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24/06/2005 - CanariasLiberal.org
Cuando una regulación estatal se torna liberal

Alberto Díaz en un canario de la octava Isla que estudia en Madrid. Es uno de esos liberales que tiene las cosas muy claras y lo demuestra con hechos. Ha organizado un movimiento liberal en la "socializada" Universidad Carlos III, cuyo rector es Gregorio Peces Barba. Nos ha dejado este artículo en el que se aleja bastante del ramplón pensamiento conservador en torno a los matrimonios homosexuales.

Tiene su propia bitácora pero ahora un poco abandonada por los exámenes.


CUANDO UNA REGULACIÓN ESTATAL SE TORNA LIBERAL

Hace ya unos días que en nuestro país se suscitó un intensísimo
debate nacional acerca del reconocimiento legal del matrimonio
homosexual. Ahora que el huracán del debate público ha pasado arrasando
todo a su paso, quiero con estas modestas líneas intentar cimentar el
futuro sobre la base de del liberalismo auténtico que vengo defendiendo
por la blogosfera liberal.
Al respecto, otros mejor que yo, como
Albert Esplugas y
Juan Ramón Rallo y Rallo otra vez han
escrito sobre el tema. Recomiendo encarecidamente al lector que si
quiere formarse una genuina ética liberal con la que afrontar
peliagudos asuntos como este del matrimonio homosexual, lea
detenidamente a este par de grandes defensores de la libertad.
Yo por mi parte sólo quisiera alumbrar un punto que, creo,
hasta ahora no ha sido tratado con el detenimiento que merece. Me estoy
refiriendo a lo que planteo en el título de este artículo, es decir,
¿puede una regulación estatal tener carácter de liberal? Por lo
espinoso de la cuestión, aparte de lo contradictorio que tiene asemejar
regulación estatal a libertad, es por lo que me atrae con fuerza atajar
esta cuestión.

Desde la óptica de liberal se ve claro que el Estado, cuanto
más lejos, mejor, sobre todo en asuntos de cama porque no me digan que
no es complicado hacer un trío con papá Estado en medio. Dejando a un
lado los más o menos afortunados chascarrillos, quiero quedarme con la
idea inicial del presente párrafo, idea que bien se puede aplicar con
igual soltura a cualquier ámbito vital.

Pero las cosas no son como queremos que sean sino como de
verdad son, así que partiendo de la base de que el Estado no se va a ir
de nuestra cama, intentemos que nuestra relación con él sea lo más
cómoda posible. Dado que vivimos en un Estado de Derecho, la lógica
fundamental del mismo, a la par que del liberalismo creador de tal
institución, es la igualdad ante la ley con independencia de cualquier
consideración que el burócrata de turno pudiera efectuar. Por tanto,
puesto que el Estado ya regula el matrimonio heterosexual y no tiene
visos de dejar de hacerlo, lo más justo y, por lo tanto, más liberal,
sería alcanzar dicha igualdad ante la ley para todos los ciudadanos,
sin que el legislador pueda negar dicha igualdad por razones de ningún
tipo, y menos sexuales.

Mi tesis es la siguiente: lo ideal sería, como brillantemente
señala Albert Espulgas, no es que el Estado regule el matrimonio
homosexual sino que desregulara el heterosexual, consiguiendo con ello
que el Estado abandone nuestra vida amoroso-sentimental. Ahora bien, la
realidad es cruda, crudísima para el liberalismo por lo que hemos de
indagar una solución que si bien no es netamente liberal, al menos se
oriente por el foco de la libertad. Y esta solución pasa, a mi juicio,
por la regulación, o mejor dicho, reconocimiento de una situación de
hecho que reclama a gritos una resolución definitiva.

Al contrario de lo que muchos pudieran pensar, esta regulación
que yo proclamo iría en pos de la igualdad, una de las metas
fundamentales del liberalismo. En definitiva, es mi intención dejar
sentado que por raro que parezca a primera vista, se adapta mejor a
nuestro credo el reconocimiento legal de hechos iguales aunque lo haga
el estado, que la regulación una situación y el olvido de otra.

 

 

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