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14/02/2005 - CanariasLiberal.org
UTOPÍA PARA PROGRES

Con permiso de su autor reproducimos el artículo publicado ayer por el presidente del Pp de Canarias en los periódicos La Opinión de Tenerife, Canarias 7 y Diario de Avisos. No es común que un político en activo cite con fundamento a Nozick o Revel.

"Utopía para progres"

José Manuel Soria


La reciente entrega de los Goya incluyó un premio extraordinario: la presencia del presidente del Gobierno y su conmovedor mandato personal sobre el cine español. “Hay que ver más cine español porque expresa nuestros sueños, nuestra forma de vivir”, decretó Zapatero. He aquí, en estado puro, una visión típicamente colectivista de la función del arte.

El Gobierno, además de entrometerse en nuestras vidas y redistribuir a la fuerza nuestros recursos, también es un infalible crítico de arte. Para la mentalidad socialista, las obras estéticas deben producir algo más que placer y conocimiento personal. Los artistas no pueden conformarse con tan poco. Tienen una misión mucho más trascendente para su selecto talento: hablar en nombre del pueblo, expresar “nuestros sueños, nuestra forma de vivir”. Da lo mismo si, en vez de placer, los sueños de toda una sociedad producen aburrimiento, y si, en lugar de conocimiento, proporcionan mentiras. No están aquí para hacer feliz a la gente: un poco más sabia y un poco más auténtica. Qué vulgaridad. Genios como Michael Moore, como los Bardem o como Almodóvar surcan en limousina las grandes avenidas del lujo después de haber “expresado nuestros sueños y nuestra forma de vivir”.

Todo el mundo sabe que la gente normal de este país vive en áticos ultramodernos como los personajes de recientes películas de Almodóvar. Es un hecho que los españoles no pensamos en otra cosa que en la eutanasia, la Guerra Civil, las drogas y el sexo. Hay que ser tan simple como un kurdo para no darse cuenta de que Saddam Hussein es una víctima y el asqueroso imperialismo capitalista de los USA, el verdadero culpable del 11-S y del 11-M. Por fortuna, la comodidad de la que disfrutamos produce élites que sueñan confortables utopías por todos nosotros. Ciertos profesores universitarios, determinados periodistas, cineastas, algunos actores y actrices, cantantes,… creen saber no sólo lo que pensamos, sino también lo que nos conviene. Son los “nuevos clérigos” a los que se refiere Enrique de Diego en su brillante ensayo del mismo título, sobre el secular odio anticapitalista y antiamericano de la llamada “clase intelectual”. Sólo hay un pequeño problema: la gente huye de sus prédicas o no les hace caso. En 2004, el cine español perdió tres millones de espectadores. En cuanto a la revolución pendiente de los pueblos ocupados y oprimidos cuyos sueños están depositados en cuentas corrientes domiciliadas en Beverly Hills o la Quinta Avenida, no parece que el éxito de las Elecciones legislativas en Irak vaya en la dirección apocalíptica patrocinada por el señor Moore.

Algunos de estos “nuevos clérigos” ya han empezado a pedir, desde sus privilegiados púlpitos, más subvenciones y más cuota obligatoria para el cine español, en detrimento del cine norteamericano. Para estas élites tan soñadoras, la libertad de elección de los espectadores es un vicio a corregir mediante la coerción del Estado. Su confortable utopía igualitaria incluye el objetivo de aleccionar adecuadamente a las masas. Para que éstas aprendan a apreciar “nuestros sueños y nuestra forma de vivir”, el Estado debe erradicar toda oportunidad de contraste. Su desconfianza de la libertad es sólo comparable a su afición por la mentira. ¿De dónde viene toda esta actitud? Robert Nozick, filósofo liberal recientemente fallecido y autor de un célebre ensayo sobre “Los intelectuales y la izquierda”, cree que el intelectual “quiere que la totalidad de la sociedad sea una extensión de la escuela, para que sea como el entorno en el que le fue tan bien y en el que tanto se le apreció”. Para JF Revel, existe una explicación más historicista: Marx ha muerto, pero los intelectuales no se han enterado. “Desaparecido el socialismo real y libres ya de esa incómoda realidad”, observa el autor de La gran mascarada, “políticos e intelectuales de izquierda, en todas partes, pueden hoy regresar cómodamente a un socialismo que recupera su primitiva condición de utopía. Y la utopía, por definición, es imposible de objetar. Así, sus bellas intenciones y sus ideas generosas de igualdad y justicia social se enfrentan ventajosamente al infame liberalismo”.

Nunca se han atrevido estos soñadores del cine español a reconocer que sus arengas políticas son una forma de cómoda impostura, y no, salvo excepciones, nada que se parezca a una experiencia artística. Enfrentarse a la mentira es algo que está fuera del alcance de su calidad moral. Por eso, Pedro Almodóvar, que ahora reniega de la Academia del Cine porque ya no le da los premios que él espera, es incapaz de reconocer que mintió a la sociedad española cuando dijo que el Gobierno había preparado un golpe de Estado para evitar las Elecciones Generales del pasado 14 de marzo. Los nuevos clérigos nunca han explicado por qué, si el sistema capitalista, en el que viven y les proporciona su bienestar, es tan perverso y los Estados Unidos son el gran Satán del mundo, los pobres prefieren emigrar a Florida en vez de a La Habana.

 

 

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