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29/05/2006 - José Francisco Fernández Belda
Identidad y artesanía

Viviendo en san Borondón
Identidad y artesanía
José Fco. Fernández Belda

En casi todas las fiestas populares siguen colocándose ventorrillos. Parece que no hay fiesta sin el botellín, que por su tamaño reducido no transforma el jolgorio en botellón. Y la autóctona tapa de carajacas o la más europeo-americana hamburguesa o perrito caliente, todo ello adecuadamente regado por el pisco de ron o el tanganazo de whisky, de un buen proveedor de su Graciosa Majestad a ser posible, que por eso lo piden king size.

La multiculturalidad en el beber y el comer es cosa ya asumida por todos, gracias a Dios, como en otro tiempo lo fue -o al menos se hizo lo que se pudo- con el cerco y caza de la vikinga del norte frente al paseo trianero con nuestras muy recatadas jóvenes de antaño, hoy también transmutadas en gloriosas antigüedades, por ser amables y no decir ruinas. En esto si es de todo punto correcto decir que nos multiculturalizamos todos y todas, tanto desde el punto de vista de la corrección gramatical como de puesta al día de la demagogia politequera.

En esas fiestas populares también suele haber puestos intentando vender artesanía canaria, entremezclados con casetas que ofrecen también productos que quieren ser autóctonos, pero que sólo tienen de canarios el ser vendidos aquí. Junto al ídolo de Tara, es un decir, se vende un muñequito mexicano tocando un guitarrón. O un camello cargado de plátanos, como si eso fuera lo que era normal, lo típico y genuino de estas tierras. Si el camello es un animal más o menos lejano y los plátanos son propios de Canarias, islas exóticas, ¿por qué no va a tener un gran valor étnico y cultural la suma de los dos, el denominado camelloplátano? De todas formas, el guiri no lo sabe, y la inmensa mayoría de la población canaria tampoco. Estos son de las épocas del pelargón los más veteranos, del yogurt sin bífidus y otras porquerías añadidas cuyo sólo nombre debería aterrorizarnos los más puretones, y de los potitos y cajas de algo así como escamas de cereales, al menos eso dicen contener, los mucho más jóvenes.

Para mí, artesanía canaria no es únicamente aquello que reproduce lo que alguien afirma doctamente que hicieron los guanches o sus descendientes remotos. Artesanía es sinónimo de creatividad. Artesanal tampoco es un producto hecho de forma manual y mal acabado, sino algo elaborado por un maestro artesano que imprime en la pieza algún elemento simbólico o ilustrativo del alma de este pueblo, de su personalidad y forma de ser, tal vez del ayer y, ¡por qué no!, del hoy. Si refleja esta idea ¿qué importa cómo lo hizo, y qué materiales empleó?

Cuando alguien compra productos artesanos, bien lo haga como recuerdo o como elemento decorativo, con frecuencia no está interesado en adquirir el sudor y la sangre de una persona que trabaja hoy como lo haría un esclavo del siglo XVI o XVII, no le interesa cuantas horas dedicó o si lo confeccionó siguiendo patrones ancestrales. No le suele importar lo más mínimo si utilizó barro de Camboya o tierra de La Atalaya, si limó a mano o usó una herramienta eléctrica de ultimísima generación, incluso computarizada. Ni tampoco si el material es vieja madera o nuevo metacrilato. Suele mirar el diseño, la creatividad, el simbolismo y los dulces recuerdos y añoranzas placenteras que le puede evocar su contemplación en el salón de su casa, sobre el televisor, o sobre la chimenea encendida en pleno invierno si el que lo compró está pasando frío en las tierras del norte. En cualquier sitio del norte donde me ha contado mi buen amigo Alejo Guanipay que la felicidad habita.

Y es que, en este terreno de la artesanía, a mi entender, se confunden sistemáticamente muchas cosas, unas veces por despiste y otras así como despistando, para obtener alguna prebenda o subvención. La artesanía entendida como historia y etnología, el caso de la FEDAC, es cosa de museos, donde debe ser conservada, estudiada y comercializada como bien cultural con mayúsculas. Pertenece a un tiempo que pasó y que, en la función que esas técnicas cumplían, está felizmente superado. Pero ni los más recalcitrantes defensores de estas purezas y esencias parecen ver que en Canarias apenas se vende en los lugares donde parecería más lógico que se hiciera: en los museos. En ellos no hay ni tienda, y en los que la tienen, casi mejor es que no la hubiera. Por ejemplo, en el Museo Canario. Creo sinceramente que deberíamos aprender algo del Museo Británico, entre otros muchos, yendo más allí en vez de viajar tanto a República Dominicana, no muy claro si de forma oficial o privada, con la excusa de enseñarles turismo.

Otra forma de entender la artesanía es más como arte funcional. Si una persona crea algo que tiene una utilidad cotidiana se le dice que es un artesano y que su obra es un bello y tal vez bien diseñado objeto para uso diario. Pero si esa misma persona idea algo inútil para ser usado, entonces es un artista y ha creado un cuadro o una escultura, una obra de arte en suma. Y a veces esa sutil distinción puede llevar a la esquizofrenia. Por ejemplo ¿han visto esas especies de piedras raras que están en la “plaza” del edificio Woërman? Si se las considera esculturas, y por lo tanto arte, es una falta de respeto o una ignorantada sentarse en ellas. Pero si ustedes fueran capaces de verlas como bancos de piedra, lo que sus creadores dicen que son, entonces estos son artesanos y esos pedruscos son incómodos y poco funcionales asientos. Mejor sería que no nos obligaran a decidir y nos dejan dormir tranquilos, que actúen como acostumbran los políticos, ellos se lo comen y ellos se lo guisan. Bastaría poner un cartelito que diga: son asientos, no esculturas. O viceversa, ¡vaya usted a saber!

 

 

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