionado profundamente… Si, durante siglos, los esfuerzos de la humanidad se habían dirigido hacia la limitación del poder del gobernante –tal era la meta del constitucionalismo- súbitamente empezó a pensarse que el hecho de que el gobierno hubiera quedado sometido al control de la mayoría hacía innecesario mantener sobre él cualquier limitación, por lo que cabía abandonar impunemente todas las salvaguardias constitucionales hasta entonces erigidas”.

Y hoy, treinta años más tarde, a mi entender, siguen estando de plena actualidad las reflexiones que hacía Hayek sobre el deterioro del sistema de representación y la facultad para la toma de decisiones públicas que hemos depositado en la clase política profesional. Es clamoroso el hartazgo que produce la impunidad con que actúan muchos representantes públicos y cómo incumplen sus programas electorales, el contrato que un día suscribieron libremente con la ciudadanía. Es escandaloso la forma en que dilapidan los recursos de todos, que tanto trabajo ha costado al ciudadano ganar para poder después pagar. Y aún más frustrante, si es que ya puede quedar alguna gota de esa hiel estas alturas, es ver cómo el gobierno de turno le toma el pelo a la oposición, pleno tras pleno, sesión tras sesión, tanto en un pequeño municipio como en el ámbito del estado. Y ¿quién se atreve a acudir al amparo del poder judicial, si sabe que las causas se eternizarán entre expedientes, rollos y legajos? Y lo que es peor, el denunciante se verá acosado y perseguido por el político denunciado mediante el uso de aquel aforismo que dice que en asuntos de criterio la razón la tiene quien está en el ministerio.

Como bien dice el profesor Hayek, la moderna democracia “ilimitada” a la que hoy nos quieren llevar los políticos, es una parte importante del problema. No todo es votable, o en sus propias palabras: “una forma de gobierno en que la mayoría puede considerar cuestión pública, y por lo tanto sujeta a su control, cuanto se le antoje, es algo ciertamente abominable”. Es muy frecuente que mayorías parlamentarias coyunturales, obtenidas por mor de la aritmética electoral y no por afinidades ideológicas, convaliden decisiones de gobiernos multipartitos haciendo leyes a medida que las amparen olvidándose que la principal misión del parlamento es elaborar leyes generales, no disposiciones particulares, y perdiendo de vista también que el gobierno se debe al imperio de la ley y no a su libre voluntad, aunque se pretenda amparar en que es depositario de una supuesta voluntad popular. Pero hoy parece que es al revés o que legislativo y ejecutivo son uno, hasta que las urnas los separen.

Y en el caso de Canarias son patentes estas disfunciones tan sólo analizando cómo esta última legislatura ha pasado con más pena que gloria y, tal vez afortunadamente, pronto la cubrirá la pátina del olvido. Es tragicómico ver, en una tierra plagada de incertidumbres, cómo las discusiones sobre la reforma del Estatuto de Canarias parecen centrarse en que el grupo hegemónico hoy mandando, siga haciéndolo por siempre y los que aspiran al poder, tengan una oportunidad de darle la vuelta a la situación y ponerse ellos en lugar de los otros. Para conseguirlo no dudan en perpetuar un sistema que retuerce la representatividad y destruye la filosofía de que el voto de un ciudadano valga tanto como el de otro. Sólo hablan de pequeños retoques aritméticos y de incrementar el número de diputados, y de gasto, con una lista regional. Pero el problema de fondo no se aborda y a los ciudadanos se nos sigue marginando de las grandes decisiones que nos afectan. Sólo nos convocarán, ya lo sufriremos todos obligándonos a ver carteles con bustos sonrientes, a decir sí o no a un farragoso texto de miles de palabras, que por supuesto ni habremos leído ni habremos entendido si lo intentáramos. Y pensar que la Ley básica del cristianismo se basa en un texto con menos de doscientas palabras como son los Diez Mandamientos. ¡Cómo han cambiado las cosas desde que alguien situó el Paraíso Terrenal en Canarias! ¿Será fruto de un gobierno agnóstico o por lo menos laico?

 

 

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