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02/04/2006 - José Francisco Fernández Belda
Competencia en los cielos

Competencia en los cielos


Si hay algo que funciona y hace funcionar al mundo, se quiera adornar como se pretenda, es la mano oculta del mercado. Y esa garra suele generar una sana competencia que beneficia al consumidor, el cual puede obtener de esta forma el mejor servicio posible por el precio que está dispuesto a pagar.

Los que viajan por necesidad o por placer, pagándolo de sus propios bolsillos y no por cuenta de la empresa o del Estado, se alegraron cuando se anunció que compañías aéreas de las llamadas de bajo coste estarían dispuestas a volar a Canarias si la estructura global de costes se lo permitía. Y el simple anuncio de que se estaban pensando en operar con más frecuencias de las que hoy ya tienen, parece haber sido el bálsamo de Fierabrás para que las aerolíneas regulares anuncien ofertas a la baja espectaculares. La noticia ha alegrado al sector turístico en general, aunque no demasiado al de las agencias de viajes.

Esas compañías, donde se puede volar barato, nacieron con la filosofía de aquilatar sus costes al máximo y aumentando su competitividad frente a las líneas regulares cambiando algunas costumbres establecidas en servicios auxiliares al propio vuelo como es el despacho de billetes, manejo de equipajes, catering y otros servicios comisionables a terceros. En otras palabras, intentan vender fundamentalmente lo que es el objeto de su actividad: trasladar a una persona de un sitio a otro. El resto, lo accesorio, que lo pague quien lo consume. ¿Recuerdan cuando hace ya muchos años Iberia nos trasladaba desde la ciudad al aeropuerto de forma gratuita, asumiendo de paso el riesgo de retrasos? ¿Qué sentido tiene hoy que una compañía aérea alquile servicios discrecionales de viajeros por vía terrestre, existiendo un transporte regular específico?

Conviene destacar, a mi juicio, que no es cierto que las compañías de bajo coste hayan disminuido sus umbrales de seguridad en el mantenimiento de las aeronaves para bajar gastos, como maliciosa e infundadamente han difundido ciertos sectores interesados. Las sinrazones que algunos cuentan inducen a creer que aquellas aerolíneas tienen sobornados a los talleres autorizados para el mantenimiento (que trabajan bajo normas internacionales e instrucciones técnicas de los fabricantes de obligado cumplimiento), a los ingenieros aeronáuticos que obligatoriamente certifican la idoneidad técnica para operar cualquier avión comercial o deportivo, a los servicios del Estado encomendados a la Dirección General de Aviación Civil y también a las todopoderosas compañías de seguros. Eso sin contar con que parecen olvidar que los pilotos y el personal de cabina van subidos en los aparatos y que no acostumbran a tener tendencias suicidas en el desempeño de su trabajo profesional.

Y uno de los costes importantes de operación para las compañías aéreas lo constituyen las tasas aeroportuarias.Por eso suelen operar en aeropuertos secundarios, más baratos que los principales de las grandes ciudades. En este sentidomuchos nos alegramos cuando el Gobierno de Canarias dijo, aunque no tengo constancia de que haya hecho nada al respecto, que presionaría a AENA para que adecuara sus tasas aeroportuarias a las peculiaridades insulares, ultraperiféricas y turísticas de esta tierra. Y abaratar de forma general estas tasas para todos, aunque fuera en última instancia y como mal menor por vía presupuestaria, es preferible a subvencionar directamente a alguna compañía aérea. Eso traería inevitablemente una distorsión del mercado, iría en contra de la libre competencia y, por lo tanto, acabaría perjudicando a quien se decía quería beneficiar: el consumidor de a pie, el que viaja a su costa.

Pero explicar mucho mejor que yo como funciona la competencia, lo hace Leonard E. Read en su extraordinario y ya clásico artículo Yo, él lápiz, que se puede encontrar fácilmente en cualquier buscador de Internet. Un simple lápiz es ese cotidiano instrumento que, como dice el autor, nadie sabe cómo fabricarlo.

Y en estos asuntos de oferta y demanda, o de lo que uno quiere comprar y otro espera vender, me sigue pareciendo totalmente válida la afirmación de J.M. Keynes, explicada en su libro Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, que las decisiones de ahorro las toman unos individuos en función de sus ingresos y de lo que esperan obtener, mientras que las decisiones de inversión las toman los empresarios en función de sus expectativas de negocio. Es más que evidente que no hay ninguna razón por la que ahorro e inversión deban coincidir. Los empresarios sólo actuarán cuando las expectativas de negocio les sean favorables, no porque crean que Canarias se lo merece o por aportar un granito de arena a la felicidad que este Gobierno nos ha prometido pero que no parece llegar nunca, más bien hay un clima de mayor infelicidad, oportunismo y manejos oscuros al margen de la ciudadanía. No es que sea muy distinto del ambiente de otros tiempos, tal vez sea que ahora parece que ya se vislumbra un hartazgo generalizado, aunque yo que sé, o parafraseando al filósofo, sólo sé que no sé nada.



 

 

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