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25/06/2005 - Antonio Salazar
No iré a la manifestación contra la pobreza




NO IRÉ A LA MANIFESTACIÓN CONTRA LA POBREZA

Por lo visto se redoblan los esfuerzos por intentar doblegar la voluntad de los grandes líderes mundiales que tienen que reunirse dentro de bien poco en Escocia. Ya se sabe que se trata de algo tan bien intencionado como el acabar con el hambre en el mundo. ¡Como no íbamos a estar todos de acuerdo con ello!

Es por ello que la España más benemérita saldrá a la calle para reclamar que se cumplan los objetivos de Desarrollo del Milenio que se firmaron en el año 2000 por nada menos que 189 Jefes de Estado y Gobierno y en el que se establecía un ambicioso proyecto para reducir drásticamente los niveles de pobreza con fecha límite del 2015.

Con estos antecedentes, dirigentes políticos del PSOE, PP, IU, representantes de las organizaciones sindicales y ONGS recorrerán las calles de media España en la que se echará de menos a la Conferencia Episcopal, que solo se manifiesta en contra del matrimonio homosexual. Si algo tiene tan alta coincidencia, ¿qué podemos objetar?. Pues básicamente, los medios que proponen para conseguir el objetivo final. Entre ellos destacan el destinar el 0,7 por ciento a la lucha contra pobreza; reforzar la financiación al desarrollo con impuestos globales; abolir al cien por cien la deuda externa bilateral de los Países Menos Avanzados y eliminar los privilegios de los países ricos en las normas del comercio internacional.

Desgraciadamente la notable experiencia que ya tenemos sobre el particular debería desestimar ese tipo de iniciativa. Habitualmente se suele considerar que la riqueza de unos supone la pobreza de otros, como si la economía alguna vez se comportara como un juego de suma cero, donde unos ganan porque otros pierden. La desigualdad no es la causa de la pobreza, pues de serlo veríamos movimientos migratorios diferentes a los que conocemos; Cuba es mucho más igualitaria que Estados Unidos, pero sin embargo, son los cubanos los que arriesgan sus vidas intentado alcanzar las costas norteamericanas. Ejemplos similares conocemos bien los canarios.

Como bien dijera en su día Lord Peter T. Bauer, esas cesiones de recursos financieros de los países ricos a los pobres estaban definidas por el siguiente aserto: “es transferir el dinero de los pobres de los países ricos a los ricos de los países pobres”. Quizás por eso, muchos desconfiemos de ese tipo de iniciativa, en particular de la cesión del 0,7%. No menos grave se antoja la creación de nuevos impuestos globales que se supone conllevaría la creación de nuevas organizaciones que se encargasen de su gestión en el peor de los casos o el renacimiento de la “Tasa Tobin” que gravase las transacciones financieras. Algo a lo que se opuso el que curiosamente da nombre a la Tasa, el Premio Nobel de Economía James Tobin (1918-2002). ¿Por qué?. Pues porque este no es un asunto financiero ya que de serlo estaría resuelto hace años. Como dice Thompson Ayodele, del Institute of Public Policy Analyisis con sede en Lagos (Nigeria), un país africano medio viene percibiendo en el concepto de ayuda externa alrededor del 13% de su PIB. El Plan Marshall vino significando para Alemania o Francia algo así como el 2,5% del PIB. ¿Entonces?. Desgraciadamente el tema es más complejo. Lo que necesitan esos países africanos es de lo que carecen: esto es, las instituciones básicas de las sociedades abiertas basadas en el reconocimiento de los derechos de propiedad, mercado libre y el imperio de la ley. Sólo así y no con transferencias de dinero que no van a parar a los pobres que vemos en la televisión sino sus corruptos dirigentes podrían tener una oportunidad. Sobre el particular, conviene recordar como explicaba Xavier Sala i Martín que ante el llamamiento a entregar mosquiteras a Tanzania para evitar la propagación de la malaria, estas terminaron en los mercados negros reconvertidos en trajes de novia. Ni una sola de las iniciativas que reclaman derechas e izquierdas pasan por garantizar una apuesta decidida por la democracia de esos países, sino por trasladar la idea de que los ricos del primer mundo han impedido el desarrollo del Tercero.

También se reclama la abolición de la deuda externa de los países pobres, algo escasamente relevante pues muchos de los países deudores jamás la han pagado ni parecía que tuviesen en la actualidad una voluntad diferente. En lo que si se acierta es en reivindicar acabar con los privilegios de los países ricos a la hora de diseñar las reglas de juego del comercio internacional aunque no hagan un mención expresa a esa fábrica de ineficiencia, corrupción y burocracia que es la Política Agraria Común y pasen por alto los subsidios que Estados Unidos sigue otorgando a su algodón.

Si Blair pusiera el mismo esfuerzo en acabar con los subsidios agrícolas que el que parece pone a la hora de conseguir la condonación de la deuda de esos pobres países, otro gallo les cantaría. Mientras, seguiremos enfrentándonos a una obtusa realidad que no cambia la mejor voluntad del mundo.




 

 

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