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13/05/2006 - CanariasLiberal.org
Reivindicación de la revolución

Publicado originalmente en Abc . Con autorización de su autor

Reivindicación de la revolución
Por GUILLERMO NÚÑEZ PÉREZ (*)

ESTAMOS acostumbrados a identificar el término revolución con acontecimientos que cambian de forma radical las pautas por las que se organiza la vida en sociedad. Bajo esta acepción, la revolución es un término que históricamente ha sido siempre patrimonio de la denominada izquierda política, o mejor, de las autodenominadas fuerzas de progreso, que se conforman en contraposición a las fuerzas reaccionarias o conservadoras que tratan de impedir cualquier cambio que ponga en cuestión el supuesto mundo de privilegios que éstas defienden. Bastaría con referirnos a acontecimientos históricos como la revolución leninista de 1917, la revolución castrista de 1959, o la revolución bolivariana de Hugo Chávez, para captar el poder iluminador que como consigna de actuación tiene esta acepción del término revolución entre los potenciales revolucionarios, esto es, los jóvenes. Téngase en cuenta, por demás, que por lo que se refiere a los jóvenes de nuestras sociedades del «bienestar», la consigna opera en un doble y peligroso sentido: como necesidad -sin duda autodestructiva- de cambio del «bienestar» alcanzado y disfrutado, por una entelequia disfrazada con el mensaje de lograr la consecución de un mundo mejor y más justo (¡viva la dictadura del proletariado!), y como referencia de solidaridad e identificación con los interesadamente llamados procesos de liberación que otros pueblos llevan a cabo frente al yugo imperialista representado por Estados Unidos y su alianza con el sionismo (Cuba, Palestina, Afganistán, Irak, Sahara...).

Es verdad que desaparecida la antigua Unión Soviética, gracias, entre otras cosas, a la acción conjunta, coordinada y persistente en el tiempo de los defensores de la libertad, los que pretenden patrimonializar el término revolución en la acepción antes señalada han perdido un punto de referencia fundamental. Sin embargo, resulta igualmente cierto que los protagonistas de esa magna victoria de la luz frente a la oscuridad, de la democracia frente a la tiranía, deberían de reivindicar con más énfasis el término revolución para expresar dicho acontecimiento histórico. En este sentido, líderes como Margaret Thatcher, Ronald Reagan o Juan Pablo II pasarán a la historia como auténticos revolucionarios que contribuyeron de manera decisiva al triunfo de la libertad y la justicia mediante la desaparición del sistema comunista en Europa. No son, en caso alguno, líderes de una supuesta «revolución conservadora» (cuya lectura no puede ser otra que la de líderes «contrarrevolucionarios» en lenguaje leninista-progresista), sino auténticos protagonistas en la lucha por la libertad, la democracia y la dignidad de los seres humanos.

Pero la revolución no sólo se identifica con la acepción hasta ahora indicada. Es más, es sólo en las sociedades libres donde la revolución despliega en sentido estricto todas sus potencialidades, pues en ellas, la revolución se identifica con el interés por el conocimiento (descubrimientos científicos y avances tecnológicos), el arte, la reflexión crítica, la consecución de la justicia, la paz y por la lucha incondicional a favor de la libertad del hombre. Por poner un simple ejemplo: ¿quiénes son los revolucionarios en Cuba? ¿Acaso los que mantienen en la cárcel o asesinan a aquellos que se atreven a disentir del «gobierno revolucionario» y defienden la libertad de expresión, asociación o libre circulación? Sobran los comentarios. Justificar la opresión y la atrocidad en nombre de la revolución sólo puede responder a la negación de la ética más elemental. Lo verdaderamente revolucionario no puede ser otra cosa que la denuncia permanente de un régimen político corrupto que ha transformado el siglo de las luces del que hablaba Alejo Carpentier en medio siglo de oscuridad e ignominia para el pueblo cubano y toda la humanidad.

Vivimos un tiempo en el que prolifera la información en términos cuantitativos y se reduce el discernimiento, y en el que el lenguaje continúa siendo un instrumento decisivo para enmascarar la realidad. Parece necesario, por consiguiente, comenzar a reivindicar el auténtico significado de las palabras, pues de ello depende en buena medida la defensa de la libertad y la propia democracia. Por ello, entiendo que es revolucionario afirmar que no es matrimonio la unión homosexual, y ello nada tiene que ver con la defensa de los derechos de los homosexuales; que el derecho a la enseñanza de la religión es un derecho constitucional que ha de ser respetado por el Gobierno, y ello nada tiene que ver con que España sea un Estado no confesional; que sólo existe una única nación, España, y ello nada tiene que ver con la pretensión de que una simple ley orgánica trate de ignorar esa realidad histórica; que no existe un proceso para negociar la paz en el País Vasco, sino para desarmar a una banda terrorista que sólo ha causado desolación y muerte; en fin, que la penúltima revolución en España se llevó a cabo en Asturias en 1934, con la pretensión de instaurar la avanzadilla de una futura España socialista al estilo soviético, y que la última revolución aconteció en 1978, sin violencia -salvo la de ETA y la practicada por el FRAP y otros grupos fascistas- y con el espíritu de consenso de unos excelentes diputados constituyentes que supieron plasmar unas reglas de convivencia que hasta el presente han ofrecido a los españoles el mejor cauce para plasmar su auténtico espíritu revolucionario.

La auténtica revolución que debemos reivindicar los demócratas es la que ha acontecido en este país a partir de la Constitución de 1978, siendo hora de empezar a calificar a los que propugnan la vuelta al pasado mediante la recuperación de la mal llamada «memoria histórica», el cuestionamiento de la Monarquía y la defensa de la España «plurinacional» como lo que auténticamente son: reaccionarios incapaces de discernir entre verdad y mentira.

(*) Catedrático de Derecho Financiero y Tributario de la Universidad de La Laguna

 

 

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